En expedientes secretos, susurros misteriosos en torno al cementerio de Avellaneda
El viento que corre encajonado entre el paredón del cementerio de Avellaneda y los inmuebles que se ubican enfrente parece venir acompañado de un casi imperceptible susurro que se asocia con el frío propio del flamante invierno, para juntos erizar la piel de aquellos trabajadores solitarios que con paso apurado transitan por ese tramo de la avenida Crisólogo Larralde.
Si bien la mayoría de quienes atraviesan por esta situación sostienen que lo que sienten no es más que el reflejo habitual de la psiquis ante la cercanía de una necrópolis, otro número importante atribuye esa extraña sensación auditiva similar a un amargo lamento, a una manifestación no menos dolorosa de las almas cuyos despojos son cada día más polvo en un misterioso recoveco de ese cementerio.
Todo indica que hay un punto específico donde el fenómeno se agudiza. Es el sector encerrado en una porción de tierra de unos 500 metros cuadrados conocido como el viejo cementerio de los rufianes o las polacas, de acuerdo a las dos versiones existentes para referir al hoy inaccesible enterratorio de una defenestrada asociación de oscuro pasado que se levanta en la necrópolis de Avellaneda.
Lo singular del misterioso cementerio es que desde hace años permanece literalmente clausurado y en su interior, apenas sí se divisan las lápidas de "madamas", proxenetas y mujeres obligadas a prostituirse, todos de origen polaco, cuyos huesos iban a parar allí en el final de sus vidas. En rigor, el cementerio de las polacas abrió sus puertas en 1906, cuando una entidad denominada Zwi Migdal, en realidad la ex Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia, tuvo la necesidad de contar con un predio donde enterrar sus muertos.
La Zwi Migdal era el nombre que la entidad original tuvo que adoptar cuando la comunidad judía expresó el profundo rechazo a sus actividades, encaminadas a impulsar de modo oculto un formidable negocio de trata de mujeres captadas bajo engaños en una empobrecida Polonia de principios de Siglo XX para obligarlas aquí, en Argentina, a ejercer la prostitución.
La sede de la institución estaba ubicada en avenida Mitre 462, en Avellaneda, y de allí la determinación de contar con cementerio propio en un sitio no muy lejano, una vez que la comunidad israelita, basándose en el encuadre de la religión judía, reprobara las prácticas aberrantes que orquestaba como entidad. El negocio específico de la trata, más allá de la pésima reputación, les valió en su momento ganancias extraordinarias a los proxenetas que escondía la organización, cuya actividad era reclutar de las ciudades polacas de Lods, Cracovia y Varsovia a mujeres para convertirlas en estas tierras en esclavas sexuales.
Distintas investigaciones dan cuenta que en los primeros veinte años del siglo pasado, la Zwi Migdal trajo al país a más de 30 mil polacas a las que ubicó en una red de prostíbulos cuya cantidad, se estimaba, superaba los dos mil en todo el país.
La denuncia de una de las mujeres explotadas, Raquel Liberman, dio lugar a una investigación judicial que si bien echó por tierra el negocio de la organización, apenas sí terminó con la condena de un puñado de los proxenetas que conformaban la red amparada en la supuesta labor benéfica y humanitaria de la Zwi Migdal. Lamentos del más allá Los lamentos que se filtran en los oídos de los transeúntes que circulan en torno al cementerio de portal encadenado, como si fuera un área prohibida de la necrópolis de Avellaneda, refieren sin duda al penar de tantas mujeres engañadas por sus propios compatriotas, que terminaron sus días pobres, enfermas y muy lejos del terruño que creyeron haber cambiado por un futuro mejor.
El punto sobre el cual operaba el brazo "europeo" de la red consistía en ubicar a jóvenes polacas de origen judío en las mencionadas ciudades y ofrecerles la posibilidad de establecer matrimonios con argentinos de buena posición económica. Si la situación en Polonia en los primeros tramos de 1900 era difícil, durante y después de la Primera Guerra Mundial fue todavía peor y de allí que la "mercancía" humana abundaba para el infame negocio que polacos judíos ya instalados en Argentina, con el apoyo inocultable de policías, jueces y políticos, llevaban a cabo para abastecer a su amplia cadena de burdeles. Prostíbulos de corte VIP los cuales frecuentaban los "nenes bien" de la alta sociedad porteña de las primeras décadas del Siglo XX y lupanares de poca monta diseminados en todo el país, fueron los destinos de esas chicas ultrajadas en su inocencia con una propuesta cuyo sentido final era en definitiva y sin que lo imaginaran, un pasaporte al infierno.
Esclavas sexuales por 50 libras esterlinas Un detalle si se quiere curioso es que el enterratorio de Avellaneda, hoy clausurado, no sólo fue la última morada de algunas de estas chicas sino que también sirvió para el descanso eterno tanto de las "madamas" que regenteaban las casas de citas provistas por la organización, como de los propios rufianes que la comandaban. Algunos elementos aberrantes de esta historia se sintetizan, por caso, en las atroces subastas en las cuales las mujeres que acababan de llegar bajo engaños, eran ofrecidas al mejor postor en remates que tenían lugar en sótanos de comercios y establecimientos propiedad de integrantes de la organización.
Allí bondades de las chicas eran evaluadas al cabo de un desfile que debían hacer desnudas. Las ofertas expresadas y su valor promedio era de 50 libras esterlinas.
Raquel, con el coraje que no tuvo la Justicia dLa valentía de una de las víctimas de este infame comercio puso el caso en la consideración pública y de cara a la Justicia que, sin embargo, no castigó como debía. Raquel Liberman, una de las mujeres de esta condición, tomó coraje y en diciembre de 1929 presentó una denuncia que llegó a Tribunales por la explotación sexual a que eran sometidas miles de compatriotas. Un año y medio después, la Justicia dictó un fallo bastante lavado por el cual sólo fueron condenados tres de los integrantes de la red que, eso sí, a partir de allí empezó a diluirse.