Los vecinos afirman que la lujosa vivienda sigue siendo frecuentada por siete fantasmas diferentes.
La lujosa mansión de Haycroft -de unas treinta habitaciones- está ubicada en Vancouver, Canadá, y hace décadas que los vecinos del lugar aseguran que está embrujada. Aunque hubo un tiempo en que las manifestaciones disminuyeron, los moradores afirman que la lujosa vivienda sigue siendo frecuentada por siete fantasmas diferentes.
El primero de estos etéreos visitantes es o fue su constructor, Alexandre Duncai MacRaa, y el siguiente su esposa Blanca.
Otros tres frecuentadores de la mansión son tres veteranos de la Segunda Guerra Mundial que murieron allí cuando la mansión fue convertida en hospital entre 1943 y 1960 y a quienes se los conoce como los “fantasmas bromistas”.
Varios médiums aseguran haber visto al fantasma de un enfermero y de haber identificado el llanto desconsolado de una criada que murió asesinada en la mansión.
Después de haber dejado de funcionar como hospital, el palacete ha sido alquilado a distintos productores de cine a razón de tres mil dólares diarios para filmar películas de fantasmas o de terror.
Parecería ser que esto “fastidió” a estas almas errantes y comenzaron a producirse las apariciones nuevamente. Según dicen los camarógrafos y asistentes, estos espíritus incomodaron las filmaciones de distintos modos. Incluso haciendo explotar un candelabro delante de una escena.
El centro de la actividad fantasmal -según el médium de las estrellas, Colin Fry- está ubicado detrás de la barra del sótano, en una habitación que fue empleada como depósito de cadáveres mientras funcionaba el hospital.
Hay un relato que demuestra de modo fehaciente estas presencias etéreas en esta hermosa y a la vez lúgubre mansión. Su protagonista es un productor de cine que la había alquilado para una filmación.
Dicen que el hombre, de apellido Cliftoi, que aprovechó su estadía en la mansión para tratar de jugarle una broma a una amiga llamando desde la oficina de la mansión para dejar en su contestador un mensaje de felicitación por su cumpleaños de parte de Adolf Hitler quien se lo enviaba -aseguraba- desde los infiernos.
Mientras estaba grabando el mensaje se produjo una explosión de luz justo a la entrada de la oficina en la cual se hallaba. Ese destello enceguecedor de luz se le acercó hasta donde se encontraba y pudo observar en el medio del resplandor un rostro como de hielo que lo observaba con mirada iracunda: no lo pensó dos veces y salió de allí corriendo como alma que lleva el demonio, pero al llegar a la escalera sintió una serie de fuertes golpes en la espalda. No se atrevió ni a mirar para atrás, sólo salió disparado de la mansión.
Cuando llegó al jardín pudo constatar que la parte de atrás de la gorra, al igual que la de la camisa, los pantalones y las botas de cuero que estaba usando se habían congelado.