Lula revirtió una desventaja de 2,2 millones de sufragios de la primera vuelta y consiguió una victoria inédita desde el retorno de la democracia.

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, consiguió ayer una histórica reelección al imponerse en el balotaje frente al senador Flávio Bolsonaro, después de revertir la derrota sufrida en la primera vuelta. Con el 99,81% de las urnas escrutadas, el mandatario obtuvo el 51,76% de los votos contra el 48,24% de su adversario, en una definición que le permitirá iniciar su cuarto mandato presidencial, un hecho sin precedentes en la historia del país.

El resultado representa, además, la primera vez desde el retorno de la democracia, en 1985, que un candidato logra ganar la segunda vuelta después de haber terminado detrás de su rival en la primera ronda.

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El pasado 4 de octubre, Bolsonaro había obtenido el 47% de los sufragios, dos puntos porcentuales por encima de Lula, con una diferencia de aproximadamente 2,2 millones de votos. Sin embargo, el líder del Partido de los Trabajadores (PT) consiguió revertir esa ventaja y terminó superando al postulante del Partido Liberal (PL) por más de cuatro millones de sufragios.

Lula, de 81 años, asumirá el próximo 5 de enero en Brasilia su segundo mandato consecutivo y el cuarto de su extensa trayectoria política, tras haber gobernado anteriormente entre 2003 y 2010.

La victoria también representa un freno al avance electoral de las fuerzas conservadoras en América Latina y supone un revés para el sector político brasileño identificado con el expresidente Jair Bolsonaro, padre del candidato derrotado.

El giro decisivo de la campaña

La remontada electoral estuvo acompañada por un cambio de estrategia del oficialismo después de una primera etapa de campaña que el propio Lula había reconocido como “desorganizada”.

Tras la derrota inicial, el mandatario convocó a su militancia a recuperar la presencia en las calles y fortalecer la actividad en las redes sociales. La respuesta se tradujo en movilizaciones multitudinarias en distintas ciudades brasileñas, que permitieron revitalizar la campaña del PT.

Paralelamente, el Gobierno impulsó una serie de medidas destinadas a recuperar apoyos entre los trabajadores y los sectores de menores ingresos.

Entre ellas se destacaron la aprobación legislativa de cambios en la jornada laboral, la condonación de deudas a millones de trabajadores autónomos y nuevos incentivos para la industria de los videojuegos.

La estrategia también incluyó fuertes cuestionamientos a Flávio Bolsonaro, a quien Lula vinculó con las políticas de ajuste económico del presidente argentino, Javier Milei.

Durante la campaña, el mandatario brasileño advirtió que una victoria de su rival representaría un “riesgo para la democracia” y recordó el intento de golpe de Estado atribuido a Jair Bolsonaro tras su derrota electoral de 2022.

También cuestionó los vínculos políticos del candidato opositor con el presidente estadounidense, Donald Trump, y denunció posibles intentos de Washington de influir sobre las decisiones económicas y estratégicas de Brasil.

“No permitiremos que Brasil sea el patio trasero de nadie”, afirmó Lula durante uno de sus actos proselitistas.

Los desafíos del nuevo mandato

Flávio Bolsonaro, que había sido elegido candidato con el respaldo de su padre, llegó al balotaje como favorito en los últimos sondeos. Incluso las encuestas difundidas en la víspera de la elección le otorgaban una ventaja de 51% contra 49%.

Sin embargo, el senador perdió impulso durante las últimas semanas de campaña y no consiguió conservar la diferencia obtenida en la primera vuelta.

Su derrota también abre interrogantes sobre su futuro judicial, ya que en febrero perderá sus fueros parlamentarios y deberá afrontar al menos dos investigaciones vinculadas con presuntas maniobras de lavado de dinero.

Para Lula, en tanto, el triunfo supone un nuevo capítulo en una trayectoria política que lo convirtió en una de las principales figuras de la izquierda latinoamericana.

No obstante, su próximo gobierno deberá convivir con un Congreso de perfil más conservador que el de su anterior mandato, lo que podría complicar la aprobación de sus principales iniciativas.

La victoria electoral le permitirá continuar al frente de la mayor economía de América Latina, aunque con el desafío de gobernar un país profundamente dividido y negociar acuerdos parlamentarios para sostener su programa.

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