Dejar afuera a Messi del colapso de la Selección en Rusia 2018 es un despropósito inaceptable. Argentina naufragó en el Mundial por errores que por supuesto incluyen a Jorge Sampaoli y a los jugadores. Messi, siempre invocado por amplios sectores del ambiente como una víctima de los entrenadores de la Selección, nunca logró trascender circunstancias adversas en partidos determinantes. Su escasísima capacidad de adaptación.

Messi sí. Messi no. Messi tal vez. La historia de siempre. La historia que no termina nunca. Los que le bancan todo. Los que no le bancan nada. Los que a pesar de todo lo tienen en la cumbre. Los que le cuentan siempre las costillas. Los que lo adoran. Los que lo tienen entre ceja y ceja.

El Mundial de Rusia quedó atrás para la Selección. El 4-3 de Francia el último sábado quemó la ilusión argentina. Messi quedó otra vez en el medio. ¿Seguirá en la Selección? ¿Se habrá despedido? Ni él lo debe saber. Y no queda otra que esperar la posibilidad o no de un desenlace.

En el mientras tanto, que también tiene el sabor de una transición sinuosa, la figura de Messi como jugador de la Selección seguirá despertando teorías, especulaciones, comparaciones, conjeturas, interpretaciones y lecturas erróneas o acertadas de todo tipo y calibre.

Lo evidente es que Messi a sus 31 años no es el jugador número uno del fútbol argentino de todos los tiempos. Podrá ser el número uno del mundo, como efectivamente lo es o lo ha sido. Pero a la cumbre que arribó Maradona, no llegó.

Por supuesto que el fútbol no es una cuestión de ranking. Ni de confirmar quien está más arriba y quién está más abajo. Quien promueve más o menos empatía. O quién conecta de manera directa con el imaginario popular.

El fútbol es la suma imperfecta de lo tangible y de lo intangible. De lo que se ve y de lo que cada uno idealiza. En ese universo que cada uno se construye, Messi siempre pareció fragmentarse. Brillante y extraordinario en el Barcelona. Errático y desconcertante en la Selección. Demoledor e implacable en el Barça. Falible y en muchísimas oportunidades ausente con la camiseta argentina.

El Flaco Menotti, admirador confeso y no cholulo de Maradona y Messi, supo diferenciarlos: “Diego creo al Napoli, que antes de su llegada era un equipito. Messi, en cambio, no creo al Barcelona. El Barça ya existía con su línea y con su estilo cuando irrumpió Messi. Lo que hizo Messi fue enriquecerlo”.

Más allá de las diferencias entre ambos, imposibles de ocultar, lo que queda expuesto en la actualidad es el perfil demasiado vulnerable de Messi. Es su falta de temple para superar las adversidades propias del juego. Como si él necesitara de manera taxativa integrar un equipo que funcionara diez puntos para expresar sin grandes fisuras su genialidad. Si ese equipo no está en esa sintonía de perfección asegurada, entonces sus aportes hasta pueden quedar congelados.

Esta condicionalidad, no deseada, que terminó imponiendo Messi funcionó como un llamador incesante para todos los técnicos que en la Selección lo dirigieron. Bastaría con recordar palabras de Basile, Maradona, Batista, Sabella, Martino, Bauza y Sampaoli. Todos ellos con mayor o menor énfasis y convicción repitieron que a Messi había que crearle condiciones ideales para que desarrolle su juego.

Nadie lo logró. Por lo menos en la medida en que lo requería Messi. Porque las condiciones ideales solo se manifestaron en el Barcelona, considerado con razón uno de los equipos más formidables, influyentes y celebrados del fútbol mundial.

La Selección no pudo reproducir el modelo del Barça para que Messi jugara como en el Camp Nou. Y Messi lo padeció como se padecen los grandes desgarramientos. Nunca le encontró el punto exacto a una adaptación imprescindible. Siempre precisó que todo girara a su alrededor como ocurre en el Barça. Ese microclima futbolístico excepcional es el que Messi viene demandando en la Selección hace más de una década.

Semejante exigencia de Messi no manifestada en palabras pero sí en mensajes permanentes que brotan de su entorno y de amplios sectores del ambiente y de la prensa que le endulza los oídos, terminan configurando desde un registro complaciente que el astro argentino es una víctima ajena a cualquier responsabilidad.

Y no es así, aunque los técnicos hayan cometido errores de concepto y apreciación a la hora de pretender armar la Selección. Un fenómeno se adapta a cualquier circunstancia. Messi es un fenómeno que no se adapta. Y como no se adapta porque su tolerancia a la frustración es mínima y su juego fue resignando en forma progresiva la quinta marcha que antes tenía, se desalienta y en más de una ocasión se entrega, como ocurrió en tres de los cuatro partidos que disputó en el Mundial.

Sostener que Messi es el culpable de la eliminación argentina en Rusia 2018 es una insensatez. Y sostener que está afuera de cualquier consideración critica, es otra insensatez. La realidad es que no funcionó la Selección que improvisó Jorge Sampaoli. Y no funcionó Messi. Una historia repetida y siempre renovada.

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