Heredero de un exigente oficio que se remonta a cuatro generaciones, Santiago Baccarelli es uno de los pocos exponentes de una actividad que tuvo su época de oro, pero que aún mantiene su vigencia, como la marmolería artística.

Durante muchos años, la marmolería fue uno de los oficios más respetados y que exigían una gran capacitación en quienes lo ejercían, ya que el trabajo sobre ese material significaba de algún modo una forma de arte, y de hecho, grandes construcciones y edificios traducían una imagen casi monumental en columnas, grandes escaleras o esculturas de adorno.

Las nuevas tendencias en la construcción y los cambios tecnológicos hicieron que el trabajo en mármol redujera su espectro de actividades a utilidades tanto domésticas como ornamentales y artísticas, y esto implicó que los profesionales de esta tarea no tengan herederos acordes a los viejos tiempos.

Pero todavía existe un puñado de cultores del trabajo en mármol que, tanto en su faceta artística como de obra mantienen esa llama de lo que alguna vez fue moneda corriente. Uno de ellos es sin dudas, Santiago Baccarelli, quien desde su taller en el barrio de Barracas, a metros de la avenida Martín García, perpetúa un oficio que se remonta a varias generaciones y que se inició hace casi dos siglos en la lejana ciudad italiana de Bari.

Con más de 40 años como titular de la marmolería que lleva su nombre, y que heredó de sus antecesores, Santiago (63), hincha de Racing, casado, con cinco hijos, uno de ellos Nacho, también seguidor del mismo oficio, desanda una rica historia que comienza allá por fines del siglo 19.

“Mi bisabuelo, que también se llamaba Santiago, como mi abuelo y mi padre, “para ahorrar papelería” - señala en broma- era picapedrero en Bari, y ya conocía lo que era trabajar el mármol, pero fue mi abuelo quien dio el puntapié inicial en Argentina, donde llegó a los 20 años para forjarse un destino”.

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Santiago comenta que “mi abuelo instaló su primera marmolería en Pasco entre Humberto Primo y Carlos Calvo, y luego de varios años, ya casado también con una italiana, compró una propiedad a la vuelta del taller”.

La marmolería comenzó a funcionar en 1895, se hacía trabajo tanto artístico como de obra, y Santiago cuenta que “mi abuelo tuvo 3 varones y 4 mujeres, pero nunca volvió a Italia, porque murió joven, cerca de los 50 años, pero vivió de esta actividad durante 30 años, al cabo de los cuales los hijos, uno de ellos mi padre, siguió con el taller”.

Crecido en ese ámbito tan especial, cuenta que “a los 19 años viajé a Italia y entré de aprendiz en un taller de la provincia de Massa y Carrara, de donde proviene el célebre mármol blanco”.

Si bien en algún momento en su padre rondó la idea de cerrar el comercio, Santiago, decidió continuar con esta historia casi vocacional que ya lleva más de un siglo. Comenta que “a mediados de los ‘70 decidí hacerme cargo de todo, y desde hace 35 años estamos instalados en nuestra actual ubicación, en Azara al 100, donde prosiguiendo con la dinastía, mi hijo Santiago Nacho es mi principal colaborador”.

Nacho apoya a su padre en cuanto al valor de lo artístico en este trabajo, y lo respalda mostrando algunas de sus obras, en las que sobre el mármol asoman esculpidas imágenes de un ave y del mismo Gardel.

Santiago explica que “desde aquellas épocas siempre se mantuvo la línea de trabajo artístico, que fue lo que elegimos con mi padre. Entonces se usaba mucho mármol en muebles y adornos. Eran épocas en que cada marmolero tenía su contacto, y el mármol venía en buque, de Italia especialmente y también de España” y remarca que “en Argentina había canteras hace mucho pero luego se cerraron, solo quedan algunas de granito en La Rioja y Córdoba”.

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