Para alcanzar el bien común es necesario estimular la empatía, porque los seres humanos somos básicamente seres sociales

No podemos pensar en el verdadero sentido de la palabra “comunidad” si no tenemos en cuenta la importancia del bien común. Para que una comunidad se entienda como tal y se desarrolle es necesario estimular la empatía, porque los seres humanos somos básicamente seres sociales.

La empatía es una respuesta afectiva hacia otras personas que implica la capacidad cognitiva de comprender el estado de los otros y regular nuestra respuesta emocional. No se trata de que todos debamos pensar y opinar de la misma forma. Se trata de saber que el otro puede pensar distinto, comprenderlo y hasta sentirlo. Cuanto más desarrollemos esta capacidad, más podremos respetar las creencias de los otros cuando no coinciden con las nuestras y hasta aprender de ellas.

Las comunidades también necesitan de propósitos que impulsen a las personas a actuar en armonía y con un destino común. Una sociedad no puede estar guiada ni por la mezquindad ni por el miedo. El miedo es una emoción muy efectiva para el control social: el temor a quedarse sin trabajo hace agachar la cabeza al trabajador; el miedo a ser perseguido hace que el ciudadano se resigne frente al atropello del poderoso; el miedo a perder lo poco que se tiene puede impedirnos ir por más; el miedo al otro nos hace incomprensivos y torpes.

Frente a la estrategia de la mezquindad y del miedo está la política de la cooperación. En las grandes sociedades, como en la que nos toca vivir, la cooperación puede ser directa (como aquel que ayuda dándole pan al que tiene hambre) o mediada a través de las instituciones. Para que la cooperación –sobre todo la mediada- sea efectiva es importante organizar el Estado eficazmente, generar infraestructura y empleo, promover la educación pública y el desarrollo científico y tecnológico.

El cuidado de los más desprotegidos es fundamental para construir el futuro de una sociedad. Una comunidad que no cuenta con un sistema de salud público eficiente no tiene futuro. Tampoco si no protege a sus ancianos. No tiene futuro si condena a la indigencia a familias enteras que crecen sin conocer lo que es el trabajo digno, ni un salario en blanco y que le alcance todo el mes. Cuando la comunidad desprotege a un niño, lo que está haciendo es vedándole el presente y arrebatándole el futuro a quien necesita como nadie de los demás.

Cuando miramos la historia de las naciones, nos damos cuenta de que los proyectos más provechosos son los que supieron ver más allá de su puñadito de intereses personales y de su tiempo inmediato y así, pensando no solo en el presente sino en el futuro de todos, pudieron trascender y desarrollarse. Ese es el sentido para lograr una comunidad con todas las letras.

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