El 24 de agosto se celebró el Día del Lector, en homenaje al nacimiento de Jorge Luis Borges. Esta fecha nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre las transformaciones que han sufrido las prácticas de lectura a partir del desarrollo de la tecnología digital. Leer, en un primer orden, supone reconocer la forma de las letras y, con ellas, las palabras.

Además, mientras leemos, percibimos la totalidad del texto como si se tratara de un paisaje. Así, construimos una representación mental que nos sirve para interpretar la información que vamos procesando. Las neurociencias no han llegado a un consenso sobre cuál es el formato que resulta mejor para la lectura. Pero lo importante no es preguntar simplemente cuál es mejor sino, para quién, para qué y cuándo.

Una de las modificaciones estructurales que se da entre la lectura en papel y la digital es que, en esta última, tenemos una visión parcial en la que podemos movernos para adelante o atrás sobre las líneas, pero no hay una noción de “finitud” del texto. Por eso no es azarosa la metáfora de “navegación” que se usa para Internet, ya que no está claro un camino prefijado ni tampoco dónde está la orilla.

Un libro tradicional, en cambio, ofrece al lector un recorrido sobre el cual orientarse sin perder la visión del conjunto: la página de la izquierda, la de la derecha, cuatro esquinas, y un texto fluido que no es interrumpido por enlaces o publicidades. A esto se suma la posibilidad de tocar literalmente las páginas, dejando una huella a medida que se avanza en la lectura, lo que brinda un reporte sensorio-motor de cuánto hemos leído y cuánto nos falta.

Estos elementos hacen que muchas personas perciban que la lectura en papel es más controlable, en tanto les ofrece más fácilmente un mapa mental coherente. A su vez, la orientación espacial tiene un impacto en la memoria; muchos expresan que les resulta más fácil recordar el contenido leído cuando piensan dónde estaba ubicada la información. Más allá de dispositivos como los libros electrónicos, la posibilidad de escribir en los márgenes, subrayar y destacar alguna frase resulta más ligado al libro de papel.

Si bien no es lo mismo leer en una pantalla que en el libro de papel, reconocemos los beneficios de poder dar con uno u otro dispositivo según las posibilidades de acceso, las conveniencias y las motivaciones. La proximidad que brinda el objeto físico en papel seguramente recupera ciertas tradiciones arraigadas.

A su vez, la posibilidad de viajar con una biblioteca en el celular, en una tablet o en una computadora es un valor que brindan las nuevas tecnologías. Lo bueno, de cualquier modo, es que la lectura se realice. Por eso, la clave está, más que en el soporte y el canal de las palabras, en el desarrollo, la capacidad crítica y el bienestar del cerebro lector.

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