Argentina se encuentra entre los países con mayor cantidad de diagnósticos de cáncer en la región. ¿Qué nos está queriendo mostrar este aumento de diagnósticos como sociedad? ¿Qué relación tenemos con nuestra salud? ¿Qué entendemos realmente por estar sanos?
En los últimos días, distintos medios de comunicación nacionales difundieron una noticia que despertó preocupación y reflexión: Argentina se encuentra entre los países con mayor cantidad de diagnósticos de cáncer en la región. Cada año se registran más de 130.000 nuevos casos y, según los especialistas, cuatro de cada diez podrían prevenirse con hábitos saludables y controles médicos a tiempo.
Las notas hablan de estadísticas, porcentajes, tratamientos, avances científicos y campañas de prevención. Se mencionan factores de riesgo como el tabaquismo, el sedentarismo, la mala alimentación, el estrés y la falta de chequeos periódicos. La información es clara: el cáncer sigue siendo una de las principales causas de enfermedad y muerte, y es urgente trabajar en la prevención.
Sin embargo, más allá de los números, hay algo que pocas veces se dice con profundidad: ¿qué nos está queriendo mostrar este aumento de diagnósticos como sociedad? ¿Qué relación tenemos con nuestra salud? ¿Qué entendemos realmente por estar sanos?
Porque la salud no es solamente no estar enfermos. La salud es un estado de equilibrio.
La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades. Esta definición, aunque existe desde hace décadas, todavía no termina de calar hondo en nuestra manera cotidiana de vivir.
Muchas veces creemos que estamos sanos porque no tenemos un diagnóstico. Pero vivimos cansados, estresados, apurados, desconectados del cuerpo, de las emociones y del sentido profundo de nuestra vida. Nos acostumbramos a vivir en modo supervivencia: cumplir, producir, responder, sostener, correr.
El cuerpo, que es sabio, no se expresa de un día para el otro. Primero susurra: cansancio, insomnio, contracturas, malestares digestivos, ansiedad, tristeza persistente. Cuando no lo escuchamos, cuando seguimos adelante ignorando esas señales, el cuerpo empieza a gritar. La enfermedad no aparece como castigo. Aparece como mensaje.
Desde una mirada integral, no podemos separar al ser humano en partes: cuerpo por un lado, mente por otro y emociones en otro compartimento. Somos un sistema completo, interconectado.
El estrés crónico, el miedo sostenido, la tristeza no expresada, la culpa, el enojo reprimido, el dolor emocional no elaborado impactan directamente sobre el sistema nervioso, el sistema inmunológico y el equilibrio hormonal.
No se trata de decir que una emoción “causa” una enfermedad. Sería injusto y simplista. La enfermedad es multifactorial: genética, ambiente, hábitos, alimentación, acceso a la salud, contexto social. Pero sí podemos afirmar que el mundo emocional influye profundamente en cómo el cuerpo responde a la vida.
Cuando una persona vive durante años en tensión, sin espacios de descanso real, sin poder expresar lo que siente, sin escuchar sus propios límites, el cuerpo pierde capacidad de autorregulación. Y ahí se abren puertas a distintos desequilibrios.
La medicina avanza en tratamientos cada vez más precisos, y eso es maravilloso. Pero también necesitamos avanzar en una cultura de prevención emocional.
- Tal vez esta noticia no solo habla de cáncer.
- Tal vez habla de cómo vivimos.
- Vivimos apurados.
- Vivimos conectados a pantallas.
- Vivimos comiendo sin conciencia.
- Vivimos con poco descanso.
- Vivimos con miedo al futuro.
- Vivimos con exigencias internas muy altas.
- Vivimos desconectados del cuerpo.
Y al mismo tiempo, buscamos soluciones rápidas: una pastilla, una respuesta inmediata, un parche. Pero la salud no se construye de un día para el otro. La salud se cultiva. Se cultiva con pequeños actos cotidianos:
- Comer con presencia.
- Respirar profundo.
- Mover el cuerpo.
- Hablar de lo que sentimos.
- Poner límites.
- Descansar.
- Pedir ayuda.
- Conectar con algo que nos dé sentido.
Muchas personas viven la enfermedad como una traición del cuerpo. “Mi cuerpo me falló”, dicen. Y quizás sea momento de cambiar la pregunta: ¿qué estaba pidiendo mi cuerpo que no escuché?
El cuerpo no es un enemigo. Es un aliado que nos habla en su propio idioma. Cuando enfermamos, algo dentro nuestro pide ser mirado con más amor y conciencia.
Esto no significa romantizar el dolor ni negar la medicina. Todo lo contrario: integrar. Ir al médico, hacerse estudios, seguir tratamientos, y al mismo tiempo revisar cómo estamos viviendo emocionalmente. La verdadera sanación no es solo física. Es también interna.
Las campañas de prevención hablan de controles anuales, alimentación saludable, actividad física. Todo eso es fundamental. Pero quizás podríamos sumar otra capa:
- Prevención emocional.
- Prevención del desgaste.
- Prevención del olvido de uno mismo.
- ¿Cuántas personas viven sin preguntarse cómo están?
- ¿Cuántas madres, padres, trabajadores, cuidadores, se olvidan de cuidarse?
- ¿Cuántas veces ponemos primero a todos y al final a nosotros?
La salud empieza cuando dejamos de vivir desde la exigencia y empezamos a vivir desde el respeto por nuestros ritmos.
Estar saludable es sentir que lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos van en la misma dirección.
- Es tener un propósito.
- Es tener vínculos que nutran.
- Es poder decir lo que duele.
- Es permitirse descansar.
- Es habitar el cuerpo con amor.
No existe una receta única. Cada persona tiene su camino. Pero hay algo común: cuando vivimos desconectados de nuestra voz interior, el cuerpo lo siente. La salud es un diálogo constante entre nuestra biología y nuestra historia emocional.
Tal vez esta noticia que circula en los medios no sea solo un dato estadístico. Tal vez sea una invitación social a preguntarnos:
- ¿Cómo queremos vivir?
- ¿Qué tipo de vida estamos construyendo?
- ¿Qué lugar ocupa el cuidado en nuestra rutina?
- ¿Qué lugar ocupa el amor hacia nosotros mismos?
No se trata de vivir con miedo a enfermarnos. Se trata de vivir con conciencia.
- Cuidarnos no es egoísmo. Es responsabilidad.
- Cuidarnos no es debilidad. Es madurez.
- Cuidarnos no es lujo. Es necesidad
La salud no es la ausencia de enfermedad. La salud es presencia. Es conexión. Es respeto por el cuerpo. Es escucha del alma.
Quizás el mayor acto de prevención sea volver a nosotros. Respirar. Sentir. Habitar la vida con más calma. Elegir hábitos que nos nutran. Elegir pensamientos que nos alivien. Elegir relaciones que nos sostengan.
Que esta información que hoy nos alarma no nos lleve al miedo, sino a la conciencia. Que no nos paralice, sino que nos despierte. Que no nos separe, sino que nos una en un compromiso más amoroso con la vida.
Porque la verdadera medicina empieza cuando aprendemos a vivir con más amor por nosotros mismos.
Y tal vez ahí, cuando el amor se vuelve hábito, la salud deja de ser solo un objetivo y se convierte en una forma de estar en el mundo.
Con amor, Romi.
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