El tema es el de siempre. El que perdura. Y pasa por la presencia de Messi en la Selección. Y por la influencia decisiva o no que puede aportar en cualquier circunstancia. En este caso, la circunstancia no es de poca monta: es lograr la clasificación directa para el próximo mundial, entrar en zona de repechaje o quedarse afuera de todo. Afuera de Rusia 2018.
Se podrá argumentar con razón que Messi solo no puede resolver todo. Y es cierto. Pero nadie que frecuente el fútbol le pide que resuelva todo. Es falsa esa interpretación. Y le sirve a una parte del ambiente para ubicar a Messi como una víctima del sistema. No lo es. Es un extraordinario jugador que con la camiseta de la Selección en partidos cruciales no ha tenido rendimientos extraordinarios. Simplemente eso. O nada menos que eso.
Las insatisfacciones y frustraciones que hoy atraviesan a la Selección potencian esos efectos y esos daños colaterales. Si Messi está examinado en cada encuentro que disputa, el partido de este jueves en La Bombonera frente a Perú lo pondrá más que nunca en el centro de la escena. Y es natural que esto ocurra. De él se espera la jugada que no está en los libros. La jugada y el rendimiento que hoy no puede alcanzar nadie. Salvo Messi. Por lo menos en el plano potencial.
La pregunta es recurrente: ¿se achica o se agranda Messi en estos compromisos decisivos en la Selección? Plantear que la pregunta es desafortunada ya revelaría una respuesta. La realidad es que no ha descollado Messi en compromisos decisivos. Ni en la final de la Copa América en 2007 ante Brasil, cuando Argentina cayó 3-0. Ni en la final del mundo en Brasil 2014, cuando Argentina cayó 1-0 con Alemania. Ni en la final de la Copa América 2015 frente a Chile, cuando Argentina perdió en definición por penales. Ni en la final de la Copa América Centenario 2016 ante Chile, cuando Argentina también perdió en la ruleta de los penales.
En esos episodios a cara o cruz, quedó expresado en la cancha que Messi no brilló. Como por ejemplo lo hizo en otros partidos menos relevantes y más accesibles. El cruce inminente contra Perú no es una final. Pero hay que señalar que se asemeja demasiado. Tiene el perfume de una final. Para Argentina y para Perú. Y se va jugar en el marco y el contexto futbolístico de una final.
Hablar de presiones como un factor que asfixia las iniciativas es hablar del fútbol de todos los tiempos. ¿Cuál es la noticia? ¿Las presiones? Siempre existieron presiones. Y siempre hubo protagonistas que se rebelaron o se entregaron. Que irrumpieron o se borraron. Que la descosieron o que se fugaron de los grandes escenarios.
Porque es el mejor. Y porque está en la galería de los más grandes jugadores del mundo, más allá de los rankings que elabore cada uno.
Tiene Messi responsabilidades superiores. Como la tienen los mejores. Responsabilidades de superar claramente los tonos medios. Para los tonos medios están los otros. El está para crear. Para inventar. Para ganar el partido, aunque lo pueda ganar cualquiera.
La oportunidad es excelente para medir la dimensión total de Messi. Que por supuesto ya la tiene, pero que en la Selección no se ha manifestado en plenitud. La dimensión total es la técnica, el conocimiento fino del juego y el temple para abordar las urgencias y las adversidades. El temple, precisamente, es su flanco más vulnerable.
Faltan pocas horas para el partido. Y faltan pocas horas para ver todas las respuestas de Messi.