Esa es la cantidad de causas que ingresan en las fiscalías de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano. Preocupación por el aumento de enfrentamientos entre estudiantes, discusiones de tránsito y dramas vecinales.
En la cuadra de Ramón Falcón al 6100 de Isidro Casanova, en la zona conocida como Plaza Atalaya, los vecinos atraviesan un infierno cada noche. Es que decenas de jóvenes copan la plaza y las veredas de los hogares con fiestas que se extienden hasta el amanecer, donde se venden y consumen drogas, circula el alcohol y arman picadas ilegales de motos por dinero. Mientras la música suena a todo volumen, no hay control de ningún tipo. Las agresiones salvajes a los vecinos que piden un poco de paz no se detienen: el viernes una chica le arrojó una botella a una propietaria que casi mata a su hija adolescente, al tiempo que su hijo con autismo tuvo una severa crisis. El caso no es aislado, porque en las fiscalías del AMBA ingresan cada semana unas 270 causas por agresiones callejeras, en su mayoría con personas heridas y hasta homicidios.
En la zona del hecho descripto, los vecinos relatan que los jóvenes llegan en moto, corren picadas, consumen y venden drogas a la vista de todos y usan la calle como si fuera una zona liberada. La música suena hasta la madrugada, mezclada con gritos, peleas y el rugido de las motos que aceleran sin control.
En las últimas horas, ese clima generó un nuevo hecho de salvajismo. Una vecina identificada como Elisa -madre de una adolescente y de un joven con autismo- salió, con miedo pero desesperada, a pedir que bajaran el volumen. Pero los jóvenes reaccionaron con violencia. Y una chica tomó una botella y la arrojó directo hacia la casa. El proyectil explotó en pedazos, tras pasar a centímetros de la cabeza de la hija; otros fragmentos cayeron sobre el patio y le cortaron los pies a la mujer. De inmediato, su hijo con autismo sufrió una severa crisis. La familia quedó en shock. Los vecinos llamaron una y otra vez al 911, pero la policía jamás llegó.
La violencia parece expandirse sin freno en las calles.
Quienes viven alrededor aseguran que la situación se volvió insostenible. Hablan de motos que entran y salen a toda hora, de chicos que se pelean entre ellos, de discusiones que terminan en golpes, de corridas y amenazas, de botellas rotas, de autos frenando para comprar droga. Las noches son interminables. Las ventanas se cierran, las luces se apagan y muchos eligen no intervenir por miedo a represalias. Nadie quiere ser el próximo en recibir un botellazo, un balazo o cruzarse con un grupo que, alcoholizado y drogado, parece capaz de cualquier cosa.
Pero lo que ocurre en Atalaya no es un hecho aislado: forma parte de una ola de violencia callejera que golpea a todo el Área Metropolitana de Buenos Aires. Según relevamientos recientes de las fiscalías, allí se producen unas 270 denuncias por peleas y agresiones salvajes por semana, muchas con heridos, armas blancas, botellazos, palazos, corridas y episodios filmados que circulan en redes como si fueran espectáculos callejeros. Jóvenes alcoholizados, vecinos enfrentados, motociclistas, grupos que se cruzan por una mirada, una bocina o una discusión mínima. En paralelo, crece la violencia barrial vinculada a la venta de drogas, picadas, disputas por territorio y celebraciones que terminan en caos.
En los últimos días, además, hubo episodios de extrema violencia protagonizados por estudiantes. En La Matanza, dos grupos de alumnos de escuelas técnicas terminaron en una pelea masiva a la salida del colegio: hubo patadas, corridas, golpes con cascos de moto y un adolescente terminó internado por un corte profundo en la cabeza. En Avellaneda, una discusión entre dos chicas por un mensaje en redes terminó en un enfrentamiento de más de 20 estudiantes, que se trenzaron en plena calle mientras adultos intentaban separarlas sin éxito. Y en San Martín, un clásico conflicto de tránsito entre un grupo de egresados que festejaba arriba de una camioneta y el conductor de un auto derivó en una brutal golpiza, con dos heridos y un video viral donde se ve cómo uno de los agresores salta sobre el capot para atacar al conductor.
La violencia parece expandirse sin freno, mezclando menores, adultos, motos, alcohol, drogas y una sensación de impunidad total. Atalaya es solo una postal más de un problema que ya atraviesa todo el AMBA. Y mientras los vecinos siguen encerrados, pidiendo ayuda, la calle queda en manos de quienes la dominan a fuerza de gritos, botellazos y miedo.