El especialista Enrique De Rosa establece diferencias entre pedófilo y abusador, y considera que la difusión de esos episodios registrados en todos los ámbitos genera un peligroso efecto de imitación llamado “copycat”.

Para Enrique De Rosa, presidente de la Asociación Argentina de Victimología, psiquiatra forense y médico legista, los casos de pedofilia en la Argentina se han triplicado en los últimos veinte años y el crecimiento de esta patología tiene una lógica que anida en un mal social de estos tiempos: la búsqueda de más y mayores estímulos.

En este punto, asegura el especialista, el pedófilo se comporta como cualquier obsesivo compulsivo, como puede serlo el ludópata o el adicto al sexo, que busca cada vez mayores recompensas.

Pero De Rosa distingue entre el pedófilo que fantasea sus obsesiones y las mantiene en su mente, del abusador que pasa al acto. Y en este pasaje, asegura, juega un papel preponderante el “efecto imitación” (copycat) que se da a partir de la difusión masiva de estos casos.

- ¿La pedofilia es un fenómeno en aumento o sólo está más visibilizado?

- Hay que hacer una diferencia. Se ha popularizado el término pedofilia y se ha hecho un símil entre pedofilia y abuso sexual infantil y en realidad son dos cosas diferentes. De hecho, puede haber pedofilia y no abuso, y puede haber abuso y no pedofilia. Esto es importante, porque casi le diría que las formas más crueles de abuso sexual no tienen que ver con la pedofilia. La psiquiatría dice que la pedofilia son episodios atracción, de obsesión en cuanto ideas o impulsos relacionados con la infancia, durante un período de cierta duración que puede o no llevar al acto. Un ejemplo es el caso de una persona que con frecuencia se pone a mirar por internet imágenes de chicos, concretamente pornografía infantil. El paso siguiente es que esa persona cometa algún acto que tenga que ver con el mundo de lo concreto. Y eso en muchos casos puede no ser un abuso sexual, puede no incluir tocamiento o puede ser un sujeto que le gusta tomar contacto con chicos pero no llega al acto. Finalmente, está el sujeto que sí llega al acto, por ejemplo, reúne chicos en su casa y tiene algún tipo de aproximación. Después tenemos el abusador directamente, que puede o no ser pedófilo.

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- Puede haber pedófilos heterosexuales...

- Si. Y que mantengan relaciones homosexuales, pero con menores. De hecho, en este ambiente del fútbol, donde son abusadores, uno supone que son sujetos que tienen tendencias pedofílicas pero que en realidad son abusadores, son bisexuales o multisexuales (mantienen sexo con travestis o con lo que venga), son buscadores de sensaciones. Estos buscadores de sensaciones, funcionan con algo del cerebro que se llama circuito de recompensa. Están buscando cada vez más retribución. Por eso los abusos son cada vez más severos.

- Volviendo a la pregunta de inicio: ¿hay más casos o más exposición?.

- Las dos cosas. ¿Por qué? Hay situaciones donde esto no existía ni estaba mencionado. Hoy está apareciendo casos en todos los ámbitos y el número de denuncias es mucho más grande. Antes uno se enteraba de los casos de abusos sexuales en la infancia, porque lo contaba la víctima ya de adulto. Se entrevistaba a una persona de 40 o 50 años y de pronto en el transcurso de una terapia esa persona contaba que había tenido tal episodio. Eso que era un porcentaje equis hace 10 o 20 años hoy es dos o tres veces mayor. Y este incremento tiene una lógica: somos una sociedad que constantemente está buscando más estímulos.

-¿En qué sentido?

- Hay un bombardeo de todos lados y en realidad el bombardeo peligroso es que el difundir tanto los casos de abusos. Hay un efecto que se conoce en la criminología, que es el efecto “copycat”, el efecto por imitación, que lo vemos tanto en los delitos como en los suicidios. En Argentina, por ejemplo se dio el “efecto Wanda Tadei”: antes no había prácticamente mujeres quemadas y después comenzaron a verse cada vez más casos de estas características.

- Pero para que ese efecto tenga lugar, tiene que haber una situación de base en ese individuo.

- Obviamente. Antes estaba reprimido. Somos una cultura que entiende que la represión es mala. Y la represión es constructora de lo social. Porque si yo a usted le digo algo que no le gusta y usted no me empieza a insultar, el fenómeno de lo social hace que los seres humanos nos refrenemos en la conversación y no actuemos impulsivamente. Esa tendencia al pasaje al acto, a no aguantarse nada, que todo tiene que ser expresado, es grave. La gente a esto le llama espontaneidad y en realidad es pérdida de freno social.

- ¿La liberación sexual, el desarrollo de un industria de la pornografía, cierto relativismo moral imperante, influyen en la pérdida de frenos inhibitorios?

- Los frenos inhibitorios son aquello que nos hace mirar al del costado. A todos nos pasa en vacaciones que comemos de manera diferente que si estamos en un restoran de alta gama. ¿Y por qué lo hacemos?. Porque cuando vamos a un restorán de alta gama nos preocupamos por funcionar con aquello que se llama conducta de imitación. Los seres humanos somos animales que actuamos como vemos al de al lado hacerlo. Entonces, en la medida en que cada vez más los modelos son más ligados a una especie de relativismo moral parecería ser que ‘el liberarse’ pasara a ser el imperativo categórico que se impone a cualquier otra categoría. ‘Si soy liberado y espontáneo soy mucho mejor y estoy mucho más sano que los otros’. En otros tiempos, el que insultaba podía pasar como maleducado, hoy tal vez sea visto como liberado o espontáneo.

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