Nahuel llegaba a su casa en bicicleta cuando escuchó la frenada violenta de una Renault Kangoo. Eran las 11 de la noche y él estaba solo frente a al menos dos desconocidos que lo empujaban hacia el interior de un vehículo en la penumbra de la calle Jujuy al 2800, en la localidad de Bella Vista, partido de San Miguel. A partir de ese momento, todo se desarrolló con una velocidad y un ida y vuelta por momentos desconcertantes.
En el lapso de una hora y cuarenta y cinco minutos, el adolescente de 18 años pasó por dos vehículos: de la camioneta utilitaria a un Chevrolet Corsa y luego a una casa, siempre con precintos que dejaron huellas en sus muñecas. Mientras tanto, los secuestradores se comunicaban con su familia con un objetivo claro: intercambiarlo por un jugoso rescate.
Primero pidieron 300 mil pesos, pero con el correr de los minutos la cifra fue bajando hasta 100 mil. En paralelo, la familia denunciaba el caso a la Policía, que ponía en marcha un operativo de búsqueda. En un momento, quien atendió los llamados de los delincuentes fue el hermano mayor de Nahuel.
A las 0:45 de la madrugada, luego de una negociación frustrada por motivos que todavía no encajan en el rompecabezas, Nahuel se comunicó con sus familiares para avisar que había sido liberado sano y salvo en la zona de Ituzaingó, a unos cinco kilómetros de donde se lo habían llevado.
Varias horas después, frente a una marea de micrófonos que le apuntaban a la cara, la madre del joven negó categóricamente la existencia de la citada frase, y entre otras cosas aseguró que nunca se concretó el pago del rescate.
Si bien los pesquisas investigan el hecho como secuestro extorsivo común –tomaron parte la DDI de San Miguel y el fiscal federal de Tres de Febrero, Paul Starc-, no se descarta que el episodio tenga algún tipo de relación con una venganza o un ajuste de cuentas, pues llama la atención, sobre todo, el hecho de que el joven forme parte de una familia humilde y haya sido capturado mientras circulaba en bicicleta.
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