Fue el presidente que cumplió una promesa que tuvo valor fundacional, iniciático y renovador de nuestras expectativas políticas. En 1983, sus discursos de campaña terminaban con el preámbulo de la Constitución que rezaba como un compromiso laico. Así resonó en el gigantesco acto final frente a una avenida 9 de Julio ocupada hasta que la vista se perdía sobre una multitud. El recitado del preámbulo tenía no solo valor simbólico, sino la afirmación de que, de allí en más, si el hombre que lo pronunciaba llegaba a la presidencia, la Constitución iba a restablecer su imperio.

El candidato justicialista Ítalo Luder había aceptado la autoamnistía de los militares. Por el contrario, Alfonsín reafirmó que iba a abrir el juicio a las tres juntas. Tan difícil era creer esas palabras para quienes no lo conocíamos entonces que confiamos solo a medias, y muchos votos a Alfonsín fueron con la boleta cortada, para elegir un diputado de otra lista que nos parecía garantizar esa promesa desde afuera del radicalismo. Pero el nuevo presidente, cuando asumió ante el Congreso, afirmó: “Se propiciará la anulación de la ley de amnistía dictada por el gobierno militar y se pondrá en manos de la justicia la importante tarea de evitar la impunidad de los culpables”. Cinco días después, un decreto del poder ejecutivo ordenaba el enjuiciamiento de las tres juntas militares. Todavía tiemblo con el entusiasmo de aquel momento.

Les requirió a las FAA que se juzgaran. No lo hicieron y presentaron como inobjetables la represión que luego recibió el exacto nombre de terrorismo de estado. El decreto por numeración inmediatamente anterior ordenaba el juicio de las dirigencias de ERP y Montoneros. Naturalmente, la simetría de ambos decretos trazó una línea de polémica. No se hicieron las cuentas que la política exige. No se evaluó del todo la fragilidad de ese gobierno ante fuerzas armadas que conservaban su poder de fuego y la muchas veces ejercida capacidad de voltear mandatarios civiles. Lo de Alfonsín fue el gesto más audaz del que tengo memoria política.

Se juzgará de maneras diferentes los años que vinieron después. Pero si en la Argentina no hay un Bolsonaro es porque en ese juicio a las juntas se presentaron las pruebas y se condenó a los jefes responsables. El plano de televisión que mostraba a los comandantes recibiendo sentencia de un tribunal civil es indestructible.

No es justo integrar este acto fundacional de la nueva república en un balance que asigne puntajes a favor y en contra de otras medidas de gobierno. Si se asigna puntajes es porque no se ha entendido que aquel primer acto tuvo una originalidad extrema. De todo lo que siguió se puede hacer balances diferentes y cada documento de la historia admite ser interpretado. Pero, pese a la obediencia debida y al punto final, el juicio a las juntas conservó su valor de fundamento.

En diciembre de 1983, Alfonsín no tenía casi nada para empezar a gobernar. Los que hoy se quejan por lo que encontraron al llegar a la Rosada en diciembre del 2015 no tienen idea de la opacidad, la falta de información, el desorden estimulado por los militares que se retiraban en 1983. Quienes entonces llegaban a los ministerios no sabían ni dónde estaban los teléfonos, ni mucho menos los micrófonos con que los espiaban. Esos ministros del gobierno radical no se habían encontrado con los ministros de la dictadura en simposios, foros y amenas reuniones de nacionales e internacionales. Por eso, es casi milagroso que, en esos primeros meses, comenzara a moverse un estado que debía ser diferente.

El rasgo que caracterizó el estilo político de Alfonsín fue su convicción de la política como diálogo. Se podrá concluir (con treinta años de historia todos somos clarividentes), que ese “pactismo” aseguró la reforma constitucional de 1994 que le permitió a Menem ejercer dos períodos presidenciales y dejó a la Argentina devastada. Es cierto. Pero la vocación de acuerdo también debe evaluarse en relación con el tratado con Chile sobre el Beagle que requirió un referéndum y cerró de allí en más un conflicto que la dictadura había atizado. Y esa vocación de diálogo aseguró las mejores relaciones con el dirigente peronista que estaba dispuesto a no repetir los enfrentamientos del pasado: Antonio Cafiero, otra gran figura, inteligente y generosa, de la transición democrática.

Es muy fácil señalar los errores de Alfonsín. Hasta hoy, parece más exigente la tarea intelectual y política de evaluar con equilibrio sus equivocaciones, originadas siempre en principios y no en la traición a aquello que lo había llevado a ser el presidente que enfrentó la transición más difícil.

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El valor de la ejemplaridad

El coraje frente al silencio

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