Raúl Alfonsín, encargado de retomar el Poder Ejecutivo Nacional el 10 de diciembre de 1983, devolviéndole a Argentina la democracia, falleció un 31 de marzo de 2009. Su aporte al país se mantendrá siempre en la historia

Se cumple hoy, el décimo aniversario de la muerte de Raúl Ricardo Alfonsín, llamado el Padre de la Democracia, quien asumió el 10 de diciembre de 1983, tras las primeras elecciones que se realizaban en Argentina luego del último golpe cívico-militar.

Alfonsín había nacido en Chascomús, provincia de Buenos Aires, en el seno de una familia de clase media de origen gallego. Fue un abogado defensor de los derechos humanos y miembro fundador de la APDH, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, cuyos abogados defendieron a cientos de perseguidos y detenidos políticos por la última dictadura militar.

Con una vasta trayectoria militante dentro de la Unión Cívica Radical, fue concejal, diputado provincial, diputado nacional, senador nacional y el primer presidente electo desde el regreso de la democracia en 1983, cargo que ocupó hasta el 8 de julio de 1989, cuando entregó de manera anticipada el poder al peronista Carlos Saúl Menem. Al final de su mandato, que debió terminar seis meses antes de su plazo legal en medio de una grave crisis económica, signada por la hiperinflación, algunas versiones indicaban que se radicaría en Galicia, que había visitado durante su mandato, pero no fue así.

El 31 de marzo de 2009, a los 82 años, falleció en su casa del barrio porteño de Recoleta, como consecuencia de un cáncer de pulmón complicado con neumonía.

Si bien puede haber discrepancias sobre sus decisiones durante los seis años de gestiones, es indudable que su nombre quedará en la historia argentina por haber.

La resonante y para muchos impensada victoria del 83

Los kioscos de diarios abrieron más temprano. Desde las dos de la mañana agotaron las primeras ediciones. Las portadas de los matutinos coincidían: “Ganó Alfonsín”.

Un hombre ciego se subió a un colectivo de la línea 7. “Alfonsín parece un hombre bueno”, repetía en voz alta sentado en la primera fila.

En uno de los restaurantes de la costanera, los jóvenes de la Coordinadora festejaban en esa madrugada frente al Río de la Plata y gritaban que ya eran gobierno. “Ahora, ahora, la Coordinadora”, cantaban exultantes.

ALFONSIN 2

En Rosario ya todos dormían. Los periodistas de los diarios locales actualizaban las crónicas para una segunda tirada y los encargados de los informativos de las radios de toda la Argentina estiraban sus horarios de trabajo hasta la mañana.

En Córdoba, cerca del Barrio Clínicas, unos muchachos tomaban cerveza en un bar hasta que el dueño los echó. Les dijo que él también había votado por Alfonsín, pero que dentro de un rato tenía que volver a trabajar.

En los ingenios azucareros de Tucumán todo estaba en silencio. En un rato llegarían los mismos obreros de todos los días. Los mismos que habían saludado a Alfonsín en medio de la campaña.

En los hornos jujeños de Zapla la fragua no se detenía por nada.

Los últimos habitantes despiertos de la patagónica Río Gallegos se enteraban de los últimos cómputos por la radio. Había un viento del demonio.

En Suecia un grupo de exiliados argentinos de izquierda se juntaban para cenar y, a pesar de la desventaja del horario, seguían los cómputos por la señal en español de la BBC de Londres.

Los peronistas que conformaban el gueto mexicano del Distrito Federal de México tenían sensaciones contradictorias. Podrían volver pronto a la Argentina, pero con una derrota en las espaldas.

El presidente de la Nación electo se fue al departamento del sexto piso de la avenida Santa Fe al 1600 de una de sus hijas. Muchos se preguntaban si podría descansar un rato, mientras millones trataban de imaginar cómo haría para gobernar.

(Fragmentos del capítulo El candidato, del libro “Raúl Alfonsín. El hombre que hizo falta”, de Eduardo Zanini)

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