El 26 de julio de 1952 María Eva Duarte de Perón pasó a la inmortalidad como consecuencia de un cáncer que hoy por hoy es totalmente curable. Desde principios de 1950, comenzaron las señales y los médicos fueron moneda común en su vida

El 9 de enero de 1950 Evita sufrió un desmayo mientras participaba de la inauguración del sindicato de los taxistas en Puerto Nuevo. El día 13 la Subsecretaría de informaciones anunció que debería alejarse momentáneamente de sus actividades para ser intervenida quirúrgicamente de una apendicitis. Sin embargo, hacía mucho tiempo ya que Eva padecía frecuentes hemorragias y, por su conocida aversión por los médicos, temía consultar. Al operar, los médicos extrajeron una porción de tejido del útero para realizar una biopsia y detectaron un incipiente cáncer uterino.

A partir de ahí comenzó no sólo el calvario de la llamada Abanderada de los Humildes, sino también de su esposo y de quienes confiaban en su salud para hacer que el país crezca.

Evita había contado a sus íntimos, como la periodista Vera Pichel, que hacía mucho que padecía hemorragias. "Tenés que cuidarte", le dijo su amiga, a lo que Eva respondió: "No confío en los médicos, porque son hijos de oligarcas. Si fueran hijos de los obreros si confiaría en ellos, pero para que éstos se reciban todavía falta mucho". El problema se solucionó con una idea de Pichel: una pollera negra para evitar que las hemorragias se notaran y se pudiera ver la incipiente enfermedad.

"Cuando elegí ser Evita sé que elegí el camino de mi pueblo. Nadie sino el pueblo me llama Evita. Solamente aprendieron a llamarme así los descamisados. Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc... que me visitan suelen llamarme Señora; y algunos, incluso me dicen públicamente Excelentísima o Dignísima Señora y aún, a veces, Señora Presidenta. Ellos no ven en mi nada más que a Eva Perón. Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como Evita"

El 14 de febrero sufrió un nuevo desmayo en la sede de la Fundación y fue trasladada a la residencia presidencial de la Avenida del Libertador. El ministro de Educación y médico de Evita, Oscar Ivanesevich, le advirtió que su afección era grave, que debía cuidarse y tomar un prolongado descanso lejos del poder. Pero Evita, por toda respuesta, le propinó una cachetada. Negándose a ver la realidad de su problema y siguió con su ritmo desenfrenado de trabajo. Hay quienes aún la recuerdan atendiendo a los pobres, con una pierna colocada sobre la silla, para mitigar los insoportables dolores que sufría en el bajo vientre.

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Durante 1951 su estado se fue agravando poco a poco. El 5 de noviembre de ese año, luego de su histórico renunciamiento ante una multitud que la vitoreaba y la impulsaba a que aceptara acompañar al General, fue operada por el prestigioso cancerólogo norteamericano George Pack.

Sin embargo, Evita desconocía la presencia de este especialista ya que sus allegados no querían preocuparla sobre el empeoramiento de su estado de salud. Pack advirtió que si disminuía su ritmo de trabajo y se cuidaba su vida podía prolongarse unos años más. El 11 de noviembre Eva emitió su voto en el hospital, donde las imágenes de la época ya la muestran muy desmejorada.

"Si su causa es la causa del pueblo, por muy lejos que haya que ir en el sacrificio, no dejaré de estar a su lado hasta desfallecer"

Pero al regresar a la residencia volvieron los dolores y la falta de apetito. Todo indicaba que era el final y que , que aún se negaba a descala Abanderada de los Humildes había elegido ese camino de inmolación.

Su masa corporal se reducía a pasos agigantados y en abril de 1952 pesaba solamente 38 kilos. Las radiaciones a las que se exponía para reducir su cáncer le habían producido quemaduras en el cuello, los tobillos, la espalda y la tan temida metástasis ya había tomado casi todo su frágil cuerpo.

Durante el discurso en Plaza de Mayo por el día de Trabajo, el 1° de mayo de 1952, Perón tuvo que sostenerla por la cintura. "Cuando terminó de hablar creí que estaba abrazando a una muerta", aseguró el general.

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Seis días después, el 7 de mayo, día de su 33 cumpleaños, recibió el honor de ser nombrada "Jefa Espiritual de la Nación". Para agradecer a quienes se congregaron frente a su casa para saludarla, Evita se asomó al balcón, esta vez sostenida por su colaborador Atilio Renzi.

Su última aparición en público fue el 4 de junio, cuando Perón asumió nuevamente la presidencia de la Nación. Es un secreto a voces que el automóvil presidencial, descapotable, fue adaptado con una especie de arnés con la finalidad de evitar que la débil figura de Evita se cayera.

"En la calle hace mucho frío, es mejor que se quede", le habían aconsejado sus colaboradores. "Eso se los manda a decir Perón. Pero yo voy igual. La única manera de que me quede en cama es estando muerta", respondió con sus últimas fuerzas.

El fin era ya era inevitable y estaba escrito. La trasladaron a una habitación de la residencia, donde permaneció en una cama ortopédica y con oxígeno de emergencia siempre listo para ser utilizado. Una enfermera la cuidaba las 24 horas.

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"Aquellos días fueron el infierno para Evita -contó Perón-. Estaba reducida a su piel, a través de la cual se podía ver el blancor reluciente de sus huesos. Sus ojos parecían vivos y elocuentes. Se posaban sobre todas las cosas… Era una mirada que interrogaba a todos, a veces estaban serenos y otras desesperados".

El 18 de julio Evita entró en un coma inevitable, pero durante la madrugada despertó milagrosamente y exigió que le sacaran el oxígeno. Los médicos ya nada podían hacer nada para mitigar los dolores que padecía tanto de día como de noche.

A las 10 de la mañana del sábado 26 de julio entró en un sopor del que ya no despertaría. Horas antes, había pedido a su peinador, Julio Alcaraz, que la peinara para su muerte y a su manicura le reclamó que, luego de fallecer, cambiara el rojo de sus uñas por un color natural. A las 20 los médicos aseguraron que la muerte era inminente. Rodeada de sus hermanos, su madre, Perón y su confesor, el padre Benítez, Eva Perón dio el último suspiro a las 20.25, para convertirse en mito y leyenda.

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