No hay estrategia política que funcione si la economía no acompaña. Hay signos de reactivación, pero hace falta más, y por eso Cambiemos busca activar el crédito como generador de expectativas de su electorado.

Está visto que buena parte de las expectativas electorales de este año el gobierno las deposita en la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Su presencia o no en la cita electoral -depende el distrito donde participe, si lo hace-, podría generar la polarización buscada, invisibilizando a terceros en discordia sobre todo si la confrontación se da en la provincia de Buenos Aires. Así, no habría ancha avenida del medio, sino dos veredas bien diferenciadas: el horizonte deseado por Cambiemos.

Un panorama que reconocen como cierto propios y extraños, pero hay un detalle que no debe soslayarse: por más grande que sea la grieta y pronunciada la confrontación de modelos, si la economía no ingresa en un terreno virtuoso, no hay manera de que el electorado premie al oficialismo de turno. “Es la economía, estúpido” (the economy, stupid), fue la frase que retumbó en la campaña electoral de Bill Clinton y que lo llevó a convertirse en presidente de los Estados Unidos en 1992. Y esa definición no es propiedad exclusiva de los norteamericanos; muy por el contrario, aquí en la Argentina es absolutamente adecuada.

No fue la economía la que volcó la elección en 1983, pero sí la que devolvió al peronismo al poder cinco años y medio después, de la mano de Carlos Menem y una hiperinflación galopante que se llevó puesto a Raúl Alfonsín. Fue la economía la que le dio la reelección al riojano, y también el factor decisivo con la Alianza en 1999, cuando la gente eligió a quien garantizaba la continuidad de la convertibilidad.

En 2003, tras la debacle del “que se vayan todos”, prevalecieron otros factores, pero en 2011 Cristina Fernández de Kirchner se impuso encaramada en una primavera económica y la burbuja del consumo.

La economía suele prevalecer en las elecciones ejecutivas, no necesariamente así en las legislativas, pero después de tantos años de recesión no es probable que no sea un factor preponderante para el votante a la hora de elegir en agosto y octubre próximos. Lo sabe el gobierno, que apuesta desde hace meses a una recuperación económica que por contraste genere el bienestar imprescindible para que prevalezca Cambiemos.

Después de un año de esperar infructuosamente la lluvia de inversiones, y en un contexto internacional que cambió las expectativas con las que los actuales gobernantes habían llegado al poder, prevaleció el convencimiento de apelar a la obra pública como locomotora electoral. Madre de industrias y generadora de empleo, la construcción es la jugada alternativa para poner en marcha una economía que mantiene una alarmante morosidad.

Es así que el gobierno tiene claro que la apuesta a un pleno por Cristina no es garantía de triunfo, de ahí que ponga sus expectativas en una recuperación económica. Y con ella, apuntar a un electorado propio al que se ha desatendido hasta ahora. Porque el primer año fue clave para la gobernabilidad garantizar la pacificación de las calles, para lo cual inyectó una importante cantidad de recursos destinados a los sectores socialmente más vulnerables. No obstante ello, el gobierno no ha podido desembarazarse del mote de “gobernar para los ricos”, todo un slogan de la oposición. En ese contexto, terminó el año rubricando la Ley de Emergencia Económica que exige destinar a esos sectores diez mil millones de pesos anuales hasta el final de este mandato.

El gobierno quiere apuntar ahora a la clase media, el electorado que le dio el triunfo en 2015 y al que se disputa con el massismo. La estrategia oficial pone especial atención al crédito para el consumo, a través de préstamos personales. El esquema viene registrando un paulatino incremento, mientras que paralelamente el financiamiento con tarjetas ha ido desacelerándose. En este sentido el programa oficial “Precios Transparentes”, que desalentó el pago en cuotas y produjo un parate al menos momentáneo de esas ventas, contribuye en esa merma.

En este contexto es que surgió el plan instrumentado por la banca pública para financiar productos -en especial electrodomésticos- en 50 cuotas sin interés. El ariete para tal fin han sido los bancos oficiales Nación, Ciudad y Provincia, y ahora el gobierno quiere que la banca privada se sume a esa movida, que en el fondo busca tratar de ordenar el mercado de tarjetas de crédito, donde subsiste la falta de competencia en el financiamiento para el consumo, poca transparencia y comisiones elevadas, entre otros perjuicios que el gobierno quiere modificar.

Ese fue el verdadero origen del programa Precios Transparentes, cuyos resultados concretos aún se hacen esperar.

Pero el objetivo oficial es promover la generación de créditos a largo plazo. Y si de créditos hablamos, los hipotecarios son otra de las llaves a las que el gobierno quiere apelar. En la campaña, Mauricio Macri había prometido poner en marcha un millón de créditos hipotecarios a 30 años. El plazo ofrecido hasta ahora fue de hasta 20 años, pero está claro que para que esos créditos se hagan atractivos hace falta una fuerte baja de la inflación.

Por lo pronto, los bancos oficiales están embarcados en el tema y se ha instrumentado además por ley el sistema UVI, que replica el modelo chileno y constituye una opción de ahorro protegida de la inflación, similar al de la compra de ladrillos y accesible a todas las familias, independientemente de su poder adquisitivo, a través de depósitos por plazos mínimos de 180 días.

Aunque muy lentamente, los créditos hipotecarios van activándose. El Banco Nación va a la vanguardia en la materia y el programa “Tu Casa” que permite una financiación a tasa fija los primeros tres años del préstamo viene dando buenos resultados: según datos oficiales, en el segundo semestre del año pasado el Nación entregó más de 3.000 créditos por un total de 2.800 millones de pesos, acumulando más de 13 mil solicitudes por una suma superior a los 12 mil millones de pesos.

El freno a la inflación que impuso la convertibilidad en tiempos de Menem permitió en los 90 la vuelta de los créditos para comprar viviendas. Por entonces, el puntapié inicial lo dio la por entonces estatal Caja de Ahorro y rápidamente se sumaron el resto de los bancos, aunque fundamentalmente la banca pública. En 1995, como dijimos, fue la economía la que le dio la reelección a Menem, y por entonces se habló del “voto cuota”. Se entiende porqué.

Salvando las diferencias y circunstancias, es lo que está buscando también el gobierno de Cambiemos. Fidelizar al electorado convenciéndolo de la necesidad de controlar la inflación y disparar el crédito. Mientras el kirchnerismo apostaba al consumo, aunque ello generara inflación, Cambiemos apunta al ahorro, por un lado, pero sin desatender el consumo, aunque a través del crédito a largo plazo. Podría decirse que Cambiemos también está detrás de incentivar el “voto cuota”

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