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Uno de los campos más fascinantes en el estudio neurocientífico es la memoria. ¿Qué es lo que recordamos exactamente? ¿El hecho tal cual sucedió? ¿Nuestra percepción del hecho? ¿El último recuerdo sobre el mismo hecho, es decir, recordamos nuestra propia memoria? ¿Cuánto influyen los demás en ese recuerdo?

Podemos definir la memoria como la capacidad para adquirir, almacenar y evocar información. A diferencia de lo que muchas veces se piensa, la memoria no es un fiel reflejo de aquello que pasó, sino más bien un acto creativo, uno de los más creativos en el funcionamiento de nuestras mentes. Esto es así porque cada recuerdo se reconstruye de nuevo cada vez que se lo evoca. Es que aquello que recordamos –una imagen de un paisaje, una frase de nuestro abuelo, un aroma de nuestra infancia– está influido por el contexto de almacenamiento y de recuperación que la rodea. Así, la forma en que recordamos un evento en particular no se trata muchas veces de una recopilación exacta de cómo sucedió originalmente, sino del modo en que lo recordamos previamente. Y si, por ejemplo, la última vez que lo evocamos estábamos más contentos, probablemente hayamos cargado con esos condimentos positivos el recuerdo. Por el contrario, si el ánimo era más bien negativo, el recuerdo tendrá un tinte más pesimista. Es decir, la memoria, cuando se evoca, se hace frágil y permeable a nuestras emociones del presente.

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Nuestros cerebros constantemente nos “traicionan” al transformar la memoria. ¿Cómo sucede esto? Cuando uno experimenta algo, el recuerdo es inestable durante algunas horas, hasta que se fija por la síntesis de proteínas que estabilizan las conexiones sinápticas entre neuronas. La próxima vez que el estímulo recorra esas vías cerebrales, la estabilización de las conexiones permitirá que la memoria se active. Al tener un recuerdo almacenado en el cerebro y exponerse a un estímulo que se relaciona con aquel evento, va a reactivar el recuerdo y a volverlo inestable nuevamente por un período corto de tiempo, para luego otra vez guardarlo y fijarlo en un proceso llamado “reconsolidación de la memoria”. Así, cada vez que recuperamos la memoria de un hecho, permitimos la incorporación de nueva información. Y cuando la almacenamos como una nueva memoria, contiene información adicional al hecho tal como sucedió. Esto es como un documento de Word que, al abrirlo y trabajarlo, podemos agregar y sacarle cosas y, cuando lo volvemos a guardar, queda grabada la nueva versión hasta su próximo uso. Aquello que nosotros recordamos no es el acontecimiento exactamente tal como fue en realidad, sino la forma en la cual fue recordado la última vez que lo trajimos a la memoria.

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