Una de las cualidades que más valoran las parejas es la fidelidad. Es por eso que las sospechas sobre aventuras y engaños pueden hacer perder el sueño a más de uno y la sombra de la infidelidad pende como una espada de Damocles sobre casi la totalidad de las relaciones.
Esta situación despertó la curiosidad de algunos especialistas que realizaron estudios a nivel mundial para conocer la evolución y las tendencias sobre las relaciones de pareja y las infidelidades.
La infidelidad es la ruptura unilateral de cualquier compromiso asumido consciente y voluntariamente. Bajo esta perspectiva, cualquier acción u omisión que afecte adversamente a algunos de los términos explícitos del contrato matrimonial o los implícitos de un convenio no legal como el noviazgo o la convivencia, podría y debiera calificarse como conducta infiel. Así lo indica en un análisis el Dr. Raúl Martínez de la Universidad de Concepción de Chile.
Sin embargo, la infidelidad sexual es la única que se juzga habitualmente con suficiente importancia como para justificar una ruptura de pareja, los sentimientos de culpa o la ira, la depresión y la venganza. Sin duda, la importancia concedida a esta infidelidad guarda relación con la importancia que se le concede al sexo, y la supuesta relación estrecha y constante con otros afectos, los que además se suponen de una magnitud establecida, que impediría amar a más de una persona, o de un tipo tan exclusivo que se cree no podría experimentarse de forma diferente por distintas personas.
Se han realizado distintos estudios sobre la infidelidad de hombres y mujeres. Janet Reibstein y Martín Richards, autores del libro Acuerdos Sexuales, señalan tres enfoques posibles sobre lo que significa una infidelidad sexual y afectiva en el matrimonio, y lo definen como un síntoma de que algo anda mal en la relación de pareja y que lo faltante en ésta sería lo que se busca en la relación extramarital.
O bien como un indicador de que el matrimonio es satisfactorio, que no sofoca a sus miembros y que por tal circunstancia una infidelidad lo reforzaría. Y por último, que no tiene ninguna relación directa con la vida estable de pareja, así como no podría afirmarse que la dedicación al trabajo o las relaciones amistosas resten algo esencial al matrimonio.
Otros estudios sobre la temática, realizados en Estados Unidos, analizaron las cifras de infidelidad de mujeres y hombres buscando los posibles cambios ocurridos a lo largo del tiempo en función de los nuevos entornos sociales.
Llegaron a la conclusión que durante la década del 20, el 28% de hombres y el 24% de mujeres había incurrido en infidelidad, mientras que a fines de la década de los 40 e inicios de los 50 informaban de algo más del tercio de hombres y el 26% de las mujeres, antes de los 40 años.
Aunque 20 años más tarde los porcentajes no habían cambiado notablemente, surgieron dos fenómenos nuevos: las primeras aventuras sexuales de hombres y mujeres ocurrían más tempranamente y se daban pasos hacia la visión igualitaria de unos y otras. Datos más recientes señalan que el 54% de las mujeres casadas que participaron en un estudio sobre el tema se había comportado infielmente, mientras que el 72% de hombres casados también lo habría hecho.
Un estudio realizado con 100.000 mujeres indica que la mayoría de las mujeres infieles manifestaba estar aburrida o sexualmente insatisfecha en su vida matrimonial, pero una minoría no despreciable disfrutaba por igual de su marido y sus amantes; que las mujeres actuales tienen un número similar de amantes que las de épocas previas, pero prefieren las aventuras esporádicas por sobre las relaciones afectivas prolongadas; que las mujeres creen que se sentirán más culpables de lo que, una vez ocurrida la infidelidad, se sienten realmente.
Otra investigación publicada en la revista especializada Social Psychology Quarterly indica que los hombres que engañan a sus esposas o novias suelen tener menor coeficiente intelectual.
Una vida plena
Entender que la pareja debe ser una especie de plataforma de lanzamiento hacia una vida plena, y no una penosa carga que te impide lograr lo que quieres.
Acostarse abrazados sin tener sexo y sentirse tan cómodos que hasta pueden llegar a quedarse dormidos, es un verdadero progreso en el sendero que conduce a la plena intimidad.
Beso saludable
La ciencia asegura que besarse es saludable. Además de ejercitar unos 30 músculos faciales, activa la circulación sanguínea y mejora la autoestima.
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relación placentera se puede lograr con el uso de la imaginación y el juego. Jugar juntos es una forma de conocer mejor el cuerpo del otro, relajarse y de a poco llegar al placer.