Cuando sobrepasa determinados límites, la ansiedad deja de ser adaptativa y se convierte en un problema de salud que impide el bienestar e interfiere en nuestras actividades sociales, laborales o intelectuales

Los seres humanos tenemos la capacidad para revisar el pasado y pensar el futuro. Nuestro cerebro puede plantear escenarios posibles e, incluso, imaginar cosas que podrían haber sucedido, aunque no sucedieron. Además, puede simular mentalmente situaciones en detalle, sin necesidad de llevarlas a cabo. Puede evaluar probabilidades y riesgos. Esta capacidad nos ha brindado una herramienta muy importante para la supervivencia: anticipar y resolver antes de que ya sea tarde, prepararse antes de que el peligro esté presente. Y esta es la función primordial de la llamada “ansiedad”. Es un fenómeno que se da en todas las personas y, bajo condiciones normales, mejora el rendimiento y la adaptación al medio social o laboral, ya que nos moviliza ante situaciones amenazantes para que podamos afrontarlas adecuadamente.

Sin embargo, cuando sobrepasa determinados límites, la ansiedad deja de ser adaptativa y se convierte en un problema de salud que impide el bienestar e interfiere en nuestras actividades sociales, laborales o intelectuales. Es lo que ocurre en los trastornos de ansiedad, los desórdenes psicopatológicos más comunes en nuestras sociedades. Los altos niveles de estrés que estamos viviendo en este momento pueden profundizar esta situación.

Cuando experimentamos un ataque de pánico, nuestro radar nos indica que algo catastrófico está ocurriendo y nuestro cerebro reacciona con vehemencia. En la ansiedad generalizada, no podemos parar de imaginar cosas malas que pueden suceder y las preocupaciones nos desbordan. En el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), podemos sentir que nuestros actos o pensamientos pueden tener consecuencias terribles para los demás. En las fobias, objetos o animales aparentemente inofensivos se vuelven intimidantes. En la fobia social, los otros seres humanos se vuelven amenazadores.

El factor común de estas condiciones es la evaluación exagerada y paralizante de los peligros del ambiente. Otro rasgo común es la adopción de medidas de seguridad excesivas, como evitar ciertos lugares o situaciones, o revisar y repetir muchas veces actos o pensamientos. Pero, lejos de lograr reducir la ansiedad, estos recaudos desmedidos aumentan nuestra vulnerabilidad y nos trasforman en víctimas de nosotros mismos.

La mejoría espontánea (sin consulta ni tratamiento profesional), si bien es posible, es improbable. Pedir ayuda es una excelente opción para combatirla y poder vivir mejor. Hoy existen tratamientos eficaces para mejorar la calidad de vida de las personas que sufren trastornos de ansiedad. Se aconseja en muchos casos que su tratamiento esté acompañado de la adquisición de hábitos saludables, como el ejercicio aeróbico regular, que colaboren con el bienestar.

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