Casi sobre el mediodía un chaparrón pareció torcer la balanza en favor de los que estaban resueltos a no ponerse las ojotas. Pero cuando la lluvia -que duró un par de minutos- cesó, el hecho de advertir que casi no había viento, alentó a muchos a salir, livianos de equipaje, rumbo a la playa. "Que sea lo que Dios quiera", decían mientras emprendían camino. Y fue este grupo, el más confiado, el que encontró la mejor recompensa a su fe: ni bien pisaron la arena y aunque el cielo incrementaba su grado de incertidumbre dispuesto a desatar nuevos episodios de lluvia, las frases que se escuchaban estaban cargadas de satisfacción: "No hay sol pero igual el día está bárbaro"; y más aún: el mar estaba ideal para disfrutar de su agua templada y de una camada de olas que cada tanto crecían y divertían a los pocos que, por esas horas, recorrían la orilla.
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Pero las noticias fueron mejores en cuanto avanzó la tarde, en especial para los adoradores del sol. Y es que la brisa que durante un rato más que la mañana soplaba levemente del Noroeste, a eso de las 15 se transformó en viento Sur que, se hizo más molesto en las cercanías del mar, pero empezó a disipar las nubes al punto de, media hora más tarde, dejar al descubierto a un sol con muchas ganas de recuperar su posición reinante en lo más alto del firmamento. Para entonces el termómetro había trepado hasta unos muy agradables 25 grados y el día mostró una mejor cara que sus predecesores inmediatos en el arranque de una semana que extraña la generosidad climática del último sábado, el mejor día del año por estas costas argentinas.