Muchos simpatizantes se fueron del búnker.
Hasta los datos oficiales, que llegaron pasada la medianoche, todo había sido diagramado en un laboratorio de prudencia. Con un perfil subterráneo, los referentes de Cambiemos no revelaban sus números. Lo único que afirmaban es que habría balotaje. Repetían la palabra balotaje como un mantra, como un rezo. Y repetían hasta el hartazgo que en la provincia se pelearía la gobernación voto a voto.
De repente, en todas las pantallas, clonado, multiplicado, Julio Alak, el dueño de los resultados. Los primeros números. María Eugenia Vidal y una paliza a Aníbal Fernández. Cambiemos, en la elección nacional, según las primeras mesas escrutadas, un punto arriba del Frente para la Victoria. Y entonces Costa Salguero estalló en un grito ensordecedor, un festejo de campeón del mundo.
Los muchachos del equipo de prensa de Cambiemos empezaron a saltar para todos lados. Entre el público aparecieron las figuras políticas mezcladas con la gente: Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta, Alfonso Prat Gay. Todos entre todos, entre gritos, abrazos, euforia: todos como si fueran las 4 de la mañana en un cumpleaños de 15. Todos dominados por la sorpresa, por la navidad macrista en pleno octubre.
Vidal regresó al escenario. Macri también. Ella se adjudicó la provincia: le habló al pueblo que gobernará durante los próximos cuatro años; él se limitó a bailar: ni siquiera tenía algo preparado para decir: ¿cómo se da un discurso ganador cuando los resultados superan incluso a las mejores expectativas?
Macri estaba, como su equipo, como los analistas políticos, como el musicalizador, como el servicio de catering que cortó el servicio a las doce de la noche, como los militantes del Frente Para la Victoria, como sus militantes, sorprendido. Atrapado en una caja de sorpresas: de un momento para el otro, su partido gobierna los dos distritos centrales del país. Y él puede ser presidente. De un momento a otro, el hombre que empezó su carrera política en Boca, perdió una elección contra Aníbal Ibarra en Buenos Aires y después la gobernó por ocho años, tiene la mesa servida para ser presidente de la Nación. Y encabezar la nueva fuerza política más importante de la Argentina.
Macri todavía está sorprendido: los carteles que decían "Macri presidente" y decoraban todo el búnker dejaron de ser una expresión de deseo: ahora pueden transformarse en realidad. Una sorpresiva realidad.
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