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Fútbol
13 | 11 | 2015
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La cruzada en soledad de Gerardo Martino

Producción: Nicolás Rotnitzky / Diseño: Martín Ernesto García
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Por Producción: Nicolás Rotnitzky / Diseño: Martín Ernesto García


Silbado por el público cuando se escuchó la formación, el Tata vivió el empate pendiente de una botella de agua. Ni siquiera gritó el gol de Lavezzi y traicionó dos principios suyos. Sabe que Colombia será un punto de inflexión.

La cruzada en soledad de Gerardo Martino
Martino no gritó el gol de Argentina ante Brasil.
Foto:

Gerardo Martino, apenas empezó el partido, puso la botella de agua a su izquierda, pegada a los carteles publicitarios. La dejó ahí, parada en el mismo lugar, como si fuera un elemento necesario para manejar la calma. Si Brasil atacaba, Martino se acercaba a la botella: la agarraba, desenroscaba rápido pero con muchas vueltas la tapa, y tomaba un sorbo. Uno y sólo uno. Cuando Ezequiel Lavezzi abrió el resultado, le dio la espalda: caminó de frente a la popular, al arco contrario donde había convertido el Pocho. Atrás suyo los suplentes armaban una montaña de abrazos, una descarga de tensiones que arrastraban desde la Copa América de Chile.

Tata ni siquiera los miró. Lo suyo parecía una cruzada en soledad.

El problema de la noche fue cuando Lucas Lima empató el partido. Apenas convirtió, se agachó violento a estrujar el pedazo de plástico. Lo agarró con furia. Probablemente insultó. La botella parecía la culpable de ese momento incómodo, del gol que potenciaría los silbidos que ya había escuchado desde el vestuario cuando la voz del estadio anunció su nombre, aunque en los alrededores del Monumental, la gente lo apoyó en una encuesta de DIARIO POPULAR 

El agua, la bebida más pura de todas, no podía llevarle paz al técnico de la Selección. 

      Martino y Neymar.

Martino traicionó dos principios suyos en una misma noche. Primero, sus jugadores no implementaron la salida desde el fondo, típica y tradicional de todos sus equipos. En cada saque de arco, Sergio Romero apostó al pelotazo para Gonzalo Higuaín. Segundo, su vestimenta. No se puso un equipo de gimnasia. Se vistió de gala, de saco y corbata, con unos finos zapatos negros, como en Barcelona, su época más turbulenta como técnico. Quizá, la ropa y la mutación en el estilo de juego ilustraban una misma cosa: Martino estaba desorientado.

Martino, desorientado, bebía agua. Primero caminaba: un andar constante, molesto, inquieto: nervioso. Martino hizo un surco al lado de la línea. Estiraba los brazos detrás de su espalda, mientras buscaba juntar las palmas de sus manos a la altura de la cola.

Después, como un maratonista durante su trayecto eterno hacia la superación, se hidrataba. Pero él no buscaba la autosuperación, tampoco apagar la sed. Martino se llenaba la boca porque necesitaba encontrar la calma. Una calma que nunca vino desde adentro del campo de juego. 

Al final, el equipo se fue entre una mezcla de aplausos e indiferencia. Martino se olvidó de su fetiche: la botella no cumplió su trabajo y se quedó ahí a esperarlo, a ver si vuelve a encontrarse con él en marzo del próximo año, cuando Bolivia venga a Buenos Aires. 

A ver si Martino vuelve a pilotear una nueva tormenta.

      Martino.mp4




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Martino, tras el empate ante Brasil
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