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Internacionales
31 | 08 | 2016
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Michel Temer, el zorro en las sombras que encendió la luz del complot

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Encabezó la conspiración que terminó con la destitución de Dilma Rousseff y se convirtió en presidente de Brasil. Tiene 75 años y un perfil frío y calculador que le valieron más aliados que admiradores

Michel Temer, el zorro en las sombras que encendió la luz del complot
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A Michel Temer no lo tomó por sorpresa la destitución de Dilma Rousseff porque él mismo orquestó la conspiración que lo llevó en pocos meses a la presidencia de Brasil. De carácter frío, calculador y con una dilatada experiencia política, saltó de las sombras y llegó a lo más alto del país vecino sin pasar por las urnas.

Tiene 75 años y su nombre completo es Michel Miguel Elias Temer Llulia. Es abogado constitucionalista, católico y descendiente de una familia de origen libanés. Asume un país dividido políticamente y en recesión pero inflado de nacionalismo tras unos Juegos Olímpicos que pusieron a Brasil en la mira del mundo.

Presidente interino desde mayo, Temer se afianzó en el cargo mientras su país miraba Río de Janeiro 2016. Entre alianzas y descuidos, logró que las denuncias por corrupción que lo salpicaban se hicieran humo.

Líder durante 15 años del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y vicepresidente de Dilma desde 2011, ahora ocupa su lugar. Más: llegó a las puertas del poder de la mano de Luiz Inácio Lula da Silva, el líder del PT.

Las alianzas fortalecieron el poder de influencia de un político de raza que probablemente jamás hubiera llegado a la presidencia por mérito propio: en mayo, las encuestas le daban un mísero 3% en intención de voto y hoy apenas si roza el 10%.

"Temer no sería elegido ni para presidir la comunidad de vecinos de su edificio", graficó un alto funcionario de la Cancillería.

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El matrimonio de conveniencia entre Dilma y Temer nunca tuvo una relación fluida y el vicepresidente decidió terminarlo a fines del pasado año, cuando Rousseff empezaba a acusar el desgaste de su aislamiento y del deterioro económico.

Fue entonces cuando divulgó una carta en la que denunciaba que Rousseff lo trataba como un "vice decorativo" y que se sentía como un "accesorio".

Arropado por el poderoso Eduardo Cunha, que abandonó la presidencia de la Cámara de Diputados acusado de corrupción, Temer se movió rápido y apuró su red política para hacerse con el poder.

El 12 de mayo, Rousseff fue separada de la Presidencia temporalmente. Temer se calzó la banda presidencial y se arrogó el papel de "salvador" del país con la promesa de superar la profunda crisis económica y política. En sus planes no cabía una sustitución provisional: "Gobierno como si fuera para siempre", les dijo a periodistas extranjeros.

Sus primeros pasos como presidente interino levantaron ampollas y le obligaron a rectificar en medio de críticas por la ausencia de mujeres y negros en su Gabinete. Los escándalos de corrupción le obligaron a cambiar a tres miembros del Gobierno en las primeras semanas y él mismo carga con sospechas similares.

Hábil negociador en la sombra, Temer mantuvo un perfil público bajo y cultivó una imagen de sobriedad y un lenguaje rebuscado que le valieron el apodo de "mayordomo de una película de terror" entre sus adversarios políticos.

En los últimos meses trató de cambiar esa imagen, pero no parece haberlo conseguido.

El sonoro abucheo que sacudió el estadio Maracaná durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos le mantuvo al margen de la cita internacional. Tanto, que ni siquiera fue a la clausura.

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La próxima semana volverá a Maracaná para inaugurar los Paralímpicos. Aún no se sabe si estará acompañado de su mujer, Marcela, una ex reina de la belleza local 43 años más joven que él, madre de su hijo pequeño, Michelzinho, y musa de los encendidos versos que el presidente escribe en servilletas de papel en su tiempo libre.

"Me falta tristeza/ Instrumento movilizador / De mis escritos. (...) Lamentablemente / Todo anda bien", escribió en uno de sus poemas.

"Me equivoqué con el vicepresidente", se lamentó en numerosas ocasiones Rousseff. Y nunca antes la había asistido tanto la razón.

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