Se cumplen 55 años de la pelea nacional más mediática de todos los tiempos en el Luna Park, que destrozó las boleterías y paralizó al país, con 25.236 asistencias pagas. Fue un 4 de setiembre de 1965, cuando una incipiente grieta se cerró a golpes sobre el ring, porque todos se fueron satisfechos.

¿Cómo pudieron dos pesados argentinos, que ni siquiera fueron campeones mundiales, ni constituían un “clásico”, batir el récord histórico de público en el Luna Park, algo que permanece inalterable en la actualidad y quedará así por siempre?

¿Qué fue lo que hizo que la gente, con tanta masividad, se acercara al estadio aquella noche del 4 de setiembre de 1965, para ver un combate por el título argentino entre un arrogante como Oscar “Ringo” Bonavena y un sanjuanino como Gregorio “Goyo” Peralta, que ni siquiera era un pesado natural, ya que con furia hoy sería apenas un peso crucero?

Ni ídolos como Nicolino Locche, ni héroes como Carlos Monzón, ni peleas mundialistas como las de Falucho Laciar, Gustavo Ballas, Víctor Galíndez, o Sergio Palma, se acercaron a ese récord. Tampoco ningún superclásico como los de Prada-Gatica, o Lausse-Selpa pudieran igualarlo.

¿Qué despertó tanta magnitud aquella noche, hace 55 años, donde pagaron entrada 25.236 personas, más los invitados que serían no menos de 3000 más, y alrededor de 5000 que no pudieron ingresar porque temprano a la tarde se agotaron las localidades?

La receta era sencilla, pero no era fácil llevarla a cabo. ¿Fue Goyo Peralta quien lo hizo posible?

Fue la magia de Ringo Bonavena -que apenas tenía 15 peleas como profesional y escasa media docena en nuestro país, pero sólo una en el Luna- quien provocó esa explosión.

La fórmula la trajo desde Estados Unidos, donde había estado radicado un año, suspendido por la Federación Argentina de Box, por haber mordido en la tetilla izquierda al yanqui Lee Carr en los Juegos Panamericanos de San Pablo 1963, previo a los JJOO de Tokio ’64.

En el país del Norte no sólo debutó como profesional, donde hizo 9 peleas de las que apenas perdió en la última ante Zora Folley y ganó el resto (todas por nocaut menos una), sino que aprendió de El Más Grande, Muhammad Alí, quien por entonces buscaba –y consiguió- su pelea titular ante Sonny Liston.

Aprendió las artes verbales, las claves comunicacionales, y adquirió las llaves maestras para abrir los candados del negocio del boxeo, hasta entonces reservado para promotores y rufianes que no se subían al ring.

Claro, para eso había que ser como Muhammad Alí. Y había que ser como Ringo Bonavena para imitarlo; y en realidad, ninguna de las dos cosas era fácil, porque ellos eran únicos.

Bonavena era como Maradona. Hasta la irrupción del Diego consagrado, Ringo fue el personaje de la cultura nacional –no sólo del deporte- más mediático del país, cuando la palabra mediático aún no existía.

Diarios, radios y programas de TV recibían su visita inesperada, siempre con alguna novedad o tema ocurrente; y muchos, a falta de rating o en días “fiambres”, recurrían a un llamado telefónico o invitación a Bonavena para “salvar el día”, y que el personaje de Parque Patricios les diera de comer, mientras los diarios lo levantaban para el día siguiente. Así, gracias a él cerraba todo el circuito mediático de la época.

Ni el Mono Gatica, ni Andrés Selpa -precursores del camino-, descubrieron los vericuetos intrínsecos extra boxísticos y deportivos. Y “El Torito de Mataderos” Justo Suárez –primer ídolo argentino- era demasiado perfil bajo para ello.

Las leyes no escritas del marketing, la fama, la penetración social, y el misterio humano por los vaticinios, tenía secretos que sólo Ringo entendía, y así logró provocar tanto al público como al pacífico Peralta, hasta lograr que Tito Lectoure les diera el Luna Park para medirse.

“¿Dónde está Goyo? ¿Dónde se escondió? ¿Me tiene miedo?” (Y entraba a un baño con un fotógrafo para ver si allí estaba Goyo) “¡Lo voy a matar! ¡Lo voy a noquear en el 5º! Y si no le gano me voy del país”, profería Ringo, contrastando con las respuestas medidas y respetuosas de Goyo.

No era una simple pelea, sino un choque de estilos, no sólo boxísticos, sino de personalidad, de creencias, de formas de pensar y de vida, unidos por la misma pasión y necesidad: el boxeo.

Perfil bajo contra perfil alto. Humildad vs pedantería. Estilo y elegancia vs rusticidad y potencia. Respeto contra irreverencia. Y por si fuera poco, un peronista de ley desde las entrañas como Goyo -que terminó siendo hasta guardaespaldas de Perón en Madrid-, contra un admirador de los militares y las Fuerzas Armadas como Ringo, de familia radical y antiperonista, con tintes racistas y pretensiones aristocráticas -o eso decía para generar revuelo, y que al menos vayan a verlo perder-.

Pero quienes fueron con ese propósito aquel 4 de setiembre se quedaron con las ganas. Es que contra varios pronósticos que auguraban la victoria de quien defendía la corona nacional, que tenía más de 50 peleas en su haber (57), que había combatido por el título mundial mediopesado ante Willie Pastrano (PKOT 5 por herida), y tenía sólo 4 derrotas en total, Bonavena lo venció por puntos, y hasta consiguió derribarlo en el 5º.

Un cross zurdo en la barbilla puso de rodillas a Peralta, quien guapamente se paró, puso corazón más que boxeo, y eso le alcanzó para llegar a las tarjetas para caer tras 12 vueltas, en fallo unánime (237-232, 238-230 y 238-229. Antes se fallaban 20 puntos por round).

Nadie se fue defraudado, pese a no haber salido complacido con el resultado, porque Bonavena se ganó el reconocimiento popular por primera vez. Pocos supieron que en el abrazo final, sobre el ring, Ringo llorando le pidió disculpas a Goyo por las bravuconadas previas, armadas en función del show, la recaudación, y una auto promoción que la sociedad de entonces no entendía. Una red de hilos invisibles que juntaba a pobres y ricos, buenos y malos, zurdos y diestros.

Goyo quizás tampoco nunca lo entendió. En el vestuario, bajo las duchas, el hombre de Patricios le ofreció su jabón –dicen- y lo invitó a su casa a comer los ravioles de Doña Dominga al día siguiente. Goyo no fue y usó su propio artículo de higiene.

Años después (agosto del ’69) en el Palacio Peñarol de Montevideo, un empate deslucido en una revancha con olor a tongo, ante un Peralta de 34 años con apremios económicos, fue el gesto que faltaba para redimirlos, porque en el ring, frente a frente, y entre hombres, se resuelven todos los problemas en un mismo idioma.

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