La imagen dolorosa no se nos va de la mente: Messi y compañía miran desde abajo la premiación de la Copa del Mundo. Alemania festeja. Río de Janeiro es una mezcla de tristeza y alegría. Dos años después, en el mismo lugar, se organizan dos fiestas inolvidables: las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de 2016.
El escenario, en ambos casos, es el mítico estadio Maracaná. Hoy, seis meses después de estar en la cresta de la ola, la escenografía no da ni para la organización de un torneo intercolegial. Es que la infraestructura que supo alojar al Mundial 2014 y a los JJOO de Río 2016 –los primeros organizados en Sudamérica- se desmorona día a día.
Una recorrida por el interior de las construcciones muestra la decadencia carioca y nadie se hace cargo de mantener la infraestructura que tuvo un costo cercano a los 10.000 millones de dólares.
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