Construido en la década de 1920 como una de las más ambiciosas “escuelas-palacio” del país, el Instituto Bernasconi atraviesa un proceso de restauración que recupera su valor arquitectónico y educativo.

Quien atraviesa las puertas del Instituto Bernasconi puede tener la sensación de haber abandonado por unos instantes el paisaje urbano de Buenos Aires para ingresar en un edificio europeo de principios del siglo XX. La restauración encarada por el Gobierno de la Ciudad le devolvió toda la magia.

Columnas monumentales, esculturas inspiradas en la mitología clásica, galerías interminables y una arquitectura que remite a los grandes palacios franceses convierten al histórico complejo educativo de Parque Patricios en una de las construcciones más singulares de la Ciudad.

Ubicado sobre la calle Cátulo Castillo al 2750, el Bernasconi no es solamente una escuela. Es una pieza fundamental del patrimonio arquitectónico porteño y uno de los símbolos más representativos de una época en la que la educación pública era concebida como una herramienta de transformación social capaz de expresarse también a través de la monumentalidad de sus edificios.

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Su origen se remonta a comienzos del siglo XX. La construcción fue posible gracias al legado de Félix Fernando Bernasconi, un próspero comerciante que, antes de morir en 1914, dispuso que gran parte de su fortuna fuera destinada a la creación de un establecimiento educativo. La tarea fue encomendada al arquitecto Juan Waldorp, entonces director de Arquitectura del Consejo Nacional de Educación y uno de los máximos impulsores del concepto de “escuela-palacio”.

Waldorp proyectó un edificio que rompía con los modelos tradicionales. Inspirado en el eclecticismo europeo y en los grandes complejos educativos de la época, diseñó una estructura que ocupa dos manzanas y cuatro niveles, equipada con innovaciones extraordinarias para aquellos años.

El complejo contaba con dos piletas climatizadas en el subsuelo, sesenta aulas de amplias dimensiones, un auditorio para 400 espectadores, espacios audiovisuales, biblioteca, áreas de orientación educativa y un museo escolar destinado al estudio de aves y mamíferos. Cada detalle respondía a una concepción pedagógica que entendía que el entorno también educa.

Impronta artística

Esa filosofía se reflejaba en la experiencia cotidiana de los alumnos. Subir por escaleras de mármol de Carrara, recorrer galerías luminosas, estudiar en bibliotecas especialmente diseñadas para fomentar la lectura o participar de actividades culturales en un teatro con butacas aterciopeladas formaba parte de una propuesta educativa que buscaba estimular la curiosidad y el aprendizaje más allá del aula.

La impronta artística también ocupa un lugar destacado. Las esculturas que adornan la entrada principal fueron realizadas por el reconocido artista argentino Alberto Lagos y aportan una dimensión simbólica inspirada en la tradición clásica. A ello se suma el famoso reloj de la torre, durante décadas una referencia cotidiana para los vecinos del barrio.

La historia del predio incluso antecede a la propia escuela. En los jardines todavía se conserva un aguaribay plantado por el perito Francisco Pascasio Moreno cuando esos terrenos formaban parte de una antigua quinta familiar. El árbol constituye un testimonio vivo de la memoria de la Ciudad y refuerza el carácter patrimonial del establecimiento.

Sin embargo, el paso de los años dejó huellas visibles. La falta de mantenimiento y el deterioro natural de una construcción de semejante magnitud provocaron que, en 2012, una auditoría detectara importantes problemas edilicios. El estado de conservación encendió entonces las alarmas sobre la necesidad de intervenir uno de los edificios educativos más valiosos de Buenos Aires.

Recuperación patrimonial

A partir de esa situación, la Ciudad puso en marcha un ambicioso plan de recuperación patrimonial. Entre 2024 y 2025 se realizaron obras destinadas a restaurar fachadas, patios y accesos principales, además de modernizar instalaciones eléctricas, sistemas de gas y equipamiento termomecánico. También se ejecutaron trabajos de iluminación, revoques y pintura general que permitieron recuperar la imagen original del complejo.

Uno de los sectores donde la transformación resulta más evidente es la Biblioteca “Joaquín V. González”, creada bajo el impulso de la educadora Rosario Vera Peñaloza. El espacio, que reúne salas de lectura, colecciones documentales y literatura infantil, fue reinaugurado este año luego de una restauración integral.

Los trabajos incluyeron la recuperación de pisos de madera, restauración de molduras, renovación de la iluminación, reemplazo de vidrios y mejoras destinadas a optimizar las condiciones de lectura y conservación del patrimonio documental. Hoy la biblioteca vuelve a recibir alumnos, docentes e investigadores interesados en consultar materiales vinculados con la historia de la educación argentina.

Las tareas continuarán durante los próximos meses con nuevas intervenciones previstas en el teatro y en distintos sectores del edificio.

“La escuela-palacio” de Parque Patricios vuelve así a exhibir gran parte del esplendor que la convirtió en una referencia de la educación pública argentina. Su recuperación no representa solamente la puesta en valor de una obra arquitectónica excepcional. También reafirma una idea que inspiró su nacimiento hace más de un siglo: que la educación puede desarrollarse en espacios capaces de despertar admiración, pertenencia y orgullo en quienes los habitan cada día.

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