Después de más de seis meses sin competencia, el regreso de la Copa Libertadores puso a prueba el nivel físico, técnico y estratégico de los equipos argentinos para enfrentarse con adversarios que, en apariencia, tenían grandes ventajas. Esa teoría, sin embargo, se estrelló.    

Se esperaba que sucediera lo peor. Y no sucedió lo peor. Se esperaba que los equipos argentinos que participaban de la Copa Libertadores hicieran papelones. Y no hicieron papelones, aunque Racing haya caído de local 1-0 ante Nacional de Montevideo y Tigre perdiera en Paraguay frente a Guaraní 4-1.

La prolongandísima inactividad en el fútbol argentino que se remonta a los días previos al comienzo de la cuarentena el viernes 20 de marzo, empujaba al desaliento respecto a las posibilidades de competir en el plano internacional y alcanzar una aceptable puesta a punto.

Ese escenario no pudo configurarse. La gravísima crisis sanitaria provocada por el coronavirus no permitió avanzar en la búsqueda de entrenamientos y encuentros amistosos que tuvieran rasgos de aparente normalidad. Se hizo lo que se pudo hacer. Que fue poco. O en todo caso insuficiente para saltar a la cancha y reanudar la disputa de la Copa Libertadores.

Sin embargo, ese nivel de enorme escepticismo que se instaló en el ambiente del fútbol argentino frente a la inminencia del regreso de la Copa, terminó estrellándose ante una realidad muy distinta a las cálculos e interpretaciones que se habían revelado. Porque lo que se preveía era que los equipos argentinos no recibieran otra cosa que verdaderas palizas futbolísticas frente a rivales con una preparación más afirmada en el tiempo y con chances reales de jugar los torneos de sus ligas respectivas.

Si algo dejaron en claro estos episodios inéditos en el que un equipo (aparentemente) sin ritmo de juego ni competencia previa se enfrenta con otro que llega con mayor rodaje y con mejores perspectivas individuales y colectivas, es que los anticipos siempre tan extendidos y tan superficiales solo sirven para llenar los espacios y adelantar especulaciones sin ninguna densidad ni criterio argumentativo sólido.

El fútbol, al igual que todas las actividades (políticas, sociales, económicas, artísticas, científicas y deportivas) que desarrollan los hombres y las mujeres, no admiten el protagonismo de ninguna verdad absoluta. Nadie sabe nada, hasta que ocurre el hecho. Estos misterios, en este caso del fútbol, continúan siendo su principal atractivo.

¿Podría decirse que sorprendieron los equipos argentinos con sus rendimientos? Sorprendieron a los lugares comunes. A las opiniones que se mueren cuando empiezan los partidos. A los comentarios que se caen a pedazos apenas la pelota comienza a rodar. A las lecturas que privilegian la preparación física por encima de cualquier otro contenido más o menos esencial.

Empató River 2-2 en Brasil frente al San Pablo, ganó Boca 2-0 en Paraguay ante Libertad, se impuso Defensa y Justica 3-0 en Florencio Varela contra Delfín de Ecuador y perdieron Racing y Tigre. Los resultados podrían reflejar una tendencia: en general les fue aceptable a los equipos argentinos. Pero, como siempre, los resultados no logran expresar algo en particular, por encima de su incuestionable rigor matemático.

Sin estruendos y sin grandes perfiles declamativos, la jornada de la Copa Libertadores les dejó a los equipos argentinos que juegan en Primera una certeza a la que aferrarse: están en buenas condiciones, a pesar de las adversidades del contexto. Y esta comprobación efectiva hasta puede tomar la forma de una lección. No en el plano triunfalista. Tampoco en la aventura de pasar facturas intentando colgarse medallas.

Pero sí en confirmar que el fútbol tiene memoria. Y que esa memoria no se clausura en seis meses. Quizás por eso los papelones anunciados se terminaron resignificando en una lección que, de mínima, vale la pena apreciar.

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