ENFOQUE: EDUARDO VERONA
Si en el último Mundial el fútbol argentino expresó algo sustancial, fue su incapacidad para manejar y administrar los ritmos de un partido a favor del control de la pelota. En el 0-4 frente a Alemania quedó plasmado ese déficit y en el 3-1 previo ante México las flaquezas a la hora de ganar la posesión de la pelota fueron incontrastables. Y determinantes para medir las chances de la Selección que conducía Maradona. Pero la debilidad que padeció Argentina en Sudáfrica no fue circunstancial. El problema es estructural. Se ve fecha tras fecha en el fútbol doméstico. Y en las competencias internacionales en las que intervienen equipos argentinos. ¿Qué es lo que se ve? El desprecio por tener la pelota. No se la quiere, no se la cuida, no se la controla, salvo algunas distinciones que pueden encuadrarse en los momentos favorables de Estudiantes y Vélez. Pero, en general, el maltrato es la matriz que predomina. Mientras el resto de la comunidad futbolera mundial se preocupa y avanza para crecer y construir juego ejerciendo un dominio sobre la pelota (Japón lo denunció en el reciente 1-0 contra Argentina), aquí la tendencia que impera es ser cada día más desprolijo y vulgar. El precio que se viene pagando es altísimo. La prédica casi obsesiva que ejecutó el ambiente desde hace un par de décadas sobrevalorando la velocidad y el modelo del fútbol vertical (muchísimos más pelotazos que toque), terminó con este presente. Bilardo, viejo laboratorista del fútbol moderno, mientras dirigía a Boca y durante un vuelo desde Buenos Aires a Mendoza, nos dijo: “Hay que volver a las fuentes. Estoy convencido. Y hay que recuperar el fútbol de potrero. Yo hablé toda mi vida del potrero y del mejoramiento de la técnica individual. Porque en técnica andamos muy mal. Yo soy un fanático del jogo bonito. En mi puta vida desprecié el jogo bonito. Es más: Soy un admirador total del fútbol brasileño”. Aunque parezca ficción, aquellas palabras reveladoras de Bilardo coinciden con lo que nos expresó Menotti en su primera etapa como técnico de Independiente: “Hace muchos años que en la Argentina no se labura sobre la técnica. Recuerdo que en esos partidos de barrio, en Rosario, si dabas una pelota dos metros atrasada o adelantada, se te caía la cara de vergüenza porque los tipos no te saludaban durante una semana. Ahora pasarla mal parece lo más natural del mundo. Nadie dice nada, nadie se sorprende. Como si todo fuera lo mismo. En nombre de la eficacia se desvirtuó el juego”. Las respuestas de Bilardo y Menotti datan de 1996. A 14 años de esos diagnósticos, se profundizaron las debilidades. Y se confundieron los técnicos y los jugadores. Por eso viene un modesto conjunto colombiano como Deportes Tolima y le gana el control de la pelota a Independiente. Es un ejemplo. Uno más entre tantos otros que se suceden cuando un equipo argentino compite aquí o en el exterior. Batista pretende recuperar para nuestro fútbol esa vieja religión del juego asociado. Del toque que hoy enarbola España. No será sencillo. Ese valor cultural ha sido puesto en jaque. Las consecuencias saltan a la vista.

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