La actriz francesa Jeanne Moreau, una de las musas de la Nouvelle Vague, falleció ayer en su domicilio de París a los 89 años, según informaron medios franceses citando a su agente, quien detalló que el cuerpo sin vida fue hallado por su empleada doméstica.
Conocida por su voz grave y una belleza diferente que fascinó a los cineastas franceses, desde Louis Malle a François Truffaut, pasando por Bertrand Blier, y a internacionales como Orson Welles -para quien fue “la mejor actriz del mundo”-, Elia Kazan, Michelangelo Antonioni, Peter Brook, Werner W. Fassbinder o Wim Wenders, la actriz participó en más de 120 películas a lo largo de sus más de 50 años de carrera.
Moreau había enamorado a las plateas a partir de 1958, cuando rodó Ascensor para el Cadalso, dirigida por Malle, aunque ya había incursionado en el cine desde una década antes en filmes como Grisbi, de Jacques Becker, o Las Lobas, del argentino Luis Saslavsky -y antes fue la estrella más joven en la Comedia Francesa- y en parte la virtud fue de Malle, que dotó de una fuerte carga de un raro erotismo a aquella película en blanco y negro, que además tenía música de Miles Davis.
Vale la pena recordar por qué: en Ascensor... hay una pareja de amantes (Moreau y Maurice Ronet) en la que el individuo queda encerrado durante un fin de semana en el interior de una gran empresa, donde antes había asesinado al marido de la mujer. El único recurso que les queda, en una situación en extremo claustrofóbica, es el teléfono, por el que circula un diálogo que puede hacer hervir la imaginación del espectador, además de que el cineasta era un experto en acariciar con la cámara la mejilla de la intérprete.
El mismo año actriz y director se reúnen en Los Amantes, una obra explosiva para su tiempo y con un enfoque audiovisual que preanunciaba la Nouvelle Vague -fotografía en Dyaliscope de Henri Decaë, música de Johannes Brahms-, en la que una mujer de aburrida vida burguesa (Moreau) encuentra en una ruta a un amante ocasional (Jean-Marc Bory) con el que cumple una escena íntima inusual en el cine de aquellos días, más sugerida que otra cosa aunque muy comentada.
Tras su aparición en Los Cuatrocientos Golpes, de Truffaut, el cineasta la convirtió en inmortal en Jules y Jim (1959), donde repartía su amor en forma simultánea con Oskar Werner y Henri Serre en épocas de la Primera Guerra Mundial; en esa historia provocativa e inquietante, Truffaut no sólo retrató su inefable sonrisa sino que la hizo cantar El Torbellino (Le tourbillon), acompañada por la guitarra de Serre, en una secuencia verdaderamente antológica.
Antes había paseado su figura por Moderato Cantabile, del exquisito británico Peter Brook, en la que seducía a Jean-Paul Belmondo, y por La Noche, de Michelangelo Antonioni, en competencia nada menos que con Marcello Mastroianni y Monica Vitti en la cúspide de sus estrellatos.
A lo largo de su trayectoria, distinguida con premios honoríficos en los festivales de Cannes, Venecia, Berlín y San Sebastián, Moreau ha sido “femme fatale”, prostituta, monja e incluso reina, como en La Reina Margot, de Jean Dréville.
“Su versatilidad era milagrosa”, afirmó el cineasta Joseph Losey, quien la dirigió en Eva, junto a Stanley Baker, y en El otro Sr. Klein, con Alain Delon.
Con el efectista Roger Vadim filmó Las Relaciones Peligrosas, en pareja con Gérard Philippe, y con Jean-Luc Godard hizo un papel secundario en Una Mujer es una Mujer, única ocasión en que trabajaron juntos; y con Orson Welles -con quien la unía una profunda amistad- rodó El Proceso, Campanadas de Medianoche y Una Historia Inmortal, en la que el genio de Wisconsin experimentó con los entonces novedosos colores de la televisión. Truffaut volvió a convocarla para La Novia Vestía de Negro.
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