Uno de los creadores de El Reino, ficción que une religión y política en Argentina, revela su motivación y asume los pro y los contra de filmar en pandemia.

"Alabado sea Cristo", podría ser la primera conclusión de algún telespectador religioso apenas atraviesa el primer episodio de El Reino. Es que de entrada, el Pastor Emilio Vázquez Pena (Diego Peretti) ve como la muerte le pasa de cerca, justo el mismo día que se lanza la campaña presidencial de Armando Badajoz (Daniel Kuzniecka), quien lleva al religioso precisamente como vice. El magnicidio que pone al evangelista en la encrucijada de pensarse como primer mandatario de la Argentina, dispara precisamente la interna familiar por un lado y el motor del crimen por otro.

Un elenco de lujo: Peretti, Mercedes Morán (La pastora Elena), Nancy Dupláa (La fiscal Roberta Candia), Chino Darín (Julio Clamens, mano derecha del pastor), Joaquín Furriel (Osorio), Peter Lanzani (el religioso fiel Tadeo Vázquez), Vera Spinetta (Ana hija de los pastores y pareja con Julio), entre otros; y la intriga desarrollada en ocho capítulos (¿promesa de segunda temporada?) vuelve a colocar a la ficción argentina en zona de privilegio, a través de Netflix. Al cierre de esta edición, además de ser tendencia durante varios días en las redes, El Reino lidera cómodamente la grilla de los lanzamientos de la plataforma global.

Claro que el relato que soñaron en conjunto la escritora Claudia Piñeiro (La viuda de los jueves, Elena Sabe, Una suerte pequeña) y el director Marcelo Piñeyro, se celebra en cosecha, aunque la motivación provino más de un análisis de la realidad. El propio cineasta describe a este medio el primer disparador.

"Después de hacer La Viuda de los Jueves, con Claudia nos habíamos dejado de ver, hasta que hace tres años nos llama un productor español para proponernos una serie, el proyecto no nos interesó, pero sirvió para reencontrarnos. De pronto nos dimos cuenta que éramos admiradores de las mismas series y comenzamos a charlar de lo que pasaba en el mundo", recuerda con precisión.

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"Así empezamos a tirar ideas, esta fórmula presidencial, el atentado, estos personajes y no mucho más que eso. La verdad si en ese momento nos preguntabas cómo termina esto no teníamos la menor idea", se sincera.

La charla con el vicepresidente de Netflix, Francisco Ramos, su posterior respaldo y el trabajo en conjunto con la productora K&S Films, los impulsó a poner manos a la obra. Aunque detrás del entusiasmo por volver a filmar, había otros condimentos.

"Con Claudia compartimos otras preocupaciones cuando todavía no existía El Reino. Simplemente como habitantes de este planeta sobre esta contemporaneidad que estamos viviendo. Una característica de este siglo XXI tiene que ver con vaciar de contenidos los conceptos", explica.

Acaso el peso y la importancia de la palabra sirva para realzar su argumento. "Es el problema de la posverdad, que en realidad lo que hace es la destrucción del concepto de verdad. Se instala la mentira como verdad y el regreso de las religiones como herramienta política. Fijate que han vuelto. Por otro lado uno ve en las tres Américas que las iglesias evangélicas han sido el ariete de esta nueva derecha. Con un objetivo clarísimo que es la restauración conservadora que nos hace a la humanidad retrasarnos un siglo, vuelve cuarenta casilleros atrás", ironiza el director.

Lo cierto es que tanto él como su socia creativa empezaron a visualizar el fenómeno en el país. "A partir de ahí, sigue, dijimos qué pasaría se sucediera en la Argentina. No te rías, pensá que esto fue hace tres años y medio. Yo tengo muchos amigos en Brasil y recuerdo que no hace mucho con algunos en San Pablo, les cuento lo que estaba haciendo y lo veían como una distopía loca. Entonces Bolsonaro era un personaje, una caricatura que invitaba a la risa, unos meses después fue presidente. Nunca las cosas están tan lejos, nunca hay que subestimar a los peligros de la realidad".

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