El actor, que está haciendo teatro oficial y una tira de Disney, lamenta que en Argentina se desestimen los matices. Y dice que su profesión le enseñó a "no quedarme con lo que te cuentan"

Desde que reabrió sus puertas el Teatro San Martín, Roberto Carnaghi viene protagonizando las distintas obras que se estrenan en la Sala Martín Coronado. El año pasado, fue parte de “La farsa de los ausentes”, obra basada en textos de Roberto Arlt.

Ahora, protagoniza “El casamiento”, de Witold Gombrowicz junto a Luis Ziembrowski y Laura Novoa, entre otros, con dirección de Michal Znaniecki, director polaco. Y mientras interpreta a un padre que por momentos también es rey de Polonia, cuenta que en un par de meses le tocará indagar en el universo de Samuel Beckett con “Esperando a Godot”, donde volverá a dirigirlo Pompeyo Audivert.

Mientras demuestra con sus personajes sobre las tablas del teatro oficial que es uno de los actores más versátiles de nuestro país, conquista al público infanto-juvenil como el abuelo de “Soy Luna”, la serie de Disney Channel que es un éxito de audiencia y que va por su tercera y última temporada. Popularidad y prestigio se aúnan en su enfoque personal de la carrera de actor, donde no hay papeles ni géneros menores.

l ¿Qué lo sedujo de la obra de Gombrowicz -autor polaco que vivió mucho tiempo en Argentina-?

-Que es una historia muy conectada con los sueños, es una obra surrealista donde hay varias lecturas. Y para mí, si bien Gombrowicz la ha escrito en Córdoba, es una obra muy polaca, donde el catolicismo es muy fuerte y donde está el pensamiento del autor con respecto a la guerra. Porque Polonia es un país que vivió en guerra constante.

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l ¿Se vincula la historia con la actualidad de nuestro país?

-Todo es posible. En la obra se habla de la guerra y de la religión pero también de los dimes y diretes sobre determinadas cosas como puede ser hoy la discusión sobre el aborto. Todo es política. Esa es otra de las cosas a la que nos tenemos que acostumbrar. El que dice: “Yo no opino de política” está haciendo política. En la obra está el padre dominador, el hijo que acepta hasta que un día se rebela. El padre que yo hago no es macanudo, es un terrible hijo de puta. Pero no pensaba así al comienzo y después termina convirtiéndose en un dictador. También nosotros tenemos eso. Cuando se hace una campaña política, somos todos buenitos. Pero después ya no somos tan buenitos. Y nadie habla de eso.

l ¿Cuál es su secreto para mantenerse tan activo a través de los años?

-Tengo mucha energía. Y yo elegí una profesión. En el mundo en el que vivimos, no cualquiera elige una profesión y la puede ejercer. Uno está tocado por la suerte. Me tocó esto, elegí esto, a veces tenés trabajo, a veces no. Yo he sido una persona que he trabajado, no me puedo quejar, pero me gusta hacer lo que hago. Entonces, siempre digo: “Cuando tenga 90 años voy a seguir y siempre con entusiasmo”; si no, no sirve. Cuando tenga 100 años, también, y cuando tenga 110 también voy a estar con la misma energía y con las mismas ganas de aprender. No es que ya sé. Sé un par de cosas y hay un montón que todavía no sé ni las voy a poder aprender. Siempre aprendo de los jóvenes, los jóvenes me enseñan, y ellos por ahí aprenden algo de lo mío, es así.

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l -¿Cómo fue su paso por “Soy Luna”?

-Yo no conocía el programa, hice un casting, me llamaron, y ahí me di cuenta de lo serio que era. Me encontré con un lenguaje distinto y con un grupo de chicos italianos, españoles, chilenos, mexicanos que bailan, cantan y actúan. Cada uno piensa de distinta manera pero todos tienen ansias de crecer. Si bien es Disney y hay un lenguaje donde hay malos y buenos, hay también un cuidado muy profesional en todos los detalles. Hay dinero, eso es indudable, pero no lo viví como algo menor. Hay quienes dicen: “Ay, estás trabajando para chicos!” como si fuese más fácil. Para nada, estoy trabajando y me tengo que exigir igual.

"El teatro me dio la posibilidad de haber leído mucho, de seguir aprendiendo"

l Con tantos años de carrera y una trayectoria tan variada (fue presidente de la cámara de corruptos con Tato Bores, fue travesti en “La jaula de las locas”, un asesino y golpeador en “Montecristo”, fue un padre judío en “Montecristo”, fue el padre de Lorena en “El Palacio de la Risa” con Antonio Gasalla, etc.), ¿le quedó algo en el tintero por hacer?

-A mí me interesa siempre el proyecto, más allá de lo individual. Hay cosas que por supuesto me hubiera gustado hacer y que por la edad seguramente ya no las pueda hacer, pero cuando me llamaron para “La jaula de las locas”, nunca pensé que me iban a ofrecer el personaje de mujer, y me apasionó hacerlo porque era un desafío, no hay en mí nada femenino. Y fue un éxito, llenábamos, teníamos 5000 personas por semana en teatro, y por supuesto yo no hubiera elegido hacer esa obra, pero pongo el mismo entusiasmo y el mismo empeño que cuando hago algo de Shakespeare. Lo importante es ver si yo lo puedo hacer.

l ¿Qué le fue dejando a través de la vida la profesión de actor?

-Cuando se es actor, uno busca dentro de uno para conocerse un poco más como persona y modificarse. Y después, te amplía la mirada sobre el mundo, sobre la gente, no sos tan dogmático, no existe el blanco y negro, están los grises. Si estás en el blanco y el negro es vivir mal. Este país se maneja así, es blanco o es negro, faltan los grises. Y el teatro te da esa posibilidad. El teatro me dio la posibilidad de haber leído mucho, de seguir aprendiendo. Me enseñó a no quedarme con lo que te cuentan.

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