A 53 años de su muerte, recordamos a la artista chilena que sigue musicalizando la vida y las luchas de la región

Violeta Parra es una artista inconmensurable, destinada a la revisión constante. No solo por la dimensión de su arte, también por su condición más humana. Imperfecta, fastidiosa, extraordinaria, y maravillosa. Nunca buscó sacralizarse ni mitificarse. De eso se encargaron sus canciones, sus pinturas –por más que el pinochetismo haya tratado de enterrarlas-. Todo parecía genuino, nada estaba calculado en su obra. Era impulsiva, y quienes la conocieron reconocen que siempre parecía desesperada. Aspectos que se impostaron en sus creaciones porque se dejaba llevar por esos sentimientos que erupcionaban dentro suyo. El dolor, la bronca, la decepción, el amor, la esperanza, el resentimiento. Se amaba a sí misma, y se odiaba. Lo mismo corría para el resto del mundo. Podía agradecerle a la vida misma por haberle dado tanto, pero también maldecir al alto cielo por obligarla a vivir. Tenía la angustia de millones, y el talento de nadie.

Como escribía con el corazón abierto, algunas de sus canciones sirven como biografía. En sus letras yacen las coplas tradicionales que musicalizaron la violencia que ejerció su padre borracho, y también su devoción por las disciplinas que ayudaron a forjar su personalidad. Dicen que era infalible con sus enemigos –entre ellos la burocracia y el esnobismo- e insoportablemente exigente con sus cercanos. Fue en esas relaciones personales donde brillaron esas contradicciones que asumía (y la lastimaban): solía alejarse de sus afectos, y reclamaba que estuvieran cuando los necesitaba; castigó a su madre india por no casarse con un indio, y ella misma se enamoró perdidamente de un extranjero. Y ese amor maldito que se fue pa'l norte empantanó todo. El pesimismo colmó ese romanticismo con el que rescataba algunas cosas de nuestra existencia, y ni siquiera pudo vislumbrar un futuro en los movimientos revolucionarios a los que supo abrazar. La vida se tiñó de desencanto. Y en el fondo su mayor terror era quedarse sola.

Un 5 de febrero caluroso y trágico, se cansó. A sus 49 años, se perforó la sien y cayó sobre una guitarra en su carpa de La Reina –donde montó la frustrada Universidad Nacional del Folclore-. Entre sus piernas había una carta suicida dirigida a su hermano Nicanor. “No tuve nada. Lo di todo. Quise dar, no encontré quien recibiera”, exclamaba. Se había rendido, (in)justamente, ella que había persistido como nadie para lograr cada desafío que se impuso desde recuperar el cancionero popular chileno hasta ser la primera artista latinoamericana en exponer individualmente sus tapices en el Museo de Louvre. Quizás también por orgullo en esas líneas aclaraba que no lo hacía por amor sino por el “orgullo que rebalsa a los mediocres”. Porque ella ya había brindado el máximo en todos los planos: en el arte, en la política, en la docencia, y en el querer. Se ofreció en cuerpo y alma, y aun así estaba sola. Como tanto había temido.

El epitafio se concibió en la cima de su creatividad, tan solo cuatro meses después de que se publicaran Las últimas composiciones (1966), y en el ocaso de su popularidad. Aunque nunca había tenido mucho dinero –ni como una cantante barrial, ni cuando se transformó en una embajadora cultural de su país-, la miseria se había agravado en sus últimos días. No solo fue olvidada por un Estado cipayo que intentó colgarse de su fama cuando conquistó Europa, también por las masas que nunca entendieron la importancia de ese último emprendimiento que elevó en la esquina de avenida La Cañada con Mateo de Toro y Zambrano –pese a que 10 mil personas marcharon y cantaron en el día de su entierro-. Inevitablemente, como sucede en cada rincón de este planeta, su fama se multiplicó tras el disparo y no tardó en transformarse en el estandarte muchísimas luchas.

A partir de todo el material de su autoría que se encuentra con facilidad y las distintas semblanzas que fueron justas con su figura como Violeta se fue a los cielos (2006), un libro de su hijo Ángel, como también su respectiva "adaptación" cinematográfica del 2011, y varios escritos más que recomendables como Todo Violeta Parra (1974) de Alfonso Alcalde y el perfil que concibió la periodista Sabine Drysdale en Extremas (2013), la artista puede comprenderse en toda su magnitud. Con sus virtudes, sus defectos; como mujer y como símbolo. Algo que era inevitable. Hoy “La Viole” ocupa el lugar que se merece, y también nos gusta pensar que le hubiese gustado: no es un ícono pop ni una heroína revolucionaria, es la más genuina y fundamental exponente del folclore latinoamericano. No es casual que las protestas en Chile se apoyaran en Arauco tiene una pena. Su relevancia crece y crece. Como musguito en la piedra.

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