Desde aquel día en que asumió como presidente de Independiente, hace ya casi dos años, Javier Cantero pretendió convertirse en la reserva moral del fútbol argentino sin estrategia, talento ni políticas. Su fracaso fue estruendoso. El club de Avellaneda pagó y sigue pagando el precio de sus lecturas mesiánicas. El tránsito de un “salvador” que no salvó a nadie.

El miércoles 13 de noviembre pasado, un par de minutos antes del arranque del partido entre Independiente y Ferro, al ex defensor del Rojo, Eduardo Tuzzio (actuando hoy en Ferro), le entregaron una plaqueta en reconocimiento a su paso por el club de Avellaneda, donde jugó durante 4 temporadas y media, mientras los hinchas lo ovacionaban con un fervor y una admiración notable.

   El presidente de Independiente, Javier Cantero, no participó ni se hizo ver en esos instantes en que Tuzzio recibió la gratitud de todos los que se encontraban en el estadio. ¿Por qué no fue Cantero a saludar a Tuzzio en el campo de juego? Por una cuestión simple y contundente: temió una fuerte condena pública de los socios del club, que preside desde la segunda quincena de diciembre de 2011. Y no se equivocó.

   Esconderse o borrarse frente a esas mismas personas que casi dos años atrás lo habían elegido presidente de Independiente con el 60 por ciento de los votos, no expresa precisamente un dato irrelevante o menor. Cantero (56 años y según sus palabras, "consultor de prestigio") acumula rechazos que no están solo relacionados con el descenso del club a la B Nacional.

   Los rechazos inocultables surgen a partir de su estrategia enfocada en el rol de francotirador mesiánico que puso y pone en serio riesgo la estabilidad deportiva e institucional de Independiente. Ni la agrupación "Independiente místico", que fue la que promovió su candidatura, lo tiene como un hombre que participa de su vida política. Al contrario: desde su victoria en diciembre de 2011, dejó de frecuentar la agrupación, provocando el desconcierto y la sorpresa de sus adherentes.

   Ganó Cantero las elecciones acompañado por Rubén Vázquez como vice primero y el historiador Claudio Keblaitis como vice segundo y de inmediato forzó rupturas insalvables con aquellos mismos compañeros de fórmula que lo posicionaron como un presidenciable.

   ¿Qué factores operaron para que Cantero, de la noche a la mañana, rompiera lanzas y relaciones con el espacio político que le permitió encumbrarse como titular de Independiente? Precisamente, el poder. Interpretó como interpretan tantos otros (como por ejemplo, Daniel Passarella en River, Germán Lerche en Colón y Gastón Cogorno y Rodolfo Molina en Racing, entre otros), que ese poder transitorio que había conquistado lo habilitaba a despreciar y descalificar cualquier opinión o lectura ajena a su pensamiento, siempre funcional a la propia victimización.

   Y se encerró en su propia burbuja. Se encerró tanto que no escuchó a nadie. Ni a los viejos amigos que tenía en "Independiente místico". Ni a los que les pedía minutos de aire para salir en los programas radiales partidarios que multiplicaron su voz. Vio Cantero enemigos agazapados por todas partes. Vio fantasmas que lo querían desestabilizar. Vio sombras que lo perseguían. Vio periodistas que, según su mirada, armaban operaciones para voltearlo y a los que marcó como las viudas de ese pésimo presidente que fue Julio Comparada. Vio, en definitiva, lo que quiso ver. Y se encerró aún más. Y más. Hasta el aislamiento total. Y aisló a Independiente, como si fuese un objeto de su propiedad.

   Soñó Cantero con ser la reserva moral del fútbol argentino sobreactuando su confrontación con la barra brava e intentando dejar en ridículo al resto de los dirigentes (incluso a Julio Humberto Grondona) y no tuvo ninguna estrategia ni construcción política para continuar avanzando. El resultado final es que terminó perdiendo por goleada en todos los frentes: en lo deportivo, lo económico (las deudas del club estallan por todos los flancos) e institucional.

   Devorado por el propio personaje del hombre angelizado que llegaba a los grandes escenarios para desarticular la corrupción real y simbólica del fútbol nacional, se quedó triste, solitario y desnudo en la madrugada, refugiado en un patrullero policial y buscando no ser divisado por los hinchas en los palcos del estadio. La película o la novela de tintes heroicos y épicos que se había imaginado apenas asumió, fue en realidad un pobre ensayo de un folletín degradado.  

    Cantero, sin dudas, expresa a esos personajes absolutamente providenciales, insensibles e incapaces que anhelan el protagonismo en áreas que lo exceden. Si tuvo buena o mala voluntad para administrar a Independiente, es una cuestión que únicamente él lo debe saber.

   Lo que no supo hacer desde el mismo momento en que abrazó la presidencia del Rojo, es gestionar y conducir con una mínima eficiencia. El show mediático y las luces del centro lo confundieron y lo arrojaron a las brasas. Y le quedó demasiado grande la función. Ni los que lo votaron confiando en su demagogia discursiva, hoy lo bancan. Defraudó a todos. Y quizás, hasta se defraudó él mismo.

   A esta altura no está nada mal recordar lo que dijo el Sumo Pontífice Francisco en la homilía del domingo 17 de noviembre pasado en el Vaticano: "No hay que dejarse engañar por santones y falsos salvadores. No vayan detrás de ellos". 

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