Parecía que se la comían los leones a la Selección. Arrancó contra Ecuador perdiendo antes de cumplirse el primer minuto, pero una actuación descomunal de Messi, autor de los tres goles que conquistó Argentina, le sirvió en bandeja de oro una victoria que la clasificó a Rusia 2018. El miedo inicial que se fue transformando en seguridad. El atributo de la contundencia reivindicada

Concluyó la agonía. Ese fue el título que eligió para El Gráfico ese extraordinario periodista que fue Osvaldo Ardizzone cuando comentó aquel 2-2 de Argentina-Perú del 31 de agosto de 1969, que nos dejó afuera del Mundial de México 70, conquistado por un Brasil maravilloso e inolvidable. Sostenía el Viejo Ardizzone en las páginas de la revista que “de estas cosas no habría que escribir nada”. Porque en definitiva ya se había escrito todo.

Pero igual tenía que escribir Ardizzone. Contar. Analizar. Criticar. Sacar conclusiones más o menos apuradas. En fin, lo que exige y demanda la profesión de periodista. En las buenas y en las malas. En los amaneceres y en los ocasos. Siempre.

Nos ataca la memoria aquel título crepuscular de Osvaldo de 1969: Concluyó la agonía. Argentina se había quedado sin Mundial. Sin México 70. Sin nada a la vista. Esa sensación de altísima incertidumbre volvió a visitar a la Selección 48 años después. Y por supuesto nos visitó a todos los que frecuentamos y amamos el fútbol.

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Podía repetirse la película del 69. Y la dolorosa agonía del 69. Porque la antesala del cruce ante Ecuador en los 2850 metros de altura de Quito, tuvo el típico perfume que acompaña a esos desarrollos. Y a esos desenlaces. Decir que no se asomaba el temor o “el cagazo”, como acostumbra a señalarlo el Loco Gatti despojado de elegancias dialécticas, es tirarla afuera de la cancha. Y más aún después del gol que antes del primer minuto anotó el ecuatoriano Ibarra con un zurdazo al segundo palo de Romero.

La realidad innegable es que el miedo amenazante siempre está ahí. Intentando filtrarse a cualquier evento de la vida sin que lo hayan invitado. Tenía que ganar Argentina. Como en el 69, cuando finalmente se despidió de la ilusión mundialista. Ganar para soñar con Rusia 2018. Ganar para respirar y tomarse una copa en la noche más urgente. Ganar para sobrevivir. Y para sentir que todavía podía brindar por algo valioso. Tan valioso como tener el pasaje a Rusia.

Y ganó hasta con cierta holgura. Con un Messi excepcional, desarrollando un fútbol de autor. El fútbol filoso como una daga que él está en condiciones de ofrecer. Sin transferir responsabilidades a la hora de convertir. Mostrándose para definir. Para resolver lo que hay que resolver cuando parecen agotarse las instancias. Hizo tres goles. Dos de ellos golazos, como el segundo (un bombazo infernal) y el tercero (un toque manso y preciso por arriba del arquero). Y le bajó la cortina a un partido que será muy recordado. Seguramente su mejor partido por los puntos en la Selección. Es cierto, también le hizo tres goles a Brasil en aquel amistoso del 2012 en New Jersey que finalizó 4-3 para Argentina. Pero este de Quito tenía otra influencia. Otra repercusión. Y otra consecuencia.

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Bajo el poder de fuego de Messi, la Selección en un contexto muy adverso, pudo mostrar credenciales de equipo ganador. No solo porque se trajo los tres puntos vitales desde Ecuador. Sino por la capacidad para imponerle al partido sus propios tiempos. Su propio ritmo. Con y sin la pelota. En campo de ellos y en campo nuestro.

Ese gol de Ecuador cuando todavía nadie se había acomodado en la cancha, no demolió al equipo, como cualquiera podría presumir. No lo descontroló. No lo acercó al suicido futbolístico, hasta habitual en estas circunstancias. Es verdad, Messi a los pocos minutos clavó el empate después de recibir un pase atrás de Di María. Este Messi colosal que jugó para los 10 puntos ya se había adueñado estratégicamente del encuentro. Pero lo importante es que además se sintió acompañado. No en su misma sintonía (Benedetto no terminó una bien), pero sí en los movimientos generales.

La plenitud se manifestó en la pelota dividida que ganó en la inminencia del segundo gol, cuando fue a buscarla con una decisión enorme para reventar la red del arquero Banguera. Allí se terminó todo. O casi todo. Allí concluyó ese episodio de la agonía anticipada por los medios y surgida de los microclimas. Y pensar que apenas iban 19 minutos de la primera etapa.

Lo que siguió hasta el cierre se pareció a un trámite alejado de los contratiempos, cuando precisamente la Selección durante las Eliminatorias fue muy sensible a todos los contratiempos. A todas las angustias. Y a todos los malos presagios.

En la urgencia extrema aparecieron las respuestas. Las mejores respuestas. Antes del partido, el vapuleado Jorge Sampaoli, había dicho: “Si estamos a la altura de Messi, el partido va a salir muy bien”. También antes del partido, el Flaco Menotti, comentó: “Tener a Messi en el equipo es tener a alguien que te puede salvar. No es lo ideal que funcione así, pero es así”.

Las dos lecturas, la de Sampaoli y la de Menotti, se reflejaron con claridad absoluta en el estadio Atahualpa de Quito. Messi la rompió en un partido crucial. Hizo todo lo que se le reclamaba que tenía que hacer. Y la Selección supo cuidar su obra con una determinación que no revelaba.

Es tiempo de tomarse una pausa y confirmar que nada pasó en vano. Y que vale la pena revisar todo. No olvidarse en el fragor de los festejos que Argentina estuvo muy cerca del naufragio. Y se salvó. Como no lo hizo aquella Selección del 69.

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