Dos días perfectos. Soñados. Por primera vez en su historia, Atlético Tucumán salía del país para jugar un torneo internacional. La Copa Libertadores. El sueño de todos los clubes del fútbol argentino. La gloria. 2500 tucumanos, conscientes de que remontar el empate que habían conseguido en Tucumán contra El Nacional era casi tan heroico como la defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas, dejaron todo y viajaron a Ecuador. El grueso se instaló en Quito. Otros, un puñadito, en Guayaquil.
Un viaje de egresados. Una despedida de solteros, de solteras. Un viaje que, hace diez años, ni el vidente más fanático del decano, el más positivo, podía vislumbrar. Otro país, coterráneos por las calles viejas de Quito, con la camiseta de la infancia, de la vida: un abrazo, un "¿qué hacemo' acá?", un mate, otro abrazo, un cantito. ¿Qué podía salir mal? ¿Puede un resultado negativo contaminar el recuerdo de dos, o tres, o cuatro días de fantasía en la vida de cualquier hincha?
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De Tucumán salió un chárter. Un avión habilitado para viajar hasta Guayaquil. Capacitado para hacer más de 3.200 kilómetros en el aire. Ahí viajaron 118 personas: el plantel, los dirigentes, el cuerpo técnico, los médicos, los utileros, y algunos hinchas que probablemente dejaron sus cuentas bancarias con chirolas con tal de vivir eso: de compartir un rato con los jugadores, con los ídolos, de cumplir el sueño, de hacer el viaje que iban a recordar en las sobremesas de todos los asados de sus vidas.
Quizás para los jugadores significaba menos. Algunos ya habían jugado la Copa. Cristian Luchetti la peleó con Banfield en 2005, Leandro Fernández defendió el título de Estudiantes en 2010. Fernando Zampedri, en cambio, boyó durante toda su carrera por el Ascenso: hizo goles en la B Nacional, y todavía no sabía que iba a hacer, también, el gol más importante en la historia del club. La delegación llegó el domingo a la noche a Guayaquil, al llano. Se alojaron en el hotel Hilton, y lo compartieron con el plantel del New York City: con Andrea Pirlo, con David Villa, con Patrick Vieira. El Pulga Rodríguez, el ídolo tucumano más grande para la mitad de la provincia, cruzándose en algún pasillo con un tipo campeón del mundo, es una escena digna de Emir Kusturica. Mientras tanto, en Quito, la ciudad del partido, 2000 hinchas hacían un banderazo en el centro de la ciudad. ¿Acaso algo podía salir mal?
El martes al mediodía, el plantel almorzó en el hotel. Había tiempo. Antes de la comida, Pablo Lavallén, técnico de Atlético Tucumán, dio la charla técnica: les habló de hacer un partido correcto, ordenado, de no pinchar los pulmones haciendo esfuerzos innecesarios. Armó un plan. La logística también tenía su plan. Debían subirse al avión a las 15:30 para llegar al estadio a las 18:30, cambiarse, entrar en calor, volver al vestuario, salir a la cancha, encontrarse con los hinchas -que los esperaban en una tribuna explotada de gente-, saludarlos, dar vuelta la historia. Nada extraño. Llegar sobre la hora para paliar los efectos de la altura, tomarse alguna pastilla para tener más precauciones. Lo habitual.
A las 15:00 embarcaron. Se sentaron en el chárter: 118 personas, como en un deja vú, arriba del mismo avión que los había traído desde Tucumán y ahora iba hasta Quito. Apareció, entonces, un problema con un papel. Un papel que faltaba, que no estaba. Una demora. "Nos dijeron que esperáramos diez minutos", contó Lavallén cuando la epopeya ya había sido consumada, cuando las escenas se hilaban como en un guión perfecto. Los diez minutos se hicieron cuarenta, los cuarenta se hicieron una hora, y el calor tropical pesaba como una pila de toallas mojadas. En Guayaquil, el martes, hicieron 31 grados. Arriba de un avión, sin aire acondicionado, con 118 personas, el calor se potencia. Una hora y media y los directivos se preocuparon. Una pesadilla. Algo podía salir mal. El papel apareció. El avión empezó a carretear. Nada podía salir mal. Pero otro problema. Otro papel que faltaba. Algo que podía salir mal. "Esto está cochino", cuenta el periodista Guillermo Monti de la Gaceta del Tucumán en su genial crónica que decía Cristian Leitao, el piloto del vuelo. Un avión que hizo 3200 kilómetros en el aire no podía hacer un viaje de cabotaje, de 40 minutos.
Los jugadores se bajaron del avión. Se acomodaron a un costado de la pista, con el resto de los hinchas. Tomaron mate, comieron galletitas: a cuatro horas del partido más importante de la historia del club, los jugadores estaban comiendo galletitas y tomando mate. ¿Qué clase de cuerpo está preparado para tomar mate y comer galletitas a una tarde de una competencia de alto rendimiento? ¿Qué futbolista puede mantenerse más de cuatro horas sentado, con las piernas flexionadas, para después enfrentar a un equipo en la altura y ganarle con autoridad militar? Aparecieron las primeras preguntas oscuras: "¿Y si no llegamos y nos dan por perdido el partido?".
Mario Leito, presidente de Atlético Tucumán, consiguió pasajes en un avión de línea. Había 30 espacios. Los compró todos. Algunos dirigentes se quedaron. El plantel viajó, la ropa no, los botines no, los hinchas que habían sacado el chárter no: ellos, seis horas más tarde, festejarían la victoria en un bar de Guayaquil. El avión aterrizó en Quito y los futbolistas bajaron con la velocidad de Speddy González, se subieron a un micro, donde los esperaba Luis Juez, el embajador argentino en Ecuador, y viajaron —según contó el diplomático cordobés— "como Rápido y Furioso 7": 150 kilómetros por hora para hacer en quince minutos lo que habitualmente se demora cuarenta.
El resto es conocido: los jugadores llegaron al estadio Atahualpa una hora después del horario estipulado para el arranque del juego y tres minutos antes de que Conmebol le diera por perdida la serie, con las camisetas y los botines prestados por la Selección sub-20, que está jugando el Sudamericano de la categoría en Quito; hicieron siete minutos de entrada en calor, volvieron al vestuario, no tomaron ninguna pastilla para combatir la altura, le pidieron alguna última indicación a Lavallén, Lavallén les dijo que ya estaba, que no había nada para hacer, salieron a la cancha, fueron hombres, jugaron y ganaron.
Y son historia.
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