Son distintos los enfoques futbolísticos de Almirón y Pellegrino. Más ofensivo y ambicioso Almirón. Más conservador y tacticista Pellegrino. Pero en Independiente los igualó un perfil desangelado: el plantel se los terminó comiendo. Y no pudieron convencer a los jugadores. Los venció a ellos también la duda instalada como un escenario insuperable que le va cerrando las puertas al equipo.
Pellerano puso en foco con claridad absoluta las incertezas del equipo que son visibles partido tras partido. Que también abarcan a Pellegrino, como conductor o líder intelectual de un plantel. Porque, precisamente, no transmite una gran determinación Pellegrino. No la tiene ni la encuentra.
Prevalece en él la búsqueda constante del equilibrio táctico. De las formas y no tanto de los contenidos. Del orden. Del sistema. Del método, que significa no patear nunca el tablero. Y el fútbol no se nutre solo de las formas, de los sistemas y del método. Los trasciende. El fútbol de todos los tiempos siempre demandó, en muchísimos casos, decisiones radicales y taxativas. Que no contempla tener vocación por el suicidio para terminar liquidado de contraataque. Ni inmolarse en nombre de proyectos audaces y transgresores, amontonando delanteros como lo hizo Independiente en el último cuarto de hora ante Racing, cuando sumó a Leandro Fernández, Vera, Denis y Benítez, más Aquino como un enganche que engancha muy poco, descuartizando y regalando la zona de volantes.
Esa sobreactuación ofensiva que propuso Pellegrino en la recta final del partido en realidad denunció su propia inseguridad. Es la incerteza, no deseada, del entrenador. Es no saber qué hacer en un momento crucial. Es improvisar desde la aventura despojada de un plan. Es un manotazo de ahogado que no hundió a Independiente de casualidad y que le permitió a Racing quedar de cara a una victoria que minutos antes no parecía poder conquistar.
La debilidad existencial de Independiente está condicionando severamente sus rendimientos. Los limita. Los perturba. Lo entrega a no jugársela. A ir por menos de lo que tendría que ir. Y agrandar adversarios que no son superiores. Pero les da chances. Les da aire. Los deja recuperarse. Y los padece, hasta convertir al arquero uruguayo Martín Campaña en figura.
Es, sin dudas, anímico el problema central de Independiente. Porque son anímicas sus deudas. Es un problema de autoestima. Pellegrino no supo y no pudo junto a sus colaboradores llenar ese vacío. Porque no es el técnico indicado para hacerlo. Por efectos de su personalidad no contagia la polenta imprescindible para colonizar a un plantel vulnerable en el plano de la emotividad. No tiene ese don. Que lo tenía, por ejemplo, el Pato Pastoriza, aún con menos explicaciones, menos laboratorio y menos teoría.
Ese rol fundamental para cualquier grupo con pretensiones de lograr algo importante, hoy en Independiente no lo encarna nadie. Y se nota demasiado. Porque es una deuda que influye decididamente en el juego aunque va mucho más allá del juego. Se ve en la cancha. Y se ve más aún cuando queda en primerísimo plano la necesidad imperiosa de ganar, mientras el equipo se ahoga una y otra vez en la orilla.
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