Marcelo Gallardo vivió el Superclásico con una intensidad terrible, con estados de ánimos que fueron cambiando y con búsquedas tácticas que no lograron curar la herida aun latente del partido ante Lanús. Era el partido para aliviar el dolor, había dicho el DT. Pero no hubo calmantes para este momento de River. Nadie sabe que pasará en el futuro de Gallardo y el aroma a posible último Superclásico sobrevoló la tarde que se hizo noche con otra tristeza. La salida con la ovación para el Muñeco de fondo en medio de algunas protestas contra Pitana fue la escena final del domingo. Sólo el tiempo dirá qué peso tuvo en la decisión que tome el "Muñeco" a fin de año.
La primera muestra de que el Superclásico presentaba a Gallardo como protagonista, la primera señal de eso, llegó de parte de los hinchas. Mientras el Monumental se iba vistiendo de rojo y blanco y preparaba el recibimiento para los suyos, anunciaron a los jugadores y como nunca el final de la lista tuvo al DT. La ovación estremeció y quizá haya sido la más sentida en todos estos años. El “Muñeeeeecoooo” se estiró casi interminable como si el golpe ante Lanús y las declaraciones de “no bajar la guardia” hubieran sacudido el ambiente, y como si los hinchas estuviesen rezando a los gritos para Gallardo no se vaya cuando se termine el contrato a fin de año.
El partido empezó y el técnico ni se sentó en el banco. Con el pitazo inicial se paró delante de los carteles y al minuto ya estaba dando indicaciones. Con la mano haciendo visera para evitar el sol que le daba de frente y con la corbata que se aflojó enseguida, la misma intensidad que salió a mostrar el equipo la tuvo Gallardo para las primeras señas. Así a los 10 minutos tiró el saco oscuro y se subió las mangas cuando Nacho Fernández buscó a Scocco en lugar de darle al arco estando sin marca.
Al cuarto de hora entró en fastidio y se metió en el banco para hablar con su ayudante Matías Biscay, y así preparar las indicaciones para el entretiempo. Porque sus dirigidos estaban abusando del pelotazo y porque no había paciencia en la rotación. Tan metido estaba en lo que hacía mal el Millo y en los detalles, que luego de una jugada que perdió Scocco se puso a conversar con el cuarto árbitro Delfino por la falta previa que no le cobraron al goleador. Así se perdió de enojarse con Pity Martínez, que convirtió una jugada de peligro en un disparo desviado. Al que aplaudió a rabiar cuando cerca de la media hora lo vio bajar la bola con el pecho y tirar un caño en el área para causar la jugada de mayor peligro del equipo en el primer tiempo. Eran los mejores momentos de River, adentro del campo y afuera con la gente. Fueron los minutos donde el DT se calmó, como si las respuestas hubieran aplacado su ansiedad.
Le duró poco. Sobre los 40 minutos expulsaron a Nacho Fernández y no perdió tiempo en lamentos, se fue derecho al banco a hablar con Biscay de nuevo. Estaban con 10 y los detalles iban a ser más importantes que las protestas. El gol de Cardona lo agarró pensando y maldijo en silencio. Miró el reloj y al banco. Sólo quería el descanso para volver a empezar.
Para la segunda parte no espero ver qué pasaba y eligió a Nicolás de la Cruz para intentar convertir el dolor en una tarde épica. Le volvieron entonces los movimientos inquietos, los sacudones de las manos y las pataditas al aire, más un resoplo de bronca con la pelota de Nacho Scocco mano a mano con Rossi que no pudo entender cómo no acabó en la red, y cómo no entró un disparo de De la Cruz con el que se agarró la cabeza. No había resignación y el Muñeco pedía calma y paciencia, conversaba con Biscay y vio la llave del partido para darlo vuelta cuando Pitana echó a Cardona. Ordenó un cambio fuerte: Maidana afuera para meter a Carlos Auzqui. Y dio decenas de indicaciones para reacomodar el sistema.
Se veía venir el empate y el Muñeco lo sabía. Lo que no imaginó fue que Leonardo Ponzio, el mismo jugador barbudo que encontró arrumbado en el rincón cuando llegó al club, haría explotar la red con un golazo que gritó abrazado a Biscay. Luego puso las manos como garras apuntando al piso y buscó a su mejor jugador, a su líder, en busca de una complicidad que el propio volante central entendió apuntándole con los dedos en el los festejos. Pero no duró mucho el festejo que suponía la levantada. El gol de Nández lo volvió dos pasos atrás.
De ahí al final le fue buscando la vuelta para ver si había algo que le dé una mano y lo mandó al campo al colombiano Rafael Borré. Todos sus gestos hasta el final fueron de apoyo, de aplausos y de arenga a sus jugadores que estaban peleando contra una derrota que siguió hiriendo el alma de un equipo que no logró hacer olvidar la noche negra del martes pasado ante Lanús.
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