Dice Jorge Sampaoli que su obsesión por adquirir conocimientos para ejercer como entrenador de fútbol lo terminó llevando a ser una persona antisocial. En el fútbol suele señalarse como un elogio que una persona sea obsesiva, cuando en realidad un obsesivo compulsivo padece una patología de larga y compleja resolución.
Dice Sampaoli a sus 57 años que ser el técnico de la Selección nacional es una conquista que siempre idealizó. Que soñó con estar algún día ahí, como en definitiva está ahora. Lo que no dice Sampaoli porque no es políticamente correcto es que ya antes de dirigir su primera práctica con los jugadores convocados tendrá que lidiar con el ejército de resentidos que lo miran con desprecio y envidia. Ese desprecio y envidia explícita también se nutre de la fila de no pocos entrenadores que parecen no perdonarle al Zurdo de Casilda que su carrera la haya diseñado en el exterior.
Le tiran sin miramientos a Sampaoli aquellos que lo enfocan como una especie de outsider providencial que llegó a la Selección sin brindar pruebas suficientes de sus capacidades. Este nivel de hipocresía flagrante esconde en realidad las miserias personales de cada uno. Y delatan la ignorancia y la mediocridad que los alumbra.
Sampaoli no inventó la pelota. Pero no es un paracaidista. No llegó ayer al fútbol, aunque su protagonismo sea bastante reciente. Es cierto, jugando al fútbol no lo conoce nadie. Igual que a Marcelo Bielsa. Casi no tienen pasado como jugadores. Pero esto que no es un episodio sin relieve no significa que desconozca el paisaje del fútbol. Hay infinidad de jugadores y de técnicos que tuvieron largas y estupendas trayectorias en distintos clubes y no denunciaron tener solvencia intelectual para conducir a un equipo.
¿Qué es Sampaoli, entonces? Un técnico con inquietudes. No es uno más. Su manera de distinguirse no pasa por sus lecturas tácticas. O por los sistemas que prepara. O por sus métodos de entrenamiento. O por todo lo que oculta y deja ver. Estos escenarios no son fundamentales, aunque quizás así lo parezcan para los que se deslumbran y emocionan con el show tecnológico.
Lo más influyente es otra cosa: es lo que Sampaoli transmite. Porque siempre lo esencial es lo que una persona transmite. Después están las formas, las consignas, las estrategias y los colores con que pueden pintarse las palabras. Pero lo que cada uno transmite es lo que queda. Lo que perdura. Lo que deja una huella. Lo que contagia. Y lo que atrapa complicidades y consensos.
Es la potencia del mensaje. Allí radica la mayor fortaleza de Sampaoli. Como allí también radica la mayor fortaleza del Cholo Simeone en otra sintonía futbolística. Pero más allá de las diferencias en las ideas para interpretar el fútbol, lo que se rescata es la capacidad para generar un feedbak con los jugadores. Para integrarlos a una especie de comunión que no permite filtraciones. Para convencerlos, sobre todo.
Porque si en lo que se emprende no hay convicción no hay nada. O hay algo en particular que son deudas. De tibieza, de ausencia de compromiso. Sampaoli sabe generar todo lo contrario a la tibieza y a la ausencia de compromiso. Lo hizo en todos lados donde dirigió. Tendrá que hacerlo a partir de ahora nada menos que en el ámbito de la Selección.
Si la responsabilidad le queda grande o si estará a la altura de las circunstancias que deberá atravesar, se irá viendo sobre la marcha. Lo concreto es que el Pelado que supo construirse mirando todo a su alrededor (su primer alter ego fue Marcelo Bielsa, pero después fue ampliando su perspectiva) no parece una copia de nadie. Seguramente a partir de no consagrarse como una copia de alguien en especial, se lo puede definir como un ecléctico del fútbol. Tomó de distintas escuelas lo que él consideró que podría enriquecerlo. Aunque su escuela más visitada se enfoca en la naturaleza del fútbol ofensivo.
Hablar de sistemas, de posiciones, de listas, de dibujos, de carrileros (palabra horrible incorporada hace un par de décadas al lenguaje del fútbol), de línea de tres y de otras consideraciones que entran en esos mismos recorridos de índole táctica, no van a ayudar a comprender a Sampaoli. Nadie se conoce a partir de algunas consignas frías y asépticas.
Quizás la mejor manera para empezar a entender a Sampaoli es mirarlo en su totalidad. No recortarlo. No fragmentarlo solo como un hombre básico del fútbol. Porque a pesar de que el fútbol es su pasión central, sus otras pasiones (vinculadas al mundo de las palabras y de la música) fueron el combustible que también lo alimentaron.
Arrancamos sosteniendo que Sampaoli se reconoce como un obsesivo con rasgos antisociales. Que para saber más se recluye más. Sin embargo parece lo contrario. Para saber más abrió otras puertas y ventanas. Por eso precisamente creció. En cambio aquel que se encierra termina sometiendo hasta la libertad que expresan los gorriones.
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