El sábado en Avellaneda, ese hombre de 59 años resignificado en leyenda visitó las memorias de aquellos que lo vieron jugar y de aquellos que lo idealizaron, encontrando un refugio para la inspiración cuando caminando juntos y abrazado con Bochini homenajearon, sin decirlo, a la naturaleza misma del fútbol.

“A Maradona lo veo muy frágil como ser humano. Además, habla demasiado y los periodistas están como buitres alrededor de él. Me da lástima por eso, porque lo veo como indefenso. A veces tiene un grado de inocencia que a esta altura del siglo es anacrónica Si se callara todo andaría un poco mejor”.

En 1996, el fallecido escritor, poeta y dramaturgo uruguayo Mario Benedetti en una entrevista que concedió a la revista El Gráfico, le ponía letra y contenido a la dimensión existencial de Diego Maradona y deslizaba que aunque siempre estuviera rodeado por multitudes de seres anónimos y de celebridades, parecía demasiado vulnerable. Por allí caminaba la aguda subjetividad de Benedetti, más allá de su recomendación explícita de hablar menos.

A la sugerencia de Benedetti le faltó un componente fundamental: Maradona no sería Maradona refugiándose en los silencios. Nunca fueron su compañía. Nunca se cobijó en los altares del silencio. El pasado sábado en la cancha de Independiente recibió los estruendos emotivos que genera su presencia. Y encontró lo que no suele encontrar en todas las plataformas o latitudes del fútbol: una conexión muy potente e intransferible con Ricardo Bochini.

Una conexión que atravesó los tiempos líquidos. Que visitó las memorias. Las de Diego. Las del Bocha. Y las de todos los trasnochados más viejos o más jóvenes que los imaginaron defendiendo, en yunta, la camiseta de un club. Ese realismo mágico que también es relato e inspiración, se manifestó con absoluta naturalidad en la noche inolvidable de Avellaneda.

Es cierto lo que dijo hace 24 años Benedetti en las páginas siempre evocadas de El Gráfico. Desde hace décadas, Diego no para de hablar. Ahora con más dificultades que antes, pero nunca deja de opinar fuerte. De elogiar y de criticar sin tibiezas ni ambigüedades. A todo o nada. Y sin red.

En este juego que no es un juego aunque quizás lo parezca, el hombre de 59 años resignificado en mito y leyenda y que nos remite a viajes del pasado y del presente, suele ganar y perder en proporciones equivalentes. Esta incontinencia verbal que lo acompaña en la adversidad o en la bonanza, es un registro de su identidad pero también es un sello que lo muestra en carne viva. Con sus fortalezas y con sus debilidades a flor de piel.

Ya no puede hacer lo que hacía antes. Ya no tiene el poder simbólico y auténtico que tenía antes. El gran artista del fútbol sabe como lo sabe cualquiera, que los tiempos de las plenitudes inalcanzables finalizaron. Como le pasó también a Muhammad Alí. A Marlon Brando. A Federico Fellini. A Pelé. O a su admirado Bochini.

No es cuestión de cultivar silencios obedientes mientras los sucesos se arremolinan en cada esquina. Pero quizás Benedetti interpretó que tampoco es cuestión de hablar y construir contradicciones todos los días interpelando las realidades. Maradona, sin dudas, fue un monstruo jugando al fútbol, sacándose chispas con aquel otro monstruo que fue Pelé. Esto es innegable. Nunca fue un genio elaborando pensamientos e ideas, más allá de algunas frases muy festejadas. Y esto también es innegable. La rompió en las canchas del mundo. No la descosió en otros escenarios, aunque abundaran las grandes celebraciones.

“Si el presidente de Gimnasia (Gabriel Pellegrino) se le ocurre echarme, yo lo echo a él. Así de clarito”, comentó hace unos días. Palabras innecesarias. Frases imprudentes. Altísima exposición que lo empujaron a quedar fuera de foco. Y por supuesto demasiada ligereza al momento de declarar. En nombre de la sinceridad brutal no se festejan todos los impulsos y arrebatos. Hay filtros. Hay sentido de las oportunidades. Hay microclimas y contextos. Y hay algunas prudencias que no necesariamente habría que clasificar como claudicaciones o agachadas.

Maradona, está claro, siempre acelera. Y no pocas veces, se estrella, porque sus brillos extraordinarios como jugador no los proyectó como técnico. Es más: como técnico tiene muchas más sombras que luces. No se le adivinan perfiles virtuosos. No los incorporó.

“Diego tiene una pasión verdadera y notable por el fútbol, pero creo que le falta vocación para ser entrenador. Siempre tiene demasiados ruidos a su alrededor”, nos comentó alguna vez en una charla distendida esa bandera del fútbol mundial que es el Flaco Menotti.

Pero Maradona conserva el magnetismo que nadie tiene. El magnetismo que no se compra ni se vende. Es, en definitiva, el aura de aquellos elegidos que siempre dejan huella. Aun cuando hagan un gol con la mano.

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