Javier Pinola se fue de Central y pasó a River. Este episodio no encerraría ninguna relevancia salvo por la tormenta que generó en Rosario. El accionar amedrentador de los barras. La desilusión y el resentimiento que expresaron los hinchas ante la decisión de un jugador admirado. "Soy un profesional que defiende sus interesas", dijo Pinola. El contexto que los jugadores subestiman. La venta de humo.

A los barras, mano de obra más liviana o más pesada de la violencia y el delito organizado, solo los pueden defender los barras. Y los cómplices intelectuales de los barras, enquistados en todos los clubes del fútbol argentino y en casi todos los espacios de poder.

Barras de Rosario Central y gente que no se identifica con las conductas de los barras pero replican en las redes agresiones verbales y odios sin freno, amenazaron a Javier Pinola y a sus hijos por su fulminante partida a River. De hecho, Pinola y su familia tuvieron poco menos que huir de Rosario para protegerse de una ola imparable de rechazos y agravios desatados en las redes sociales que podían terminar mal.

Barras de Rosario Central y gente que no se identifica con las conductas de los barras pero replican en las redes agresiones verbales y odios sin freno, amenazaron a Javier Pinola y a sus hijos por su fulminante partida a River.

¿Qué había hecho Pinola? Negoció con River estando en Central. El defensor de 34 años, de buenas producciones en las dos últimas temporadas, se había convertido en una figura admirada y muy reconocida por los hinchas canallas. Esa admiración y reconocimiento también se expresó en una gigantografía suya (hoy ya retirada) en una de las puertas de entrada del estadio.

Lo querían a Pinola. Y ahora no lo pueden ver ni en figuritas. Saliendo del foco de los barras y de los hinchas que no lo son pero se sienten en muchas oportunidades capturados simbólicamente por los procederes mafiosos de los barras, habría que decir que los jugadores suelen juguetear con picardia o cierto cinismo con los sentimientos del público vendiendo amores e incondicionalidades que en realidad no son tales.

No son pocos los episodios en que los jugadores se besan en alguna circunstancia la camiseta que visten por un gol conquistado, por un triunfo valioso que consiguieron o por una devolución de gentilezas. Estos flashes de romanticismo sobreactuado no se olvidan. Permanecen ahí, en los pliegues de la memoria. Y permanecen para siempre.

Por eso, cuando ese jugador decide irse de la noche a la mañana para ponerse otra camiseta invocando que es “un profesional” que “defiende sus interesas”, como afirmó Pinola ya oficializado como jugador de River y dejando atrás su pasado en Central, quizás también debería apelar a la sinceridad brutal cuando es ovacionado o idolatrado por los hinchas y plantear lo mismo que planteó ahora. Decir que es “un profesional que defiende sus intereses” y que si mañana aparece una buena oferta, se iría.

Sería algo así como avisar que lo único que lo une a ese club es su vínculo profesional. Y nada más. Y que no hay otras cosas inmateriales en el medio. Ni sentimientos ni identificación ni mucho menos pasión por la camiseta que le toca defender en la cancha. Pero esto, naturalmente, no se dice.

En general, ¿qué dicen los jugadores? Todo lo contrario. Que hay sentimientos, que hay identificación y pasión por la camiseta. Se vende humo, en definitiva. Se juega a seducir a los hinchas. A formar parte de los que, salvo excepciones, no forman parte. Porque los jugadores, como comentó Pinola, son “profesionales que defienden sus intereses”, que en el noventa y nueve por ciento de los casos se concentra en el plano económico.

En general, ¿qué dicen los jugadores? Todo lo contrario. Que hay sentimientos, que hay identificación y pasión por la camiseta. Se vende humo, en definitiva. Se juega a seducir a los hinchas.

Ilusionar a los hinchas siempre fue una tarea sencilla. Los jugadores lo saben. Lo que no tendrían que hacer es pasarse de rosca. Ni ventilar amores y complicidades que no sienten. Como sentencian ellos con oportunismo: “son profesionales”. Y los profesionales hoy están acá y mañana en otro lado. Son aves de paso.

Por supuesto que nadie les pide que solo jueguen por la camiseta. Nadie les pide amateurismo o algo parecido. Pero tampoco que hagan demagogia con los hinchas. Que no mientan. Porque un día se van. Y hablarán maravillas del nuevo club al que llegan. Y así en todos los destinos.

Los hinchas no son “profesionales”. Son hinchas desde el primer día hasta el último. Enamorarlos golpeándose el pecho puede ser fácil. Pero la mentira casi siempre se revela. En el fútbol o fuera de las fronteras del fútbol.

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