Lo que menos despierta Marcelo Bielsa en el ambiente es indiferencia. Ahora dirigiendo al Lille de Francia, su presencia le suma al fútbol una mirada despojada de ambigüedades. Esa pasión aluvional para interpretar los misterios del juego nunca resueltos, tienen en Bielsa a un protagonista que convoca a todas las polémicas. La necesidad de preguntar. Y aquella reflexión de José Yudica que puede ayudar a entenderlo

Marcelo Bielsa podrá ser muy admirado o muy rechazado por el ambiente del fútbol de aquí o de Europa. Pero de lo que no quedan dudas es que su figura alejada por completo del show bizarro no despierta indiferencias. Menos aún cuando desarrolla su profesión de entrenador.

El foco que se posa sobre Bielsa no le sube el precio ni lo debilita. Es el foco mediático que busca la vieja o nueva excentricidad del técnico argentino. O su hermetismo declarado. O su búsqueda constante de la perfección que nunca va a lograr, porque el fútbol también concentra su génesis y su atractivo en la suma inexacta e irrepetible de todas las imperfecciones.

Más allá de los elogios o las críticas que pueda recibir Bielsa dirigiendo al Lille de Francia (ciudad casi fronteriza con Bélgica), lo más positivo es lo que genera. Porque lo que genera es la gran curiosidad futbolística. Curiosidad de los que frecuentan el fútbol y de los que se sienten lejos del fútbol. Bielsa atrae miradas.

Convoca a la polémica. Hace participar a los que él ni querría que participen. Los acerca, en definitiva, a los misterios ocultos o invisibles del juego. Aunque no entiendan nada del juego.

Como un outsider incorregible del fútbol pregona su fe religiosa en el trabajo full time. Un outsider que se programa día tras día para intentar saber un poco más. Pero no siempre viendo más se sabe más. No es acumulativo el saber. Depende del talento, del conocimiento espontáneo o adquirido, de la sensibilidad para interpretar y percibir cuándo y dónde. Lo que sí queda instalado sobre las superficies del placer futbolístico es que Bielsa se construyó mirando y preguntando.

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Hace unos años, José Yudica, nos comentó sus experiencias con Bielsa mientras ejercía como entrenador de aquel Newell’s formidable en los finales de los 80 que salió campeón en la temporada 87-88: “En un momento yo no sabía si Bielsa era realmente un boludo o se hacía el boludo. Siempre fue una máquina de preguntar. Todo el día se la pasaba preguntándome cosas que por otra parte él ya sabía. Pero las quería confirmar o revisar. No lo sé. Una vez yo estaba dando una charla técnica al plantel y lo encontré a Bielsa escondido detrás de un armario escuchando lo que yo les decía a los jugadores.

Tenía la necesidad de estar en todos lados. Y la necesidad de crecer. Siempre le reconocí una pasión impresionante. Y una gran honestidad".

Esa pasión aluvional que Yudica ubicó en primer plano terminó siendo el gran combustible de Bielsa para apropiarse de conceptos ajenos y de pareceres propios. Así se convirtió en un ecléctico. Tomó de distintas escuelas del fútbol lo que consideró más valioso y más influyente para crear su perfil: pinceladas de Menotti, Bilardo, Griguol, Yudica, Griffa, Rinus Michels, Van Gaal y otros que se fueron sumando mientras, sin pausas, recorría el paisaje. Y en ese tránsito preguntaba sin parar, como sostenía Yudica.

En los primeros días de mayo del corriente año, en un seminario en Brasil del que también participó Tité ( técnico del scratch), Bielsa explicó que no eran tan amplio y flexible como hubiera querido ser. Y que esa ausencia de amplitud, adaptación y flexibilidad para leer las circunstancias hasta podría considerarse una deuda. Reconocerlo ya define una virtud.

El hombre de 62 años, siempre tan lejos de las luces como de la superficialidad, cree en un fútbol casi científico. Pero a la vez siempre reivindica la dimensión humana del juego.

En ese mix de proporciones no reveladas, Bielsa claramente saca ventajas. Porque es un teórico inteligente. Un teórico con capacidad para mirar y editar el contexto del fútbol.

Por eso su regreso a la competencia siempre es bienvenido. Porque instala y alienta la discusión. Porque no propone quedarse quieto. Y porque aunque el show se lo quiera comer, Bielsa no le tira centros a nadie. Lo que por supuesto no lo convierte en un fenómeno, pero lo mantiene al margen de la alta contaminación ambiental. Y de los contaminados que no son pocos.

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