Dejó atrás la España deprimida por la Guerra Civil y en el Oeste bonaerense, explotó su formación laboral y artística entablando un vínculo especial con un material noble que le permite sentir y expresarse.
Por Sergio Tomaro.- Con profunda humildad, Delfín Comesaña busca compartir la autoría de las centenares de obras en madera que ha realizado en sus 83 años, con la inestimable colaboración de los pedazos de árbol caídos que modela. “La obra esté dentro de esos troncos, yo simplemente saco lo que les sobra” confiesa el hombre que la da expresión artística a piezas de nogal, algarrobo, quebracho colorado y palo santo, entre otras tantas posibilidades que muchas veces le son enviadas por amigos y vecinos quienes reconocen en un árbol vencido, un material noble de suma utilidad para el “gallego”, tal como se lo conoce en Lincoln, donde vive desde 1953. No solo su acento castizo le da chapa para ese apelativo sino su condición de haber nacido en Beade, un pueblo situado a 7 kilómetros de su Vigo natal, en Galicia, donde se formó como escultor, orfebre y ebanista, las tres actividades que despliega con pasión y sentimiento que manifiesta, incluso, en el contacto físico que entabla con la madera ya sea para hacer arte, un mueble o hasta una tranquera para el campo. Comesaña estuvo recientemente en Buenos Aires donde presentó su obras y el libro “De España a la Argentina, de Vigo a Lincoln”, que una devota colaboradora suya, la doctora Silvia Matus, escribió para sintetizar la vida del escultor que se define orgulloso como un “anatomista” de la madera. “Lo digo con fundamento porque mi técnica consiste en respetar las proporciones de la figura humana. Sólo con aplicar la técnica de las ocho cabezas, es decir las veces que cabe una cabeza en un cuerpo, se logra ese objetivo. Claro está - señaló a HISTORIAS DE VIDA con el gracejo español a cuestas- respetando ese criterio también se puede hacer un disparate pésimamente hecho, pero que va a estar proporcionado, eso seguro”. Por estos días, el escultor que también se especializa en miniaturas en piedra y marfil, proyecta la que será su próxima gran obra: un Carlos Gardel de madera y a tamaño natural que tendrá mayor envergadura de otra de sus realizaciones, Abraham Lincoln obrero, pieza que fue oportunamente donada a la embajada de Estados Unidos por la intendencia de la ciudad donde Comesaña reside desde hace 58 años.
De acá y de allá Aunque también incursiona en otros materiales, lo suyo es la madera. “La madera me inspira calidez y está mucho más ligada a mis orígenes. Tanto apego a ella me hace suponer que hasta el biberón con que me alimentaban de niño, debió ser de madera”, en un viaje retrospectivo que lo lleva a recordar la España después de la Guerra Civil en la que “si bien parecía que no vivía bien, no pasé hambre. Pero es cierto también que muchos de mis vecinos venían a la casa de mis padres, que eran campesinos, a poder comer”. La realidad era dura por entonces y tras “mucho mirar sin ver ninguna luz”, decidió aceptar la invitación de un tío y apuntar hacia el puerto de Buenos Aires donde llegó el 27 de enero de 53, para cuatro días después enfilar hacia Lincoln, donde desarrolló su vida familiar, artística y profesional. Frente al hecho creativo, Comesaña asegura que “soy un artista de acá y de allá y eso se expresa en la obra” que lo lleva a establecer un vínculo especial con la pieza de madera encaminada a convertirse en arte por el cual el gaucho y el indio conviven perfectamente con el labrador gallego y el pastor castellano. “No uso lija -puntualizó- tampoco modelos vivos y ni utilizo bocetos” confesó para certificar que lo suyo pasa por abrazar aquello que fue árbol para permitir que exteriorice, insiste, el arte escondido en las entrañas del tronco.
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