Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

Hay una frase que escuchamos desde siempre y que pocas veces nos detenemos a revisar: “Lo hago por amor”. La repetimos como una verdad incuestionable, como una coartada emocional que justifica casi cualquier acto. Controlar, proteger en exceso, decidir por el otro, anticiparnos a su dolor, evitarle errores, ahorrarle caídas. Todo, supuestamente, por amor. Cuando éramos chicos, nuestros papás nos decían todo el tiempo, “lo hago, o lo hice, porque te amo. Ya me lo vas a agradecer”.

Pero... ¿y si no siempre es amor lo que creemos que es amor? ¿Y si muchas veces lo que llamamos amor es, en realidad, miedo?

El miedo no es malo en sí mismo. Es humano, primitivo, necesario para la supervivencia. El problema aparece cuando el miedo se disfraza de amor y se vuelve la base de nuestros vínculos más importantes, especialmente el vínculo entre padres e hijos.

Porque cuando el miedo guía, el amor se achica. Y cuando el amor es verdadero, el miedo pierde poder.

Amar no es evitar el dolor

Uno de los grandes malentendidos culturales sobre el amor es la idea de que amar es evitar que el otro sufra. Desde pequeños aprendemos que cuidar es prevenir, que proteger es anticiparse, que amar es estar siempre atentos a que nada malo ocurra.

En la maternidad y la paternidad esto se vuelve casi un mandato sagrado: “Que no le pase nada”. Que no se equivoque. Que no se frustre. Que no se caiga. Que no sufra.

Pero la vida no funciona así. Y el alma, tampoco. El crecimiento, la maduración, la construcción de identidad y fortaleza interior necesitan experiencia, y toda experiencia real incluye error, caída, frustración y aprendizaje. Cuando intentamos evitarle eso a nuestros hijos, no los estamos amando más: los estamos preparando menos. No porque seamos malos padres, sino porque estamos asustados. Asustados de perderlos. Asustados de no poder sostener su dolor. Asustados de que algo salga mal y no sepamos qué hacer. Ese miedo es comprensible, pero no es amor.

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"Cuando el amor es verdadero, el miedo pierde poder", asegura la autora.

El miedo siempre habla de pérdida

El miedo tiene una raíz clara: la posibilidad de perder algo que consideramos valioso. Perder un hijo, perder su bienestar, perder su felicidad, perder el control de lo que creemos que debería ser su vida.

Cuando actuamos desde el miedo, lo que intentamos preservar no es sólo al otro, sino también nuestra sensación de seguridad. Controlar al otro nos calma. Decidir por el otro nos tranquiliza. Evitarle riesgos al otro nos hace sentir necesarios. Pero el verdadero amor no busca calmarse a sí mismo. Busca el bien del otro, incluso cuando eso implica atravesar nuestra propia incomodidad.

Amar de verdad es aceptar que no podemos controlar el destino de quienes amamos. Y que tampoco nos corresponde hacerlo.

La fe como base del verdadero amor

Hablar de amor verdadero es hablar de fe. No de una fe religiosa necesariamente, sino de una confianza profunda en la vida, en el proceso y en las capacidades del otro.

Confiar en que tu hijo tiene recursos internos. Confiar en que sabrá pedir ayuda. Confiar en que puede aprender de sus errores. Confiar en que su alma sabe más de su camino que tu miedo.

Esto no significa desentenderse, abandonar o mirar para otro lado. Significa acompañar sin invadir. Estar disponibles sin controlar. Sostener sin asfixiar.

La fe no es pasividad. Es presencia amorosa sin interferencia constante.

Soltar no es dejar de amar

Uno de los grandes temores de los padres es creer que soltar es dejar de amar, o peor aún, dejar de importar. Pero soltar no es desamor. Soltar es respeto. Es decirle al otro, sin palabras: “Confío en vos. Confío en tu proceso. Confío en tu capacidad de atravesar la vida”.

Cuando un niño, un adolescente o incluso un hijo adulto siente que sus padres confían en él, algo se ordena por dentro. Aparece la autoestima real, no la inflada. La seguridad interna, no la dependencia.

El amor que ata genera culpa. El amor que confía genera fortaleza.

Padres que aman desde el miedo

Muchos padres viven en un estado de alerta constante. Observan, anticipan, corrigen, aconsejan sin pausa. No porque quieran dominar, sino porque están convencidos de que si bajan la guardia, algo terrible puede ocurrir.

El problema es que ese estado permanente de miedo se transmite. Los hijos aprenden, sin que nadie se los diga, que el mundo es peligroso, que no son suficientes, que siempre necesitan supervisión. Y así, sin darnos cuenta, criamos adultos inseguros, temerosos de equivocarse, dependientes de la aprobación externa.

Todo por amor. O mejor dicho, todo por miedo.

Romina Atencio

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El amor que libera

El verdadero amor no encierra, no aprieta, no vigila. El verdadero amor libera. Libera para que el otro sea quien es. Libera para que explore, pruebe, se equivoque y vuelva a intentar. Libera incluso cuando eso nos duele. Porque amar no es evitar el dolor, es confiar en que el dolor también enseña.

Cuando un padre o una madre ama desde la confianza, se convierte en refugio, no en prisión. En puerto, no en jaula. El hijo sabe que puede irse... y que siempre puede volver.

Amar es aceptar la incertidumbre

No hay amor verdadero sin incertidumbre. Querer controlar el resultado es una forma sutil de no querer amar del todo.

Amar es decir: “No sé qué va a pasar, pero confío”. Es caminar sin garantías. Es aceptar que no todo depende de nosotros. Y eso requiere valentía. Muchísima más valentía que el control.

Un amor que sana generaciones

Cuando elegimos amar desde la confianza en lugar del miedo, no sólo sanamos nuestro vínculo con nuestros hijos. Sanamos nuestra propia historia. Porque muchos de nosotros crecimos con adultos que nos amaron como pudieron, pero desde el temor, la sobreprotección o el control.

Romper ese patrón no es fácil. Implica mirar de frente nuestros propios miedos. Pero también implica abrir la puerta a vínculos más sanos, más libres, más amorosos.

El verdadero amor es un acto de fe

Amar de verdad es un acto espiritual profundo. Es creer que la vida sostiene. Que el alma sabe. Que no todo depende de nuestra vigilancia.

El verdadero amor no se aferra. No retiene. No encierra. El verdadero amor acompaña, confía y suelta.

Y cuando logramos amar así, algo se alivia. En nosotros. En nuestros hijos. En la vida misma. Porque el amor que nace de la fe libera. Y sólo lo que es libre puede crecer.

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