Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Durante mucho tiempo, la búsqueda del propósito se volvió una especie de camino inevitable para quienes desean sentirse plenos. Libros, talleres, terapias, mentorías... todo parece girar en torno a una misma pregunta: ¿para qué estoy acá?
Y no es casual. En una época de exigencia constante, estímulos permanentes y ritmos acelerados, el ser humano necesita sentido. Necesita sentir que su vida no es sólo una suma de obligaciones, sino una experiencia con dirección.
En ese contexto, muchas personas comienzan un proceso de búsqueda interna. Se hacen preguntas, revisan su historia, exploran lo que les gusta, lo que les duele, lo que las moviliza. Y en ese recorrido, tarde o temprano, algo aparece. Una intuición. Una certeza suave. Una sensación difícil de explicar, pero imposible de ignorar.
Algunas herramientas ayudan a ordenar eso que se siente. El Ikigai, por ejemplo, propone encontrar el punto de encuentro entre cuatro dimensiones: lo que amás, en lo que sos bueno, lo que el mundo necesita y por lo que podés recibir algo a cambio.
Cuando esas áreas se cruzan, aparece una dirección. Y sin embargo, hay algo que no suele decirse. Encontrar el propósito no es lo más difícil. Lo más desafiante empieza después.
Existe una creencia bastante extendida: que el mayor obstáculo es no saber cuál es el propósito. Que una vez que lo descubrís, todo fluye. Pero en la experiencia real de muchas personas, ocurre lo contrario. Cuando el propósito aparece, también aparece el vértigo.
Porque ya no hay tanta excusa. Porque algo adentro tuyo sabe. Porque esa claridad empieza a pedir acción. Y ahí es donde muchas personas se frenan. No por falta de ganas. No por falta de capacidad, sino porque el paso siguiente implica exponerse, cambiar, salir de lo conocido. Implica, en definitiva, confiar.
Entre el momento en que una persona reconoce su propósito y el momento en que empieza a vivirlo, hay un espacio invisible. Es el espacio de las dudas.
Estas preguntas no son un problema en sí mismas. Son parte natural del proceso. El desafío aparece cuando esas preguntas pesan más que la propia certeza interna. Entonces, el propósito queda en pausa. Se transforma en idea. En deseo. En algo que “algún día”. Y ese “algún día” puede volverse eterno.
En este punto aparece una palabra que muchas veces genera resistencia: fe. Para algunos, suena religiosa. Para otros, abstracta. Pero en términos prácticos, la fe puede entenderse de una manera mucho más simple: como una forma de confianza interna. Una decisión.
Las enseñanzas de Conny Méndez lo expresan con claridad: la fe no es esperar que algo suceda, es sostener internamente que eso ya está en camino, aunque todavía no se vea. Y esto cambia completamente la lógica.
Porque la mayoría de las personas espera primero ver resultados para después confiar. Pero la fe propone lo contrario: confiar primero, para habilitar el movimiento.
La fe no elimina la incertidumbre. Pero permite avanzar con ella.
Si la fe es tan importante, ¿por qué resulta tan difícil sostenerla? La respuesta no es sólo emocional o cultural. También es biológica.
El cerebro humano está diseñado para la supervivencia. Frente a lo desconocido, activa mecanismos de alerta: duda, miedo, anticipación negativa. No porque algo esté mal, sino porque intenta proteger.
Con el tiempo, esos mecanismos se automatizan. Se forman circuitos mentales que repiten patrones: interpretar la realidad desde el miedo, anticipar escenarios adversos, buscar control. Y ahí es donde muchas veces aparece el límite. Porque aunque una persona tenga claridad sobre su propósito, si su mente sigue operando desde esos circuitos, avanzar se vuelve difícil.
En los últimos años, distintas investigaciones comenzaron a explorar cómo ciertos estados de conciencia pueden flexibilizar estos patrones. Sustancias como la psilocibina -en contextos clínicos y controlados- han mostrado la capacidad de disminuir la actividad de redes cerebrales vinculadas al pensamiento repetitivo y a la rigidez mental.
Esto no implica que sean una solución, ni un camino para todos. Pero sí aporta una comprensión valiosa: muchos de los límites que sentimos no son absolutos, sino construcciones mentales profundamente aprendidas. En otras palabras, no es que no podamos confiar. Es que aprendimos a no hacerlo. Y así como ese aprendizaje ocurrió, también puede transformarse.
A través del autoconocimiento. De la observación consciente. De la terapia. De la meditación. De pequeñas decisiones distintas. Cada vez que actuamos diferente a nuestro patrón automático, abrimos una posibilidad nueva.
Existe una idea idealizada del propósito, como si fuera sinónimo de bienestar constante. Pero vivir el propósito no significa evitar el miedo o la incomodidad. Muchas veces, implica atravesarlos. Animarse a hacer cosas nuevas.
Decir lo que antes no se decía. Soltar estructuras que daban seguridad. Sostener decisiones que otros no entienden. En ese contexto, la fe deja de ser un concepto abstracto. Se vuelve sostén.
La fe no se construye en grandes momentos, sino en lo cotidiano. En decisiones simples. Enviar ese mensaje. Publicar eso que venís postergando. Ofrecer tu trabajo. Decir que sí. Decir que no. Cada uno de esos movimientos es un acto de fe. No porque garantice resultados, sino porque reafirma una dirección interna.
Romina Atencio
Hay un punto en el que saber no alcanza. El conocimiento, por sí solo, no transforma. Lo que transforma es la coherencia. Cuando lo que sentís, lo que pensás y lo que hacés empiezan a alinearse, algo se ordena. Tal vez no afuera, al principio. Pero sí adentro. Y desde ahí, todo empieza a moverse.
Uno de los grandes mitos es que hay que dejar
de sentir miedo para avanzar. Pero el miedo
no es el enemigo. Es una respuesta natural. La
diferencia está en quién conduce. Cuando el
miedo lidera, paraliza. Cuando la fe lidera, el
miedo acompaña.
Muchas personas esperan el momento ideal.
Más seguridad. Más recursos. Más garantías.
Pero ese momento rara vez llega. Porque el
propósito no empieza cuando todo está resuelto. Empieza cuando alguien decide dar elprimer paso.
En muchos casos, el problema no es la falta de propósito. Es la falta de confianza en lo que ya se sabe. Esa sensación que insiste. Eso que te entusiasma, pero también te desafía. Tal vez no necesitás seguir buscando. Tal vez necesitás empezar a confiar.
La fe no es algo que se tiene o no. Es algo que se entrena. Se fortalece con cada decisión alineada, con cada paso, con cada vez que elegís avanzar aun con dudas. Y en ese proceso, algo cambia. Tu manera de mirarte. Tu manera de habitar la vida. Tu forma de vincularte con lo que sucede.
No porque haya que ser extraordinario, sino porque implica elegir. Elegir escucharte. Elegir moverte. Elegir confiar. Incluso sin garantías.
Tal vez no se trate de encontrar más respuestas. Tal vez se trate de empezar a actuar con lo que ya sabés. Un paso. Después otro. Después otro más. No desde la exigencia. Desde la conexión. Porque el propósito no se cumple en un instante. Se construye en el camino. Y ese camino, inevitablemente, empieza con un acto de fe
comentar