1) Suenan los platillos, los bombos y los redoblantes. Se sacuden con frenesí las piernas, las caderas, los brazos y las cabezas. No paran de arrojar rayos de luz los ojos de las protagonistas. Caras pintadas, ropas multicolores. La Murga Furia de Carnaval, en el corazón de La Matanza, sale a las calles, y de esa manera las convierte en espacios distintos, repletos de color y música. Alegría popular, parida por las que no se rinden, las que empujan para adelante, las que se sacuden las penas con abrazos solidarios, las que espantan males con canciones. Las pibas murgueras.
2) Verito le dicen a Verónica Fernández. Está desde el comienzo en la murga, allá lejos en el 2008, cuando con otras y otros comenzaron a reunirse en el Colegio mariano Etchegaray, de Ciudad Evita, localidad que no tenía mucha cultura de carnaval. “Soy una de las más grandes del grupo. No es fácil seguir, porque cada una tiene sus obligaciones y trabajos. Pero sentimos que es un espacio lindo, necesario para otras personas, aún más la gente joven”, dijo a Diario Popular.
3) El pibe que a los 11 años salió una tarde de su casa en la villa San Pete a pasar un rato con los amigos. Estaba cansado de los gritos en su casa, con un techo armado con cuatro chapones mal clavados y paredes manchadas con humedad. Y se fue con los pibes. Y uno, un poquito más grande, que ese día propuso salir a robar estéreos. Entonces, el auto estacionado en una esquina. Lo fácil de abrirlo y hurtar el codiciado equipo. Para comprar luego algo, y compartirlo. O no. Pero llegan los gritos, y aparecen una, dos, tres personas. Lluvia de golpes, piñas y patadas. Después la policía, el patrullero, la celda, más golpes. El regreso a la casa de las chapas mal clavadas y las paredes con humedad. Ahí donde en el baño se tira el agua en el inodoro con balde, donde se comen fideos sin manteca, donde se comparten los colchones, donde los fríos tatúan el corazón. Ahí donde nacen los rencores, la bronca y la ira. Pero un día llega la murga. Llegan los abrazos, el baile, el pedazo de goma para golpear el bombo. Hay otras, hay otros. Un nosotros, un nosotras. Hay música. Y todo renace.
4) Para la Murga Furia de Carnaval, el trabajo de todo el año se muestra en febrero. El mes de los carnavales. Festivales para juntar dinero, rifas, maratónicos viajes para comprar telas a buen precio, juntadas para coser las prendas, seres humanos que pasan a convertirse en próceres porque consiguen micros para el traslado, otros que son casi superhéroes porque aparecen con la novedad de que ya tienen esa parrilla para hacer unos choris y rescatar unos mangos en la presentación. Porque el grupo gana las calles en su barrio, primero, para luego salir de gira por otros. Arranca en su territorio,conquistado con esfuerzo, y arte, y transpiración, y patas al viento. “Carnaval en Barrio Alas!!! Sobre el Tacuapí, entre el Macurú y la Chuña (enfrente del mercado)”, seduce la invitación de Murga Furia de Carnaval, que corre por las redes sociales con febril ansiedad. Nada las detiene, a las pibas murgueras.
5) ¿Qué responde una piba murguera cuando le preguntan qué es lo más importante de las murgas? “A quienes pasamos por la murga nos pasa algo especial, muy profundo. No somos las mismas personas. Aprendemos de la experiencia del arte popular, callejero, pero también de las otras y otros que van apareciendo. Y sentimos que formamos parte de una expresión de los barrios. Acá estamos, así decimos y cantamos y bailamos”, dijo Verito, que no para de mencionar a sus compinches, y lo que hace cada una y cada uno. “Porque somos muchas las pibas, pero también hay muchos pibes. El año pasado yo no salí con la murga porque me pude ir de vacaciones, y se decidió cantar sobre la violencia de género, los femicidios y el machismo. Me pareció maravilloso. Este año también, pero vamos a estar más enfocados en que crecieron las necesidades porque la plata no alcanza. Lo llamamos crítica. No puede faltar en la murga. Somos eso”, señaló.
6) La doña mueve las rodillas. A su alrededor la observan, y ella tiene los ojos cerrados. Por momentos, levanta los brazos. Y acompaña el pum, pum, pum, del ritmo. Baja los brazos, y también acompaña el pum, pum, pum. Ella en trance, en un estado de pura conmoción mental y física, se transporta varias décadas atrás, y otra vez se siente arriba del cuello de su padre, tomada de sus manos. Ella niña, ella maravillada por la murga, por el calor que la abrazaba. La experiencia eterna, que se vuelve parte de su esencia, de su piel, sangre y huesos. Anida en su alma, esa imagen cinematográfica de la calle copada por las murgueras. Se promete ser una para siempre. Y lo es, cada vez que llega febrero.
7) “Es lindo estar con otras mujeres que comparten esta pasión. Me gusta cuando las más chicas empiezan a participar más y más. Van aprendiendo y se largan. Entonces, nosotras, las más grandes, las vamos dejando que hagan ellas. Que compren, que organicen, que discutan por las canciones, o los bailes. Porque acá se discute todo. A veces a los gritos. Mujeres y varones somos iguales. No hay patrón, ni líder, ni jefe. Somos lo mismo, personas. Y es lo que llevamos para todos lados, gritando y bailando, que podemos ser una sociedad mejor, más justa, sin violencia y solidaria”, dijo Verito, que en su traje murguero tiene el rostro de Luciano Arruga, el pibe de la villa que no quiso robar para la policía y fue asesinado. Porque son eso, también, las pibas murgueras: las que no callan.
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