Los turistas agotaron el stock de repelentes en las farmacias de los distintos balnearios. En las carpas y sombrillas hubo que estar untados o con un tul que impidiera el libre acceso de los depredadores.
Pese a los pronósticos agoreros, los primeros días de febrero permitieron, a la renovada gama de turistas disfrutar de la playa. Mañanas nubladas y con un cielo con cara de pocos amigos, pero tardes agradables y hasta con apariciones furiosas del sol.
Sin embargo, la presencia en la costa de un visitante tan inesperado como indeseado, llegó para fastidiar a todos: el mosquito.
En la noche del domingo, después de algunas apariciones fugaces, hicieron su feroz desembarco en casi todas las ciudades balnearias y ayer, habían invadido todo, centro, negocios, playas.
En casi todas las farmacias se agotó el stock de repelentes: 'recién a las siete de la tarde nos va a llegar el pedido de reposición, porque la gente no nos dejó nada', explicó José, titular de la farmacia Gadeano, de la avenida 3, de Villa Gesell, uno de los cuantos locales literalmente saqueados por turistas desesperados que entraban a los manotazos.
Ramona, administradora de la zona, expresó: 'yo uso un repelente de larga duración, que es el que usan en el campo, si no, es imposible'.
En las distintas ciudades de la costa también se agotaron los insecticidas, las tabletas y los tradicionales espirales. Y es que la voracidad de estos insectos -una variedad no muy grande pero de color negro, bien oscuro- no sólo molestaban con su presencia sino que, cada vez que picaban, producían mucho dolor y la correspondiente comezón posterior.
Lo más curioso fue que el amanecer no los espantó, ni mucho menos. Tampoco la brisa marina ni la cercanía a las olas. Tal es así, que en muchos balnearios, los carperos esperaron a los clientes con un espiral encendido, para tratar de ahuyentar a los bichos.
En la playa, resultó hasta gracioso ver a las familias recurriendo al repelente como si fuera protector solar.
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