Tras sobrevivir al terrible atentado, la artista plástica Mirta Satz se refugió en el arte para encontrar nuevas respuestas, creando un taller de diferentes disciplinas y generando un mural dedicado a Gardel y la identidad.

Cuando el 18 de julio de 1994 un espantoso estruendo hizo volar por los aires buena parte del edificio de la AMIA, dejando una secuela de 85 muertos, cientos de heridos, daños incontables y una sensación de terror poco usual para la ciudad de Buenos Aires (con el grave antecedente del atentado a la embajada de Israel un par de años antes), el clima en el país cambió definitivamente para sentir que el peligro de una tragedia podía estar a la vuelta de cualquier esquina.

Entre los sobrevivientes que lograron reinventarse espiritualmente para renacer entre esas huellas imborrables estaba Mirta Regina Satz, madre de Mora, que entonces tenía 5 años, y casada con el escultor y artista plástico Carlos Sánchez, fallecido hace unos años. Mirta también era artista, y desde chica había aprendido a amar el arte, expresado tanto en el dibujo como en la pintura y la música.

Mirta cuenta que desde los 17 años, una vez concluido su secundario, trabajó en la entidad judía en distintas áreas, y era jefa de tesorería cuando ocurrió el desastre. Relata que “no sé como salí de ahí, solo recuerdo que estaba en el segundo piso, y ante la explosión salí corriendo para un pasillo, mientras detrás mío se caía el techo y una pared. Tuve intuición, suerte o simplemente fue el destino, tuve algunas heridas y traumas pero me resultó difícil superar la muerte de compañeros y amigos que no tuvieron mi fortuna”.

Hoy, a 24 años de aquel drama, y cuando aún no se logró esclarecer la tragedia por complicidades y negligencias varias, Mirta puede hablar de este tema y sentir que “fue un antes y después, y aunque yo ya estaba vinculada al arte desde adolescente, desde 1995 sentí la necesidad de cambiar de etapa y volcarme íntegramente a lo que me hiciera bien desde lo interior”.

Mirta cuenta que “fui hija y nieta de familia rusa judía, mi abuelo llegó a la Argentina como aventurero, y se radicó en Bahía Blanca, donde se dedicó a la carpintería. Allí conoció a mi mamá, que era empleada textil, y de quien heredé el hábito de la sencillez y la simpleza junto al trabajo”.

En una vieja y hermosa casa en el barrio de Parque Patricios, que perteneció a su familia, Mirta armó su “lugar en el mundo”, en un gran espacio con varias habitaciones y un patio interior. “Aquí armamos en 1995 el Taller de Arte Inclán, yo me dediqué al dibujo y la pintura, Carlos a la escultura, y llegamos a tener muchos alumnos”.

Recibida como profesora de Bellas Artes en La Cárcova, Mirta señala que “el objetivo que nos trazamos con Carlos, y que yo seguí tras su partida, fue integrar el arte en distintas disciplinas, desde dibujo, pintura y escultura, hasta música, a través de profesores de guitarra, piano y canto, y armar así un espacio multidisciplinario”.

También habla con orgullo de su hija Mora, “que tenía 6 años cuando ocurrió el atentado, y sufrió un gran trauma, también es artista y se inclinó a la música y la danza, y hoy baila tango, salsa y produce eventos”.

En 2015, Mirta generó un hermoso hecho artístico, al armar en la fachada de su casa-taller una obra en mosaico llamada “La sonrisa de Gardel”, que el cine reflejó a través de un documental de Ricardo Piterbarg llamado “Ikigai (“una razón para ser”, sería su significado en japonés).

Comenta que “esto es una forma de ver la vida, yo disfruto mucho con esto, y los alumnos son también grandes maestros” y dice que “hay de todas las edades, desde un chico de 5 años hasta una señora de 89, que tiene la frescura de una niña, y ahora hay unos 120 alumnos”.

La sonrisa de Gardel, el gran mural en mosaico

La entrada al taller de Arte Inclán, en la calle de ese nombre, impacta a primera vista, ya que en su fachada Mirta Satz y un grupo de 150 artistas realizaron en mosaico una obra que titularon “La sonrisa de Gardel”, un verdadero mural, donde se pueden ver 96 rostros sonrientes del “Mudo” junto a figuras de zorzales, flores, entre mosaicos de distintos colores, y en la parte superior, imágenes de diez mujeres esenciales del tango.

Mirta Satz comenta que “para mí crear obras en mosaico fue algo diferente, al partirlos y armar una obra era como reconstruir desde el dolor, y lo hacía conmigo también”. Señala que “hice varios murales de distintos tamaños, pero recuerdo especialmente uno que armamos en Iruya, en Salta, al aire libre, que hablaba de la Pachamama y de las cosechas, y que motivó un film llamado “El hilo de la gente”.

En cuanto al mural de Gardel, Mirta enfatiza que “fue hecho como si fuera una luz que nos hermana a todos, los inmigrantes y los criollos, se hizo en un año y medio y se declaró sitio de interés cultural por la Legislatura” y enumera a Tita Merello, Nelly Omar, Azucena Maizani y Mercedes Simone entre las principales cantantes reflejadas en la obra.

El interés de este mural también llamó la atención de una alumna suya, e hija del director de cine Ricky Piterbarg, que de inmediato le propuso a Mirta hacer una película sobre su historia y sobre la obra. El resultado fue “Ikigai, la sonrisa de Gardel”, que se exhibió hasta hace poco en cines del país y que se puede ver en la plataforma Cine.Ar.

Un disco con canciones propias

En 2015, cuando se presentó el mural de Gardel en un acto, Mirta cantó su tango “Azulejos”, que habla de los “azulejos de otras vidas que hoy renacen”, y es una forma de homenaje a sus compañeros víctimas de la tragedia.

Desde chica, Mirta afirma que “me gustaba mucho cantar y componer en la guitarra, y es algo que nunca dejé, pero ahora me daré la satisfacción de editar un disco con canciones propias, entre ellas Azulejos, que lo canta Cucuza Castiello”.

Detalla que “me encanta hacer la poesía y la música y en este disco habrá tango, candombe, valses y milongas, colaboran conmigo grandes artistas como Lidia Borda, José Teixido (de Amores Tangos) en los arreglos, Cucuza, y hasta un tema lo compuse junto a mi amigo el actor Rudy Chernicoff”.

Asegura Mirta que “todo tiene su tiempo, y esto me llegó ahora, y lo disfruto” y agrega que “también soy bailarina, y en un época hice shows, pero ahora doy clases, para mí unirse en un abrazo, dejar que fluya mi cuerpo y disfrutar del baile es algo sanador”. Señala que “a mí me gusta toda la música, pero el tango tiene un significado muy especial para mí, y siento que es un género que me ayuda a expresarme en mi esencia”.

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