El sacrificio de jóvenes argentinos que dejaron su sangre y su vida en los aún irredentos territorios insulares, se convierten otra vez hoy en el faro luminoso con el cual es posible atravesar el manto de neblinas que habitualmente cubre las islas, escenario hace 35 años de una guerra desigual con el Reino Unido de Gran Bretaña por la posesión del archipiélago.
La distancia impuesta tanto por la geografía como por el tiempo no amenguan un sentimiento nacional emparentado con el sueño que permita ver a Las Malvinas dominadas por la bandera celeste y blanca que una usurpación trocó por colores colonialistas.
Independientemente de la turbia especulación política que impulsó ese 2 de abril de 1982 al entonces gobierno militar argentino al intento de recuperar por la fuerza esas tierras, es justamente en el sentido patriótico y humano que surge del coraje, valor y heroísmo de adolescentes que se uniformaron como hombres para llevar adelante a lo largo de 74 días ese tormentoso conflicto bélico.
Pero la contienda por Las Malvinas también cargó de honor a los combatientes del Crucero General Belgrano, la nave insignia argentina cobardemente torpedeada por el enemigo en las heladas aguas del Atlántico Sur, y a los héroes de la aeronáutica nacional que hicieron su bautismo de fuego en la guerra que culminó con la rendición de las tropas argentinas el 14 de junio de 1982.
Recordar Malvinas es también hoy un acto de reflexión que pasa por reivindicar a tantos héroes que tras sobrevivir a las balas, los misiles, el frío y las privaciones no encontraron en el Estado ni en la sociedad el merecido cobijo que les correspondía para más no sea restañar las heridas físicas y psicológicas, en algunos casos más cruentas y dolorosas que las primeras.
El 2 de abril es en suma la fecha que desde hace 35 años cobró un color distinto en los calendarios no solo para su evocación sino para enseñar cada día la esencia misma de un sentimiento de pertenencia innegociable.
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