Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Hay una palabra de apenas dos letras que puede cambiar por completo la manera en la que nos relacionamos con los demás: no. Y, sin embargo, para muchas personas es una de las palabras más difíciles de pronunciar. Nos cuesta decir que no porque tenemos miedo de decepcionar, de generar un conflicto, de parecer egoístas, de que el otro se enoje o, peor aún, de que deje de querernos. Entonces, decimos que sí. Sí cuando queremos decir que no. Sí cuando estamos cansados. Sí cuando no tenemos tiempo. Sí cuando algo nos incomoda. Sí cuando sentimos que nos están pidiendo demasiado.
Y después nos preguntamos por qué estamos agotados, irritables, frustrados o llenos de resentimiento. Quizás, en muchas ocasiones, el problema no sea que los demás nos exigen demasiado, sino que nosotros nunca aprendimos a decirles hasta dónde podían llegar.
Poner límites es una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar para construir relaciones saludables. Y también una de las más difíciles. Porque poner un límite implica aceptar que no podemos gustarle a todo el mundo todo el tiempo, que algunas personas pueden sentirse decepcionadas con nuestras decisiones y que, incluso haciendo las cosas con amor y respeto, no siempre vamos a recibir la aprobación de los demás.
Pero hay algo que necesitamos entender: que alguien se enoje porque pusimos un límite no significa que ese límite sea injusto.
Durante mucho tiempo nos enseñaron, especialmente a las mujeres, que ser buenas personas tenía mucho que ver con estar disponibles. Ser una buena hija, una buena madre, una buena pareja, una buena amiga implicaba ayudar, acompañar, comprender, resolver, cuidar. Y claro que cuidar a quienes queremos es una expresión hermosa del amor. El problema aparece cuando para cuidar a los demás tenemos que dejar de cuidarnos a nosotros mismos.
Ahí ya no estamos hablando de amor. Estamos hablando de abandono personal. Y esto puede suceder en todos nuestros vínculos.
En la pareja, por ejemplo, poner límites significa poder seguir siendo nosotros mismos dentro de la relación. Tener una pareja no debería significar dejar de tener una vida propia, renunciar a nuestros amigos, abandonar nuestros intereses o sentir que tenemos que estar disponibles permanentemente para el otro. Una relación saludable necesita dos personas que se eligen, no dos personas que se necesitan para existir.
Poder decir “hoy necesito estar sola”, “esto que hiciste me lastimó”, “no estoy de acuerdo”, “necesito que hablemos de otra manera” o “esto para mí es importante” debería tener lugar en cualquier vínculo amoroso. Sin embargo, muchas veces cedemos por miedo. Cedemos para evitar una discusión. Cedemos para no incomodar. Cedemos porque pensamos que, si expresamos lo que necesitamos, el otro puede cansarse de nosotros. Y cada vez que cedemos contra nuestra voluntad, algo se acumula.
Primero, es una pequeña incomodidad. Después, aparece la frustración. Más tarde, el enojo. Hasta que un día explotamos por algo aparentemente insignificante, cuando en realidad estamos reaccionando a una larga lista de límites que nunca nos animamos a poner.
Por eso, muchas veces el problema no comienza cuando gritamos. Comienza mucho antes, cuando aprendemos a callar. En la familia, los límites pueden ser todavía más difíciles. Porque allí existen historias, mandatos y roles que muchas veces llevamos desde la infancia. Quizás sos la persona que siempre resuelve los problemas de todos. La que escucha. La que media. La que organiza. La que está disponible. La que no puede decir que no porque “es la única que puede hacerlo”. Y quizás, cuando finalmente intentás cambiar esa dinámica, alguien se sorprende.
Pero tal vez no te volviste egoísta. Tal vez simplemente te cansaste de ocupar un lugar que nunca elegiste conscientemente.
Una familia saludable necesita aprender a respetar los límites de sus integrantes. Porque crecer implica cambiar, y cambiar significa que los vínculos también tienen que encontrar nuevas formas de relacionarse.
Poner límites a la familia no significa dejar de quererla. Significa comprender que podemos amar profundamente a nuestros padres, hermanos, hijos y, al mismo tiempo, no estar de acuerdo con ellos. Podemos acompañarlos sin resolverles la vida. Podemos escuchar sus opiniones sin obedecerlas. Podemos quererlos sin permitir que decidan por nosotros.
Y quizás una de las cosas más difíciles sea aceptar que nuestros límites pueden incomodar a las personas que nos quieren. Porque sí: podemos poner un límite desde el amor y aun así generar enojo. Podemos expresarnos con respeto y aun así ser malinterpretados. Podemos explicar nuestras razones y que el otro no las comprenda. Y no siempre tenemos que convencer a los demás para que nuestro límite sea válido.
Esto también sucede en las amistades. Hay vínculos en los que existe una verdadera reciprocidad y otros en los que, sin darnos cuenta, nos convertimos en una especie de servicio de emergencia emocional. Estamos cuando el otro necesita. Escuchamos. Acompañamos. Resolvemos. Contestamos mensajes a cualquier hora. Cancelamos nuestros planes. Y cuando nosotros necesitamos algo, quizás descubrimos que del otro lado no existe la misma disponibilidad.
Entonces, aparece una pregunta incómoda: ¿es realmente amistad si sólo funciona cuando yo estoy siempre disponible? Una amistad saludable debería permitirnos decir “hoy no puedo”, “necesito descansar”, “no tengo energía para hablar de esto”, “esto que hiciste me dolió” o incluso “necesito que nuestra relación sea más equilibrada”. Porque los vínculos verdaderos tienen espacio para la honestidad.
Y acá aparece algo fundamental: los límites también funcionan como un filtro. Nos muestran quién puede aceptar nuestra autenticidad y quién sólo estaba cómodo con nuestra complacencia. Cuando empezamos a decir que no, algunas personas pueden alejarse. Y aunque eso duela, también puede mostrarnos algo importante: quizás esa relación estaba sostenida por todo lo que nosotros hacíamos y no por una verdadera reciprocidad.
Pero poner límites no significa aprender a decir que no a todo. No se trata de convertirnos en personas indiferentes que sólo piensan en sus propias necesidades. Se trata de aprender a distinguir entre dar desde el deseo y dar desde la obligación, entre ayudar porque queremos y ayudar porque tenemos miedo de las consecuencias de no hacerlo.
La diferencia está en cómo nos sentimos. Cuando damos desde un lugar genuino, podemos sentir cansancio, pero también satisfacción. Cuando damos permanentemente desde la culpa, el miedo o la obligación, tarde o temprano aparece el resentimiento. Y quizás ese resentimiento sea una señal. Una señal de que hace tiempo estamos diciendo que sí con la boca mientras todo nuestro cuerpo está gritando que no. Por eso, aprender a poner límites comienza con algo tan sencillo y tan difícil como escucharnos.
¿Qué quiero realmente? ¿Qué necesito? ¿Qué estoy aceptando por miedo? ¿En qué relación siento que tengo que ser otra persona para que me quieran? ¿Dónde estoy diciendo que sí para evitar que alguien se enoje? ¿A quién estoy intentando no decepcionar mientras me decepciono a mí mismo?
Romina Atencio
A veces, el primer límite que necesitamos poner no es hacia afuera, sino hacia adentro. El límite de dejar de exigirnos estar para todos. El límite de creer que somos responsables de las emociones de los demás. El límite de pensar que tenemos que explicar cada una de nuestras decisiones para que sean válidas.
Decir “no puedo” puede ser suficiente.
Decir “no quiero” también.
Decir “esto no me hace bien” puede ser el comienzo de una nueva manera de relacionarte.
Porque poner límites no es levantar muros. Es construir puertas. Y aprender que sos vos quien decide cuándo abrirlas y cuándo cerrarlas.
Tal vez algunas personas se enojen. Tal vez otras no entiendan. Tal vez algunas relaciones cambien. Pero también puede suceder algo maravilloso: que aquellas personas que realmente te quieren aprendan a conocerte de una manera más auténtica. Que tus vínculos se vuelvan más honestos. Que tu pareja pueda conocerte de verdad. Que tus amigos sepan cómo acompañarte. Que tu familia aprenda a respetar tus decisiones.
Y que vos, finalmente, puedas dejar de vivir tratando de cumplir con las expectativas de todos. Porque el objetivo de poner límites no es conseguir que nadie se enoje con nosotros. El objetivo es dejar de enojarnos con nosotros mismos por habernos abandonado tantas veces.
Quizás haya una conversación que venís postergando. Un favor que ya no querés hacer. Una relación que necesita nuevas reglas. Una persona a la que necesitás decirle algo que hace tiempo guardás. Quizás hoy sea un buen día para preguntarte: ¿Dónde necesito aprender a decir que no? Y, sobre todo: ¿Qué parte de mí estoy dejando de lado cada vez que digo que sí cuando, en realidad, quiero decir que no?
Porque a veces el límite que más necesitamos poner hacia afuera es, en realidad, un acto de amor hacia adentro. Y quizás aprender a decir que no sea, finalmente, una de las formas más profundas de empezar a decirnos que sí.
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