Hoy se conmemora un nuevo aniversario de aquel fatídico suceso de 1919, en el que una protesta de obreros que apuntaba a ampliar derechos terminó de la peor manera, con cientos de muertos y miles de heridos. Por Ricardo de Titto*

A principios de diciembre de 1918 la “Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos” (Central y Barracas) inició una huelga y elevó un petitorio a la Compañía Pedro Vasena e hijos, con “condiciones muy justas y moderadas (que) esperan ser aceptadas para reanudar de inmediato las tareas”. El reclamo incluía “aumento de jornales, trabajo extra voluntario con 50% de prima, domingos al 100%, abolición del trabajo a destajo, sin represalias por medidas de fuerzas”.

La nota destacaba: “Creemos inútil argumentar la justicia que les asiste a los obreros dada la notoria carestía de la vida, subsistencias, alquileres, etc. y los elevadísimos salarios que perciben en industrias y establecimientos similares, así como la generalización de la jornada de 8 horas”. Y para terminar: “Así animados de franco espíritu conciliador esperamos una pronta y beneficiosa solución”.

Los diarios publicaron la noticia como un suelto en la página de gremiales. Sus hojas se concentraban en las negociaciones de paz tras la guerra en Europa, las luchas de los bolcheviques en Rusia y, en especial, el curso que tomaba la revolución social en Alemania, donde, pocos días después, serían asesinados los dos líderes comunistas, Rosa Luxemburgo y Karl Liebkchnet.

La huelga se sostenía con grupos de obreros que se turnaban en la puerta de la empresa para asegurar que nadie entrara. El 5 de enero la empresa recurrió a “carneros” (se los llamaba crumiros) y quiso romper la huelga, lo que derivó en un enfrentamiento a balazos en el que murieron cinco trabajadores.

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La situación se precipitó. Cientos de obreros acompañaron el velatorio y esa misma noche el consejo federal de la FORA V Congreso, el ala más radical, declaró la huelga general a la que adhirió la otra FORA, la del X Congreso, también anarquista pero más conciliadora.

Al día siguiente se hizo un imponente funeral cívico con 30.000 manifestantes. Partieron de Pepirí y Amancio Alcorta, en Nueva Pompeya, y al pasar por la otra planta fabril, ubicada donde hoy está la plaza Martín Fierro en La Rioja y Cochabamba, la columna fue atacada a balazos por francotiradores apostados en los techos de la empresa. Decenas de muertos y heridos quedaron en las calles mientras los “cosacos”, la caballería montada, repartía palos y sablazos a discreción. La marcha continuó, pero fue nuevamente baleada en Oruro y Constitución. Por su parte,. los trabajadores asaltaron una armería en San Juan y Loria, prendiendo fuego al coche del jefe de la policía. Después, sitiaron la comisaría 21. Los bomberos entraron en acción abriendo fuego y produjeron otro tendal de caídos. Muy disminuida, la columna llegó a la Chacarita con sus féretros a pulso; sin ningún pudor, allí fueron atacados a balazo limpio por tercera vez.

Amotinamiento

La noticia causó indignación y la huelga general se decidió “por tiempo indeterminado” y fue realmente masiva: durante tres días la ciudad careció de abastecimiento y de todo tipo de transporte. Varias ciudades del interior se plegaron, como Rosario y Mendoza. En la Capital, decenas de “piquetes” o “cantones” impedían cualquier tráfico y levantando barricadas y armados a revólver, algunos rifles winchester y, sobre todo, cuchillos, miles de obreros de diversos gremios tomaron el control de la ciudad.

Se llegan a contabilizar hasta 20 focos simultáneos en distintos barrios. En Barracas, La Boca, Almagro, Palermo, Once, Congreso, Boedo y Pompeya, los tiroteos y refriegas se multiplicaron. Hubo ataques a comercios, se incendió una iglesia en Almagro y varias comisarías fueron rodeadas. Desbordada la policía y “amenazado el orden público”, el 10 de enero el general Luis J. Dellepiane, comandante de Campo de Mayo, asumió el comando de las fuerzas acuarteladas y actuó con la máxima energía. En dos días las listas de muertos, heridos y “desaparecidos” sumará varios cientos. La morgue se saturó de cadáveres que son sacados a escondidas durante las noches.

En poco menos de una semana, los datos de los diarios hablan de unos 200 a 300 muertos y miles de heridos. Los diarios obreros, La Vanguardia y La Protesta, informan de 700 muertos, cifra que coincide con la que reporta la embajada de los Estados Unidos. Los heridos de gravedad superan los 3.000 y los presos, encauzados o deportados, alcanzan a 45.000 en todo el país.

El sábado 11 se decidió continuar el movimiento, pero el domingo una mediación encabezada por el jefe de policía Elpidio González concluyó cuando Pedro Vasena en persona acepta la mayoría de los reclamos y el presidente Yrigoyen ordenó la liberación de todos los “presos sociales”, que era un nuevo reclamo. Lentamente, los trabajadores retornaron a sus tareas y entre el 14 y el 15 de enero la ciudad recuperó la “normalidad”.

*Historiador e investigador del Archivo General de la Nación

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